martes, 6 de septiembre de 2016

Iglesia de Santo Tomás Cantuariense


Visto en la actualidad, posiblemente no sea el más espectacular de los templos románicos cuya planta, más o menos intacta, sobreviven en la capital salmantina, no obstante si por espectacularidad, consideramos un exceso de escultura y ornamentación, y por consiguiente su simbolismo asociado; pero cuando menos, conserva intacto el honor de figurar en las doradas páginas de la Historia, como la iglesia decana de la ciudad. Es decir, la más antigua, independientemente de que algunas otras, también se levantaran en esa misma y floreciente época: el siglo XII. Otra de sus peculiaridades, como ya podemos haber supuesto por su advocación, Santo Tomás Cantuariense o de Canterbury, reside, teóricamente, en el origen inglés de sus constructores. Un origen, después de todo, que junto con el normando, parece acorde con los movimientos de la Reconquista y cuya presencia volveremos a encontrar en lugares como Ávila o Cuenca, en ésta última, magistralmente presente en su imponente catedral, dedicada a la figura de Santa María de Gracia.

Situada en las proximidades de la iglesia de los dominicos y la de Calatrava -en la actualidad, reconvertida en Seminario Diocesano-, la iglesia de Santo Tomás –obviaremos, de aquí en adelante, lo de Cantuariense o de Canterbury-, conserva, no obstante, algunos curiosos elementos, sobre los que merece la pena recalar, siquiera echando un vistazo superficial. Como en el caso de los templos de San Marcos y de San Juan de Barbalos, que veremos en futuras entradas, una de sus peculiaridades, es que todavía conserva, en sus sillares, numerosas marcas de cantería, si bien no tan interesantes y con tanta profusión como se constata, por ejemplo, en la iglesia de planta circular de San Marcos.

Llaman la atención, por otra parte, la situación de los contrafuertes, en la nave y cercanos al ábside, con la inclusión de pequeños ventanales ciegos, tipo arcosolios, en cuya parte superior –al menos en el lado norte- destaca un atractivo motivo solar o polisquélico, en cuya parte central, como si fuera el eje de una rueda, comparativamente hablando, se localiza una estrella de seis puntas. Austeros y de carácter foliáceo son, sin embargo, los motivos de los pequeños capiteles. Similar diseño, encontramos también en el lado, a la misma altura, aunque con la inclusión, por encima del motivo principal, de una rueda, tipo rosetón o primitivo crismón. Los ventanales centrales, tanto del ábside principal como de los absidiolos, tienen forma de saetera. Precisamente, en el lado sur del ábside principal, se localiza otro arcosolio ciego, de cuyo motivo central, probablemente de carácter polisquélico también, surge una cabeza que, pudiera darse el caso, hubiera sido reutilizada y colocada con posterioridad.

Variado, además, es el tema de los canecillos que decoran la parte superior de los elementos de la cabecera, constatándose en su escultura, temáticas variadas aunque tradicionales, en las que se aprecian motivos foliáceos, rollos de pergamino, cabezas y personajes humanos, formas zoomórficas y criaturas mitológicas, como las arpías. Conserva la portada sur, cuyos capiteles mantienen esa austeridad que caracteriza generalmente a los motivos de índole vegetal, y en cuyos sillares, pueden apreciarse las numerosas marcas dejadas por los canteros, entiendo que siguiendo la costumbre de afilar sus instrumentos de trabajo. Comentar, por último, que los canecillos –siete en total-, que se observan por encima de la portada, vuelven a mostrar los rollos de pergamino como motivo principal, a excepción del central, en el que se aprecia un pequeño instrumento musical, tipo barril.

