miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ávila: iglesia-museo de Santo Tomé


Siguiendo el hilo de Ariadna de las interesantes divagaciones de Unamuno, cuando hablaba de Ávila y de esas metáforicas y dulces huertas interiores de una tierra grave y tan llena de hueso y roca, no se me ocurre mejor comienzo, que repasar en parte su interesante románico, visitando, en primer lugar, ese mustio almacén de sueños olvidados en el que se ha convertido, cuando menos uno de sus templos venido a menos: la iglesia de Santo Tomé. Almacén visitable del Museo de Ávila -como reza el cartel situado en la verja de entrada principal, orientada a poniente, de frente a la calle de los Leales y dominando, de hecho, buena parte de la pequeña plaza de Nalvillos-, atravesar esa portada, presumiblemente del siglo XII y ferozmente custodiada por las arpías y los grifos de sus capiteles, invita, no obstante salvando cualquier resquicio de temor, a embarcarse en un pequeño viaje en el tiempo, remontándose imaginariamente tanto siglos hacia atrás como siglos hacia adelante, según indican los numerosos verracos de piedra, el impresionante mosaico romano que cubre buena parte del suelo de la nave –que recuerda, en muchos de sus motivos a los que todavía causan admiración por su perfección y belleza en la denominada casa de Materno, de Carranque y quizá nos indique también, que esta iglesia fue levantada sobre una antigua estructura, tal vez un templo romano anterior - y una curiosa colección de motivos escatológicos de diferente época y condición, entre los que no falta un carro tradicional, en cuyo frontal, artísticamente elaborados, se aprecian dos interesantes representaciones de un símbolo primordial: el Sello de Salomón. De esa cultura íbera, cuyo gusto por el toro nos recuerda las leyendas platónicas sobre los sacrificios atlantes y la ritualística cretense y minoica tal vez exportada a la Península hace miles de años –todavía presentes en no pocos festividades populares, a pesar de los cada vez más duros enfrentamientos entre los defensores de la Fiesta y los defensores de los animales-, nos alienta la visión de esa pequeña legión de toros y verracos –donde sorprende observar un perfecto símbolo del infinito perfectamente grabado en los cuartos traseros de uno de ellos, que nos induce a proponer interesantes especulaciones acerca del grado de conocimiento real de los pueblos que nos precedieron y a los que llamamos incultamente primitivos-, que acumulan polvo junto a una notable colección de lápidas romanas e igualmente íberas, precedentes igualmente milenarios de una escatología que todavía se continúa utilizando en la actualidad en unas necrópolis que, no me cabe duda, formarán parte de los yacimientos arqueológicos del mañana, legando a las generaciones futuras un espantoso legado etnológico y cultural de un mito universal, sin principio ni final, como es la muerte y la ritualística que siempre la acompaña.

Más relacionado con el tema que nos ocupa, sobreviven, en los capiteles interiores de la cabecera del tempo, unos motivos románicos originales que, por su naturaleza foliácea y en cierta manera austera, contrastan en gran medida con la explosión de personajes y referencias que caracterizan a esa pequeña colección de metopas y canecillos, acumulada junto a otros elementos de diversa índole y estilo artístico, en el espacio que originalmente ocupaba el altar, y cuya visión nos abre la perspectiva de pensar en la misma técnica y el mismo género escultórico que caracteriza a los canteros que participaron en la construcción de la imponente iglesia basilical de San Vicente, situada en las proximidades, frente a la puerta de la muralla medieval que lleva su nombre. Interesante, así mismo, resulta la portada sur, en cuyos capiteles y a pesar de la acción corrosiva del tiempo, todavía se aprecian algunos elementos mitológicos, como la sirena de dos colas, las arpías o los grifos, presentes también, como se ha dicho, en los capiteles de la portada principal.

