miércoles, 19 de octubre de 2016

Salamanca: iglesia de San Cristóbal


Decía Luis Racionero, durante un ciclo de conferencias sobre los viajes, organizado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en los años ochenta, aquello de que faltan agencias de viajes, porque las iglesias sin misterios y las ciencias racionalistas han suprimido todo devaneo con el más allá, sustituyéndolo por el viaje a Lourdes y la visita de museos, siendo la idea fomentar el viaje hacia afuera para vaciar mejor lo de dentro (1). Bien es cierto, sin embargo, que en su conferencia, el autor describía sus experiencias personales, desde la perspectiva de un tipo de viaje muy particular, el psicodélico, en el transcurso del cual –y pido perdón, por abusar de las citas-, se descubre al verdadero Dante, se entiende el canto gregoriano, se intuye el mito del paraíso, y se entra por vez primera en la arquitectura islámica y gaudiniana (2). En todo esto, reconozcámoslo o no, subyace una gran verdad. Una verdad, a la que constantemente nos enfrentamos cuando nos hallamos frente a unas reliquias que hasta bien entrado el siglo XX se llamaban, muy acertadamente, bizantinas y que hoy en día están en boca de todo el mundo –urbi et orbi-, con el exasperante nombre de románico.

Dejando a un lado algo tan intrascendente, después de todo, como los términos románico o bizantino, y a falta de ese devaneo con el más allá ausente en nuestros templos, al que hacía referencia Racionero, bueno resulta especular con ese conjunto de arquetipos y verdades camufladas, con los que en ocasiones nos sorprenden esta clase de templos. Tal es el caso, no me cabe duda, de ésta intrigante iglesia salmantina –cuyas piedras añoran siglos que fueron y quién sabe si siglos por venir, como diría Unamuno-, dedicada –y su presencia se constata como de cierta importancia en Salamanca-, a la figura de San Cristóbal; o mejor dicho, Christophoro, es decir, el portador de Cristo. Su estructura también llama la atención, y no es la primera vez que, en conjunto, se le califica como de templo extraño. Y en cierto modo lo es. Su ábside semi-circular, se ve acompañado de dos capillas laterales cuadradas, que harían la función de capilla de la Epístola y del Evangelio, respectivamente. Ha perdido su portada original, situada en el lado sur, aunque conserva una interesante serie de canecillos.

Construido a mediados del siglo XII, al parecer, por los caballeros sanjuanistas, que tuvieron una importante presencia en Salamanca, dependía de Paradinas, población situada a cincuenta kilómetros de Salamanca y a once de Peñaranda de Bracamonte, donde posiblemente éstos tuvieron una encomienda. En este sentido, no es de extrañar, que a mitad del ábside, resalte, entre representaciones de carácter antropo, zoomórfico y mitológico la llamada Cruz de Malta o de Ocho Beatitudes. Pero lo sorprendente de la ornamentación de este curioso templo –que puede representar, a su vez, parte de las inquietudes sanjuanistas, como muchas veces se alude a las de la orden rival de los templarios-, no se encuentra precisamente en estas representaciones, comunes y características, por lo demás del estilo imperativo de la época que estamos tratando, sino en ese oscuro y prácticamente inédito conjunto de cabezas humanas que, bien formando duos bien conjuntos trinitarios parecen inducir al espectador a pensar en conceptos de profunda psicología, de los que ya se ocupara, a comienzos del siglo XX, el denominado brujo de los Alpes, el doctor C.G. Jung: ánima, ánimus, sí-mismo, inconsciente colectivo… Situados en el lateral sur –en el lateral norte, no queda rastro, aunque tal vez también tuvieran su réplica en los orígenes-, esos conjuntos hieráticos, alguno de cuyos rostros parece proyectar cierta animalidad, no sólo producen escalofríos, sino que a la vez, recuerdan aquellas otras esculturas, más elaboradas e identificadas por algunos autores como una posible alusión a la historia de Job, que conforman algunos de los capiteles del maravilloso claustro del monasterio aragonés de Santa María de Veruela, situado a los pies del Moncayo y a escasos kilómetros de un pueblo, Trasmoz, famoso por sus leyendas de brujas y diablos

Interesante, así mismo, es la presencia de un elemento no menos curioso, y en principio, podría pensarse que de escultura quizá algo más refinada que el resto: el hombre-verde, de cuya boca surgen las ramas o lianas alusivas a esa figura universal, representativa del inconsciente colectivo: la Madre. Canecillo y motivo que, curiosamente, se localiza por encima de la actual portada, más o menos, aproximadamente, en el lugar que ocupa en el templo, sanjuanista también, que veremos en la próxima entrada: San Juan de Barbalos.


(1) Fernando Sánchez Dragó y otros autores: 'Finisterre. Sobre viajes, travesías, navegaciones y naufragios'. (Ciclo de conferencias organizado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo), Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, Barcelona, abril de 1984, página 58.
(2) Op. citado, página 55.