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sábado, 30 de julio de 2016

Románico de Salamanca


No en vano nombrada Capital Europea de la Cultura en el año 2002, Salamanca, o mejor dicho, su exhorbitante patrimonio histórico-artístico bien merecen una, o dos o las visitas que hagan falta, pues es tan rico y variado, tan espectacular y a la vez extraño, que no resulta fácil asimilarlo, si no es tomando la precaución de ir haciéndolo progresivamente y a pequeños sorbos. Obviaremos, por el momento, una parte importarte de ese patrimonio al que se hace referencia, para centrarnos, siquiera desde la perspectiva que nos ofrece la libre especulación, en ese arte antiguo, al que hasta épocas relativamente modernas se conocía como bizantino -término completamente adecuado, si tenemos en cuenta que fue, precisamente, a través de Bizancio o el Imperio Romano de Oriente, una de las vías, si no la principal, por la que penetraron en Europa una gran mayoría de conceptos y soluciones relativos al arte sacro- y al que, de algunos años a esta parte, todos nos referimos como románico. En relación a ello, no se nos podrá acusar de exagerados, si al ir haciendo una pequeña descripción de los templos sobrevivientes de aquél nebuloso periodo medieval, nos dejamos llevar por la sorpresa y gritamos a los cuatro vientos que, después de todo, éstos, lejos de constituir un ejemplo más de copia y pega, afín a cualquiera de las provincias o comunidades colindantes, ofrecen, por el contrario, elementos realmente interesantes, poco menos que únicos, en cuyas características tenemos, cuando menos, espacio más que suficiente para el noble arte de la especulación.

Tal sería el caso, por ejemplo, del exclusivo templo de planta circular -bien es verdad, que siguiendo el hilo de los comentarios de un querido amigo y maestro, Rafael Alarcón Herrera, este tipo de construcción fue muy popular, aunque desgraciadamente, han llegado pocos ejemplos intactos a nuestro tiempo- de San Marcos; la presencia de paganismos de origen celta, como esa probable representación de Pan que se encuentra en uno de los canecillos de la iglesia de San Juan de Barbalos -que contiene, además, la presencia de un vistoso Cristo románico, el de la Zarza, considerado como muy milagroso-; los cuantiosos y extraños canecillos con forma de bi y tritesta -por denominarlos de alguna manera, pues se presentan bajo la unión de dos o de tres cabezas- de la iglesia de San Cristóbal, comparables, cuando menos especulativamente, con aquéllos otros, más desarrollados que cualquiera puede ver en el claustro del monasterio aragonés de Santa María de Veruela o, la nobleza de una piedra y unos no menos curiosos mensajes gráficos, que desde comienzos del siglo XII todavía continúan llamando la atención en el que se considera como el primero de los templos románicos levantados en una ciudad, de fácil y agradable visita, que no comenzó a ser definitivamente repoblada hasta el año 1085, algún tiempo después de la decisiva victoria de Simancas, por el rey Alfonso VI, y dedicado a la figura de Santo Tomás Cantuariense, el famoso Thomas Beckett o arzobispo de Canterbury, donde todavía se conservan unas pinturas de su asesinato en el defenestrado templo de San Nicolás, en Soria capital.

Sin olvidar, por supuesto, las numerosas maravillas que todavía conserva la catedral vieja, aquélla inconmensurable obra de Arte que se comenzó a levantar en esta espléndida ciudad con posterioridad a estos acontecimientos, pero cuando todavía el peligro musulmán tenía aún mucho que decir, de la quien bien se puede afirmar que sobrevivió gracias a un milagro, pues se planeaba derribarla por completo para levantar la nueva.

Bienvenidos, pues, a un pequeño y especulativo viaje por el románico de Salamanca.  