Cabe destacar, por último, los detalles esculpidos en una de las arquivoltas centrales –personajes, animales e incluso un dragón-, muy similares y comparativamente hablando, a parte de los elementos contenidos en esa aparente alusión al poema de Luciano, la Psicomaquia, de la portada de Santiago, en la iglesia de San Salvador de Cifuentes, en la provincia de Guadalajara; o aquéllas historias mudas, en cuya estatuaria algunas fuentes ven algún tipo de alusión estelar, de las portadas de Eunate y Olcoz,  lo que podría indicar no sólo a unas referencias simbólicas comunes utilizadas por los canteros, sino también parte de una probable simbología afín al Camino de las Estrellas: el Camino de Santiago.

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martes, 15 de noviembre de 2016

Románico de Ávila


Hablaba Unamuno en una sus crónicas, refiriéndose precisamente a Ávila y aludiendo inevitablemente a aquélla extraordinaria viajera del subconsciente colectivo –como diría Jung- que fue, en el fondo, Santa Teresa de Jesús, de esas metafóricas y dulces huertas interiores de ésta tierra grave y tan llena de roca y hueso, y no puedo dejar de preguntarme, si dentro de ese pequeño huerto, o de esa roca o de ese hueso que compone, transforma y altera el adn de Ávila, parte de su inspiración no se vería definitivamente acompañada en sus solitarios paseos por la mediática tentación que supone el románico de la ciudad. Un estilo, también, en el que, como en el caso de la vecina Salamanca, no es difícil apreciar, en conjunto o en parte, unas manos firmes y laboriosas tendidas hacia el Ocaso. O hacia los vericuetos iniciáticos del Camino, si se prefiere. Porque es el avulense –mi opinión, mea culpa-, un románico que sorprende, que tira la piedra y esconde la mano, que inspira y a la vez expira vaharadas de humo viciado que huele a lidias y liturgias promovidas en antiguos altares. Un románico que extiende su sombra a la luz de un sol mortecino, macerando frutos prohibidos en honor de viejos ecos hermenéuticos, como así cabría pensar de su catedral –en una de cuyas portadas, la de poniente, dos auténticos reyes de bastos montan la vieja guardia- o la iglesia basilical de San Vicente, donde, también en su espectacular portada de poniente y antecediendo varios siglos a las corralas, contemporáneas de la Santa y su Siglo de Oro, unos personajes interpretan, con la impasibilidad que ofrece lo eterno, una historia imposible, cuyo secreto –como el de las catedrales, que promulgaba Fulcanelli- se pierde en la noche oscura de los tiempos y posiblemente también en las retortas oxidadas de olvidados atanores que, como la historia del Grial de Flegetanis, apuntaban a las estrellas.

Menos permisivos, quizás, que en Salamanca, esos vientos –sean de tempestad o de guerra, que hasta hace pocas generaciones, en España siempre se libraba alguna-, han permitido, no obstante, y en cuanto a bizantinismo se refiere, la conservación, más o menos feliz de un número determinado de templos, cuya mediática idiosincrasia todavía conserva hogaño la suficiente fuerza emocional de antaño, como para permitir un feliz camino a la siempre atendida pero pocas veces compartida voluptuosidad de la especulación.

Con promesas especulativas, pues, no puedo menos que invitarte, amigo lector, a los próximos viajes por el románico de Ávila capital.

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domingo, 13 de noviembre de 2016

