miércoles, 13 de octubre de 2010

Yermo, Cantabria: iglesia de Santa María

Uno puede pensar, dejándose llevar por el significado de este eremus latino, que se encuentra en un terreno inhabitado, carente de vida e interés; pero un sólo vistazo resulta más que suficiente para darse cuenta de que no es así. Posiblemente fuera considerado de tal modo en el más remoto pasado; en aquéllas tempranas y oscuras edades, en las que la frondosidad de los bosques que cubrían como un manto la Península Ibérica, podían permitir a una ardilla cruzar ésta de una punta a la otra, sin necesidad, siquiera, de tocar el suelo.

En la actualidad, y situándolo por inmediatez y cercanía en el entorno de Buelna y sus milenarios misterios -no estaría de más recordar, llegados a este punto, las famosas estelas cántabras-, aún se pueden adivinar parte de esos bosques, en cuyas insondables profundidades el espectador puede intuir, agazapada en lo más oscuro e ignoto, la presencia de al menos una parte posible de ese bestiario simbólico-medieval que caracteriza a la iglesia de Santa María, como demuestra, entre otros elementos de interés, su singularísima portada, de la que hablaremos más adelante.

Mucho se ha especulado acerca de los orígenes de este peculiar templo, cuyos antecedentes -al menos, los conocidos- se pueden situar en el siglo XII, según confirma una inscripción que se localiza en la jamba derecha del pórtico de entrada. Como ocurre con otros templos románicos localizados en Cantabria -valga como ejemplo más o menos relevante, la Colegiata de San Martín de Elines- algunos investigadores se plantean seriamente la posibilidad de que sus cimientos se asienten sobre un cenobio anterior.


Tal vez apoye la referida suposición, el detalle, por otra parte, interesante, de que en la fachada se pueden observar elementos ajenos, entre los que destacan una figura femenina -Santa Marina, según reza una inscripción- y una especie de dragón o león, representado en posición recostada con su cría entre las patas delanteras, hallándose situados debajo de las series de canecillos cuya temática, común a otros templos de la región, expone escenas eróticas; monstruos y animales fabulosos; demonios, torturando y cargando de cadenas a los condenados; escenas cinegéticas y repite -al contrario que en otros templos, que lo hacen en el interior- la representación de la lujuria en la figura de una mujer cuyos pechos son mordidos por serpientes.

No obstante, lo primero que llama la atención, por su originalidad y posiblemente también por el hecho de que, en mi opinión, no sea muy abundante como detalle decorativo en este tipo de elementos -recuerdo algo similar, aunque mucho más sencillo y de posibles orígenes prerománicos, en la iglesia parroquial de Puentedey, Burgos- es el motivo de la portada principal. Motivo al que hay que añadir -detalle más que suficiente para calificarla de auténtica rareza- el anverso de la referida portada; motivo que, aunque con algunas diferencias, se repite en el interior y que consiste en la alegórica lucha del caballero y el dragón o la serpiente.

La temática, por otra parte, resulta de un particular interés, pues, incluso más allá de un simple y probable enfrentamiento entre contrarios -la eterna lucha entre el Bien y el Mal, por poner el ejemplo más común- desarrolla, en mi opinión, un simbolismo mucho más complejo, que se pierde en míticos arquetipos asociados a numerosos pueblos y culturas precedentes.

Lejos del academicismo con el que oficialmente se pretende explicar las complejidades de un Arte basado en el Concepto y el Símbolo, equiparándolos, poco más o menos que de forma exclusivista a significandos de beatitud y pecado, de premio y castigo, el tema serpentario ocupa -u ocupó en el pasado- un importante y complejo lugar, dada su asociación con otro tipo de significandos más relacionados con la Tradición primordial, como el Saber y el Conocimiento; tema que, de hecho, han dejado de manifiesto en sus obras multitud de investigadores no heterodoxos, en cuanto a su filosofía y sus creencias religiosas.

Con relación al tema, y dentro de la epopeya épica española, la cuestión guarda una especial relevancia, por cuanto que a nuestro más universal caballero -al menos anterior a don Quijote- don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, se le reconoce un enfrentamiento con una serpiente monstruosa, Elpha, moradora de las entrañas de las ruinas de la ciudad troglodita de Tiermes o Termancia; enfrentamiento que, curiosamente, también se recuerda oralmente en Burgos, en el anexo a Basconcillos del Tozo, que conforma Barrio Pañizares. Salvo que aquí, según comenta Juan García Atienza (1) uno de los no heterodoxos a los que me refería anteriormente, el episodio cidiano es prácticamente idéntico a la mitológica historia de Perseo y Medusa. De hecho, a la pérfida serpiente se la representa en solitario, enorme y monstruosa, al menos en capiteles de dos lugares sin duda emblemáticos, como son la iglesia de San Miguel, en la localidad soriana de San Esteban de Gormaz y también en el monasterio cántabro de Santo Toribio, antiguamente, de San Martín de Turieno.

Otra curiosidad digna de mención, que hace referencia al interior de esta iglesia de Santa María de Yermo, elemento estrechamente ligado a la Tradición a la que hacíamos referencia, es la presencia de un enigmático Cristo del siglo XVI -ojo, califico con el adjetivo de enigmático, por cuanto a que no se conoce absolutamente nada acerca de su origen, su autor y su historia- en cuya cruz, de las llamadas de gajos, se recuerda no sólo el objeto de martirio que, con el tiempo, terminó convirtiéndose en el emblema del Cristianismo, sino también a otro elemento de importante trascendencia: el Árbol de la Vida. Árbol surgido del cráneo de Adán y de cuya madera se hizo la cruz utilizada para ajusticiar a Cristo. Conceptos, Símbolos y Ciclos que, de naturaleza universal, constituyen, sin embargo, una constante dentro de lo que podríamos definir como el expresionismo románico.

Dentro de este expresionismo, y continuando con otra de las curiosidades que esta iglesia nos reserva en su interior, se puede comentar, dado que no es muy frecuente obervarlo como motivo capitelino, una mandorla cuyo interior muestra la figura de Cristo, en cuya mano izquierda muestra un libro abierto -presumiblemente la Biblia- haciendo el gesto de bendición con la derecha. A ambos lados de la mandorla, varias figuras sugieren la posibilidad de los apóstoles; o quizás, rizando el rizo interpretativo, y acudiendo a un sentido más amplio del simbolismo, la representación del buen pastor y su rebaño, que no sería otro que los fieles.

Santa María de Yermo: un templo por descubrir.

(1) Juan García Atienza: 'Los santos imposibles', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1989, página 74.