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martes, 10 de mayo de 2016

Ribadavia: iglesia de Santiago


La iglesia de Santiago, si bien contemporánea de la de San Juan, y aunque de planta y proporciones similares, muestra, no obstante, algunas diferencias en cuanto a estructgura y ornamentación se refiere, incluida, además, la incorporación de un elemento de la que aquélla carece: el pequeño rosetón; un elemento curioso y bastante bien ejecutado, que demuestra una habilidad de la que quizás carezca el resto de ornamentación. De influencia aparentemente compostelana – se podría decir, que la referencia a la escuela compostelana, por no decir mateana es a Galicia lo que la silense poco más o menos al resto de Castilla-, su portada principal, orientada también a poniente, muestra algunos detalles interesantes, que si bien no brillan por la magnificencia en sí de la talla –como se decía, en referencia al rosetón, sino que denotan cierta primitiva tosquedad y la intervención, quizás, de diferentes canteros con desigual grado de habilidad o especialización-, sí lo hacen por la inclusión de un notable simbolismo, en alguno de cuyos exponentes, podrían tenerse en cuenta interesantes comparaciones con otros lugares allende Galicia, pero situados, así mismo, en el norte peninsular. Seis son los capiteles –tres a cada lado- que sustentan las arquivoltas. Los motivos de los tres capiteles situados a la izquierda, muestran elementos foliáceos y la presencia de un tipo de arpía, aparentemente masculina, donde aparte de la cola, larga y enroscada, que en su parte final parece presentar la forma de una cruz, destaca lo que parece ser un casco de forma circular en la cabeza. Este, a priori, puede ser un detalle interesante, porque la serie de motivos que comienzan en los capiteles de la derecha, lo hacen, igualmente, por la presencia de una arpía, en cuya confección ya se denotan ciertas diferencias, no menos curiosas: la presencia de plumaje y la incorporación, en el casco circular, de un pequeño pico o cono, que podría indicar la intención imaginativa del tallista a la hora de representar un ser mitológico que antes de tener escamas, tuvo alas: la sirena. Esto se puede comprobar mejor, si observamos con atención, el pequeño ventanal que se eleva sobre la portada sur del templo, donde se aprecia un ser semejante, incluido el cono en la cabeza y lo que parece ser una inequívoca cola de pez. A continuación de éste, y mostrando como fondo motivos foliáceos, dos aves abrevan en una fuente o pilar. A continuación de éstas, un curioso personajillo, teniendo también el motivo foliáceo como fondo, muestra un libro en sus manos. Este personaje, que en algunos templos de la vecina Asturias –concejos de Villaviciosa y Sariego- se muestra más elaborado, no delante, sino surgiendo de ese otro mundo vegetal, simbólicamente hablando, se suele identificar con el Apocalipsis y la figura del Evangelista. Recordemos que el término apocalipsis significa revelación y en estos diseños, se podría hacer referencia a esa difícil labor evangelizadora, realizada entre unos pueblos tal vez demasiado reacios a abandonar sus antiguas costumbres, muchas de ellas de origen celta y vigentes aún en la actualidad, sobre todo aquí, en Galicia.

Por encima del pórtico, vuelve a detectarse la presencia, entre los canecillos, de la figura del pez; salvo que aquí, en el templo peregrino de Santiago y a diferencia de la vecina iglesia de San Juan, hay dos canecillos que inciden en dicha figura, así como un tercero, éste último localizado en el ábside. Por cierto: los tres están orientados hacia arriba, hacia el cielo; ninguna hacia la tierra o hacia los polos. El ábside  incorpora, además, una pequeña curiosidad: un instrumento musical tan peculiarmente labrado, que la primera impresión que viene a la mente, es la de representar una guitarra. La serpiente enroscada e incluso el ouroboros, también están presentes, si bien la primera en el ábside y la otra formando parte de la imaginería canecística de la fachada sur. Una fachada, que contiene, además, una pequeña portada, precisamente en la que se aprecia otro elemento curioso e inusual: una referencia a ese personaje que, una vez elaborada la leyenda dorada cristiana, sustituyó a la antigua diosa Fortuna: Santa Catalina. Junto al capitel se aprecia una inscripción, de difícil lectura, que no obstante y generalmente, se interpreta como el me fecit del supuesto cantero. Aparte de otras curiosidades, en ese mismo lateral sur se aprecian algunas marcas de cantero, así como un arcosolio que contiene un curioso y anónimo sepulcro, que bien pudiera haber pertenecido a un caballero templario –aunque menor que la sanjuanista, yo no descartaría también la presencia templaria en Ribadavia-, pues muestra una cruz patada contenida en un círculo al principio de lo que podría ser el palo de un báculo.

Digna de mención, y por último, es la estilizada figura de un león que se localiza en uno de los capiteles de otro de los ventanales situados en la fachada norte. León que, aparte del simbolismo, es notablemente parecido a otro muy poco conocido en general, que se localiza en el interior de la torre de la iglesia de Santo Domingo de Silos, en la pequeña población soriana de Señuela.