La catedral vieja de Salamanca


Poder disfrutar, aunque sólo sea en parte, de este magnífico y metafórico ulises que es la catedral vieja de Salamanca, tal vez no se deba tanto a una cuestión de suerte, y sí, quizás, a un momento de debilidad piadosa de esa inflexible hilandera de circunstancias, causalidades y destinos que gobiernan los abismos más profundos del inconsciente humano, que ya los grandes genios clásicos nos presentaban como Parca. Parca sería, si aplicamos los sinónimos de pobre, corta o escasa, esa parte de románica idiosincrasia que, no obstante, con un sólo vistazo, nos induce a soñar o cuando menos a imaginar, cómo pudo ser, en todo su esplendor, una grandiosa obra de arte levantada ad maiorem gloriam Domine, siguiendo los patrones sagrados del tratamiento de la piedra, cuyo modelo básico lo constituía el arquetipo divino de aquél que, con posterioridad al año 70 a. de C. fuera arrasasado por las legiones romanas y la posteridad consideró como el templo de templos: el templo de Salomón. Seguramente inspirados en los mismos principios masónicos utilizados por los artífices fenicios que proveyeron también de mano de obra y materiales al artífice de ese hermoso y a la vez esotérico Cantar de los Cantares, lo cierto es que los canteros que justificaron los posteriores comentarios de admiración unamunianos, cuya pluma alababa la melancolía de esa piedra pulida dorándose al sol, debieron de incorporar, en su mítico deambular, parte de ese manierismo compostelano o arquitectura del Camino, algunos de cuyos efectos todavía pueden ser contemplados en templos y catedrales cercanos, como pudieran ser la propia catedral de Ávila, así como también la avulense iglesia de San Vicente, cuya janística o bífora portada de poniente, seguramente nos recuerde las creaciones del maestro Mateo o de aquellos otros que intervinieron, cuando menos, en la portada de Platerías. Así mismo, el magnífico cimborrio de aspecto oriental, nos conmina a buscar la huella de aquéllos otros canteros, cuando no los mismos, que legaron a la posterioridad la brillantez de unos cimborrios igual de maravillosos, que no son otros que los que lucen la catedral de Zamora y la colegiata de Santa María de Toro.

Dignas de admiración, y no menos importantes, después de todo, son esas impresionantes obras maestras de la pintura románica, que todavía perviven entre los claroscuros de una nave cuya elegancia constituye ese paso de gigante hacia un nouveau faire, el gótico, en el que algunos ven la aplicación práctica de ese lenguaje de la piedra o lenguaje de los pájaros, como Fulcanelli, y otros, el desarrollo lógico a la solución de unos problemas técnicos, que habrían de dejar obsoletos estilos anteriores. Magnífico ejemplo de plasticidad, alegoría y arquetipos, son los frescos de la Capilla de San Martín. Y junto a éstos, el no menos artesano y fascinante conjunto de méritos y mementos que generaron una fehaciente industria en ésta y otras interesantes zonas de Castilla y León: los sepulcros medievales.

En definitiva: la catedral vieja de Salamanca: un universo histórico y artístico digno de descubrir.

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lunes, 31 de octubre de 2016

Salamanca: iglesia de San Marcos


'Más allá del azar y de la muerte
duran, y cada cual tiene su historia,
pero todo esto ocurre en esa suerte
de cuarta dimensión, que es la memoria...'.
[Jorge Luis Borges]


La cuarta dimensión y la memoria; quizás, en esos elementos tan subjetivos del poema de Borges, estén algunas de las claves que nos desvelen el fascinante misterio que rodea a este singular templo; a este verdadero poema, escrito en el lenguaje de los sueños, que es la piedra, poco o apenas conocido fuera de los ámbitos de las guías y el estudio del románico en general, pero que se presta, por su naturaleza y su singularidad, a un sin fin de alardes y especulaciones. Poco menos que único en su género, al menos en lo que se refiere al ámbito peninsular, este peculiar templo, de planta circular y bajo la advocación del evangelista Marcos -recordemos, puesto que los arquetipos son importantes, que su símbolo o daimon era el león- constituye, a día de hoy, un complejo enigma, cuya belleza y singularidad merecen figurar en un glorioso capítulo aparte. Capítulo aparte son, así mismo, las numerosas marcas de cantería -no exentas, además, en su interior- que se pueden advertir en este inconcebible ouroboros pétreo, cuyos orígenes se remontan al siglo XII -independientemente de algunas fuentes que los suponen anteriores, en el XI-, considerándose el año 1178 como fecha probable de su construcción o consagración. Ahora bien, si su exterior nos sorprende por ese círculo perfecto de aproximadamente 18 metros de diámetro, su interior no es menos sorprendente e interesante. Consta de varias hercúleas columnas diseñadas para soportar la cúpula o el tejaroz y, curiosamente, se constata la existencia de tres ábsides, lo que conlleva, cuando menos, algunas interesantes especulaciones: ¿fue diseñada así desde el principio o, por el contrario, como ocurre con otra interesante ermita conquense –la de la Virgen de la Cuesta (1)-, los ábsides, en un principio, pudieron haber sido pensados para figurar externamente?. Y de ser así, ¿por qué y en base a qué se decidió ocultarlos?.