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miércoles, 4 de mayo de 2016

Ribadavia: iglesia de San Juan


Uno de los ejemplos más evidentes de la importante presencia de los sanjuanistas en Galicia, lo constituyen ésta hermosa villa de Ribadavia, que todavía, como se pudo apreciar en la anterior entrada, mantiene generosamente preservada su antigua judería medieval, y la presente iglesia de San Juan. Como en el caso de Portomarín, también aquí se denota su presencia en una de las principales vías o rutas peregrinas hacia Santiago de Compostela: aquella que se denomina, precisamente por aprovechar una de las antiguas calzadas romanas, como Vía o Ruta de la Plata. A éste respecto, se sabe que aquí, en Ribadavia, los sanjuanistas mantuvieron una encomienda independiente hasta el siglo XVII, cuando fue definitivamente incorporada a la vecina Beade, en plena comarca del Ribeiro también, donde todavía se conservan numerosos símbolos relacionados con la presencia de la Orden. En líneas generales, se puede afirmar que el templo de San Juan –se estima su construcción, a finales del siglo XII-, es una interesante construcción, en la que sobresalen, probablemente, los detalles referidos a su ornamentación, bastante más que prolífica y críptica que en la cercana iglesia de Santiago. De ella, probablemente la parte más relevante, sea aquella referida a las metopas, donde se aprecia un simbolismo peculiar, que alterna motivos geométricos con elementos zoomórficos y fantásticos, que hacen olvidar por un momento la simple cuestión de estética y pensar en claves, cuyo mensaje resolutivo resulta, cuando menos, harto complicado dilucidar. Este detalle, no obstante, trae, así mismo a colación, no sólo la presencia de ésta orden guerrera y hospitalaria en la zona sino también, quizás, las mismas manos laborando en otros templos donde, a pesar de hallarse muy reformados hoy en día, contienen ciertos elementos sobrevivientes, que así podrían indicarlo y que en su momento, ocuparon las divagaciones de investigadores como Juan García Atienza. De hecho, así se consignaba en las sucesivas ediciones de su Guía de la España mágica, cuando hablaba de los enigmas afines a este tipo de simbolismo, haciendo especial hincapié en la iglesia de Santa María de Xuvencos, que además confundiera con la vecina de San Xulián de Astureses –haciéndome a mí caer también en el error, allá por Semana Santa del año 2013-, templo éste último del que se piensa que fue originalmente templario y que pasó a manos sanjuanistas tras la disolución de esa Orden.

Como muchos otros templos de Galicia, su portada principal está orientada a poniente. En ésta sobresale, en lo más alto del tejaroz, la figura presidencial del Agnus Dei, portadora de una cruz denominada en ciertos ámbitos como de Carlomagno, cuyo diseño resulta bastante popular dentro de la geografía gallega, pues se puede encontrar prácticamente en la totalidad de sus comunidades. Cierta curiosidad tienen, por encima de la portada, algunos de los canecillos, entre los que cabe destacar la presencia de aves unidas por la cabeza, una hermosa cabeza humana barbada –probablemente alusiva a la figura del santo titular, San Juan Bautista-, así como la presencia de uno de los primeros elementos o símbolos del Cristianismo: el pez. Tales elementos, parecen sobresalir sobre los motivos de las correspondientes metopas que, como se aventuraba, muestras diseños geométricos y fantásticos y posiblemente aludan a los vicios y pecados que generalmente se asociaban con todo aquello que tuviera que ver con cultos anteriores. No es de extrañar, por tanto, que similar temática se aprecie, así mismo, en los capiteles –seis en total, tres a cada lado-, cuyos elementos fundamentales alternan arpías y motivos foliáceos o vegetales.

Anexa al ábside, en la puerta de la casa parroquial se puede apreciar, posiblemente de época, un pequeño escudo en cuyo interior se aprecia una cruz de Malta o de Ocho Beatitudes.

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jueves, 28 de abril de 2016

Ribadavia


Cabeza de partido de la comarca orensana del Ribeiro y asentada a la orilla del río Avia, como su nombre indica, Ribadabia a pesar de todo, continúa conservando buena parte de ese esplendor que la hizo ser una de las más interesantes villa medievales, no sólo del antiguo reino astur-galaico-leonés, sino también de la Península Ibérica. No tanto por su belleza, quizás, como por la riqueza inherente a su entorno, fue ya, en su más remoto pasado, foco de interés para numerosos pueblos, entre los cuales cabría destacar la presencia, sugestiva y más cuanto se trata de Galicia, de los celtas. Asaltada por musulmanes y sucesivamente reconquistada por cristianos -todavía se mantienen en pie buena parte de su castillo y sus murallas-, no es de extrañar que intramuros se advierta, aún en la actualidad, la presencia de diferentes etnias culturales que convivieron bajo la celosa vigilancia de las órdenes militares, siendo una de las más importantes y representativas, la judía . A éste respecto, cabe destacar, no obstante, la importante presencia de una orden religioso-militar en particular: la del Hospital de San Juan de Jerusalén, que posteriormente pasó a denominarse, simplemente, Orden de Malta. De dicha presencia dan cumplido testimonio, cuando menos, la magnífica iglesia de San Juan, que marca, de alguna manera, el acceso al barrio judío –donde igualmente se localiza prácticamente intacta la antigua casa de la Inquisición, fácilmente reconocible por los numerosos escudos que adornan su portada-, y la iglesia de Santiago, templo románico no menos interesante que el anterior y de obligada visita para los peregrinos que accedían al lugar, recorriendo el trazado de la denominada Ruta o Vía de la Plata, cuyos pormenores y características veremos en las próximas entradas.


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domingo, 17 de abril de 2016

Francelos: iglesia de San Xés o San Ginés


'El incienso anhela desaparecer en aroma,
El aroma regresar al incienso.
La melodía busca encadenarse al ritmo,
Mientras el ritmo se recoge en melodía.
La idea busca su cuerpo en la forma,
La forma su libertad en la idea.
El infinito busca el contacto del infinito,
Lo finito su liberación en lo infinito.
¿Qué drama existe entre creación y destrucción...
Este incesante vaivén entre idea y forma?.
La limitación persigue la libertad,
Y la libertad busca descanso en la limitación'.
[Rabindranath Tagore]

Leí este poema de Tagore, algunos meses después de mi visita a Ribadavia. Y créase o no, lo primero que me vino a la mente, fueron éstas débiles brasas que, a juzgar por sus características y su belleza, debieron de constituir todo un poema donde el ritmo se recogía en la idea, la idea se hizo cuerpo en la forma y lo finito se liberó en lo infinito. Pero lo más doloroso, a fin de cuentas, no deja de ser -y continúo con las impresiones tagorianas- ese terrible drama que existe siempre entre creación y destrucción. Resulta difícil, tremendamente difícil, hacerse una idea de cómo pudo ser en sus orígenes ésta concepción conventual, de la que apenas sobreviven algunas piezas de esmerada elaboración e incalculable valor. A tal respecto sabemos, por referencias, que originalmente en el lugar -Francelos, situado a poco menos de un kilómetro de Ribadavia y en la actualidad, convertido en poco menos que una barriada extramuros de ésta histórica ciudad medieval- existió una comunidad religiosa femenina; y sabemos, además, que el cenobio -que a juzgar por las características de las escasas piezas sobrevivientes, habría que emparentar con ese magnífico arte o prerrománico asturiano-, estuvo bajo la advocación de una controvertida figura que levanta hoy en día tanta pasión, como antaño la ortodoxa misoginia eclesial se esforzó por denigrar y desvirtuar: Santa María Magdalena. De hecho, el culto a la Magdalena -como al de la Diosa Madre-, a pesar de ello fue tan popular, que se hizo necesario recurrir a una figura primordial que, no obstante e increíblemente, dada su importancia, había permanecido hasta entonces en un más que discreto segundo plano: la Virgen María. La generalización de su culto, no comenzó a extenderse y popularizarse, sustituyendo progresivamente los lugares de culto de aquél otro personaje, al parecer tan cercano también a Cristo, y sobre todo, los antiguos santuarios de la Gran Diosa Madre, sino a partir de los siglos XI y XII, posiblemente coincidiendo con ese momento tan particular, en el que las instituciones benedictinas iban viéndose relevadas por la integración y auge de otra orden religiosa, reformista, escindida de aquélla e innovadora, cuyas miras, principalmente, significaban una oportuna regresión hacia los principales preceptos del cristianismo primitivo: pobreza, humildad y austeridad. Preceptos que, sin embargo, no fueron obstáculo para que en los numerosos cenobios y monasterios que ocuparon, modificaron o construyeron, dieran una soberbia lección de arquitectura sacra,en la que los criterios inalterables de mesura, equilibrio y proporción, legaran a la posteridad glorias imperecederas y dignas de admiración. 

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Quien acuda a Francelos buscando un lugar marcado por cinco o más estrellas -raro que Michelín todavía no haya tomado cartas en el asunto- en las numerosas guías de románico distribuidas tanto en obras impresas como a través de esta magnífica herramienta que es Internet, seguramente se llevará una gran decepción, viendo su sueño de grandeza artística convertido en volutas de humo. Ahora bien, quien acuda a pecho descubierto, dejándose llevar simplemente por su pasión hacia el Arte, y cuando menos por su propia intuición, observará que en los detalles de esas pequeñas celosías sobrevivientes, la mano de un auténtico artista, que manejaba escoplo y cincel con algo más que habilidad y la necesidad de ganarse un necesario jornal: trataba con el amor de una madre ese embrión de piedra del que habría de surgir una criatura sin duda alguna, llena de alma y vitalidad. También, observando esos fragmentos que describen, a juzgar por sus detalles, varios episodios de la vida de Jesús, como una probable huída a Egipto y una entrada triunfal de Cristo en Jerusalén a lomos de un asno -no deja de ser curioso, que tanto reyes como profetas utilizaran en Israel este animal, que en Egipto estaba dedicado a la figura de Seth, y que probablemente fuera recuerdo de la época de cautividad y asimilación de cierta simbología-, necesario, como dato alternativo, puede ser, así mismo, recordar algunos otros débiles fragmentos, de similar factura, época y características, que todavía, y a duras penas, pueden apreciarse en otros lugares diferentes, como en el pueblo de Quintana del Pino, a pie de la carretera que une Burgos con Palencia y Santander, en cuya iglesia dedicada a la figura de San Sebastián, pueden apreciarse similares restos, si bien con temáticas distintas, una de las cuales, por los detalles del lobo devorando a la mula o al caballo, podría ser una referencia también a otro santo de gran renombre y tradición en Galicia: San Froilán. 

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Por último, reseñar que no deja de ser significativa, además, la actual advocación de la pequeña ermita: San Xés o San Ginés, relativamente moderna y que, sin embargo, nos evoca, puede que intencionadamente, otro de esos santos peculiares, asociados con antiguas tradiciones, como los jinas hindúes o los djinns islámicos que, después de todo, no desentonan en un lugar, la eterna Galicia, donde todavía existen numerosos lugares donde sobreviven las tradiciones a los viejos mitos de la Antigua Religión. San Xés, no cabe duda, es un lugar que merece la pena, no sólo descubrir, sino redescubrir.

jueves, 10 de marzo de 2016

Taboada: iglesia de Santiago


Saliendo de Silleda en dirección a Orense, siguiendo un ramal del sempiterno Camino Jacobeo, un crucero de base escalonada o monxoi, a cuyo lado puede observarse un sarcófago de piedra de interesantes dimensiones y una pequeña iglesia, llaman poderosamente la atención. La iglesia, por desgracia, excesivamente remodelada en el transcurso de los avatares históricos, permanece todavía bajo la primigenia advocación del Santo Patrón, Santiago, y entre los males menores, aún conserva algunos elementos de su fábrica original; una fábrica, dicho sea de paso, que los expertos consideran como perteneciente a un románico de transición del siglo XIII, si bien pudiera darse el caso de que el primitivo recinto fuera, quizás, muy anterior. De los elementos sobrevivientes, conviene, sobre todo, prestar especial atención a la portada principal, orientada hacia poniente, hacia un Finis Terrae, que apenas dista una setentena de kilómetros del lugar, porque en ella, volveremos a encontrarnos la huella de aquél misterioso y anónimo maestro, que según vimos pudo haber trabajado también en las cercanas Amoeiro y Ansemil, así como en otros lugares de Galicia, siendo un caso especialmente relevante, el de la iglesia de Santa María, situada en la homónima aunque lucense población que, además, conserva todavía su antiguo y sospechoso adjetivo calificativo: Taboada dos Freires. Los tímpanos, gemelos, se diferencian en que en la iglesia de Santa María, de Taboada dos Freires, a la figura especulativamente sansoniana se le añade una cruz de características patadas contenida en un círculo. Otra de las diferencias y posiblemente también la clave para conocer, cuando menos, el nombre del misterioso Magister y aproximadamente la época en la que desarrolló su labor, la tengamos en las inscripciones al respecto contenidas en el tímpano de ésta iglesia de Lugo: el año, 1190 y el nombre del Magister, Pelagio, se presta a muchas interpretaciones e incluso no sería descabellado llegar a suponer que se tratara incluso de un pseudónimo utilizado por un gremio de canterios en particular. A tal respecto, cuesta pensar en la casualidad de que éste nombre, esté tan profundamente ligado no sólo a la historia más recóndita de España –los pelasgos, pueblo poco conocido pero relacionado con el fenómeno megalítico, Pelayo, el primer rey de la monarquía asturiana-, sino también, con los oscuros comienzos de todo un fenómeno cultural, sociológico y antropológico, como fue la apertura -¿o tendríamos que decir, quizás reapertura, puesto que su trazado incluye otros caminos sagrados milenios ha utilizados por culturas pretéritas?- del Camino de Santiago, siendo Pelagio o Pelayo, curiosamente, también el nombre del eremita bajo cuya visión se descubriera la supuesta tumba del Apóstol Santiago Boanerges en Libardón.

A diferencia de la iglesia lucense, las arquivoltas de la portada principal de ésta iglesia de Santiago, se apoyan en unos vanos que nos muestran –lejos de las típicas representaciones de guardianes del umbral, como leones, ángeles, demonios o incluso santos desplegando los rollos o libros de las Sagradas Escrituras- otro símbolo ancestral, de alguna manera siempre presente en la ornamentación románica: las cabezas de bóvidos, siendo foliácea, no obstante, la temática de sus capiteles. Por su parte, la pequeña ventana absidial –la iglesia tiene en ésta parte y en su lateral izquierdo, adosado un pequeño cementerio-, muestra el típico ajedrezado jaqués, junto con dos pequeños e interesantes capiteles, porque, si bien el de la izquierda es, así mismo, de carácter foliáceo, el de la derecha muestra una interesante representación de aves que, lejos de beben en la conocida y hasta diríase que típica fuente o copa, parecen picotear un modelo de rama frutal que, por sus características –rama en forma de pata de oca-, bien pudiera ser un cerezo, advocación que también se conoce entre las numerosas representaciones marianas, como la Virgen de la Cereza de la población burgalesa de Covarrubias, cercana a Santo Domingo de Silos y a las ruinas de lo que en tiempos fuera uno de los más imponentes monasterios románicos españoles: el de San Pedro de Arlanza.

Del interior del templo, si bien los capiteles de la cabecera, foliáceos, son de época posterior, merece especial atención el Retablo Mayor y la imaginería en él contenida. Seguramente de los siglos XVII-XVIII, la parte principal muestra una trabajada e inusual escena, representando a Santiago al frente de la caballería cristiana arremetiendo contra el invasor musulmán, tal vez en alusión a esa supuesta batalla de Clavijo, tan bien utilizada por la propaganda cristiana como siglos después, en 1915, los ingleses utilizaron en Mons esa ayuda angelical que libró a sus tropas de un fatal descalabro. Por debajo, a derecha e izquierda, se aprecian una Virgen con Niño, perdida la entronización que caracterizaba en el pasado a las imágenes románicas y góticas y un espléndido San Roque, acompañado por el perro, con la hogaza de pan sujeta en la mandíbula –el nutriente espiritual-, y el niño, portador del ungüento –el remedio, la vía o camino- para aliviar la herida producida por el ángel –éstos también atormentaron a otros santos, como San Jerónimo- en el muslo. Por último, reseñar, así mismo, la interesante e inhabitual representación superior de uno de los retablos laterales, donde, en apariencia, los dones del Espíritu Santo –generalmente representados como lenguas de fuego o a través de ese vehículo isíaco que es la paloma-, parecen ser sustituidos por un esplendoroso e irradiador Arbor Vitae o Árbol de la Vida, aunque quizás pueda hacer referencia, también, a una aparición mariana.

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