Una auténtica belleza, por otra parte, son los restos de pinturas -datadas por los expertos en el siglo XIV, aunque yo no descartaría que hubiera habido frescos más antiguos-, recuperados con relativa fortuna, donde sobresalen un mosaico geométrico, una fenomenal representación de San Cristóbal -recordemos su función sine quanum de Christóphoro o Portador de Cristo; es decir, la Antigua Religión portando a la Nueva Religión, simbólica y metafóricamente hablando-, una Anunciación y una Coronación. Pero si las artes plásticas -en algunos casos, descubiertas o mejor dicho, redescubiertas en época moderna- realzan una belleza ya de por sí singular, no lo es menos la escultura del Cristo gótico que corona el altar central. Un Cristo gótico, de cuyas características destaca un detalle, cuando menos extraño y singular: su pie izquierdo, clavado al derecho, forma un ángulo imposible de noventa grados. De su imaginería mariana, dan testimonio dos hermosas imágenes: una Virgen románica del siglo XII, al parecer procedente de la parroquia de Valdemierque, en cuyo pedestal se puede leer la leyenda Madre de la Iglesia –quizás para diferenciarla de aquélla otra Mater venerada desde el Paleolítico y suplantada en los altares- y una reproducción perfecta de una Virgen Negra por excelencia, la de Montserrat, cuya presencia no deja de sorprender en lugares foráneos también, como pudiera ser el convento de San Antonio, en la pequeña localidad de La Cabrera, próxima a Somosierra. Independientemente de éstas dos, la iglesia de San Marcos cuenta, además, con una magnífica talla de la Inmaculada, fechada en el siglo XVI, siglo en el que, dicho sea por añadidura, se le añadió la espadaña que desvirtúa sobremanera el conjunto y otra, posiblemente también de la misma época, representativa del titular, San Marcos.

Si bien, dejaremos para otro momento y lugar la polémica levantada por el arquitecto francés Viollet-le-Duc sobre los modelos de arquitectura templarios, referentes, sobre todo, a este tipo de templos de planta circular, no deja de ser interesante el detalle de que una iglesia tan pequeña y tan humilde, gozara de tanta prebenda y protección real. Por eso, desde el siglo XII, según aseveran las fuentes oficiales, se la define como Real Capilla de la Clerecía, estando su historia unida a personajes reales relevantes, como Alfonso VI, su hija Doña Urraca o el rey Alfonso IX.

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(1) La ermita de la Virgen de la Cuesta, se encuentra en la localidad de Huelves, a unos 70 kms, aproximadamente, de Cuenca capital, pegada prácticamente a la autovía A40 y a un par de kms. de la autovía de Valencia y la población de Tarancón. Si bien su planta no es totalmente circular, sino elipsoide, puede ser un buen ejemplo, quizás, de las intenciones que en un principio pudieran haber tenido los constructores de esta iglesia de San Marcos. Como curiosidad simbólica añadida, agregar que el río que pasa por la localidad, no deja de remitirnos al fascinante mundo del Camino de Santiago y las hermandades canteriles medievales: Riansares.

jueves, 27 de octubre de 2016

Salamanca: iglesia de San Juan de Barbalos


También del siglo XII y así mismo, perteneciente a la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, la iglesia de San Juan Bautista o San Juan de Barbalos, conforma otra reliquia románica, digna de ser tenida en consideración. Situada en la plaza que lleva su nombre, no lejos de aquélla otra dedicada a la mística avulense del Siglo de Oro, Santa Teresa de Jesús –lugar, donde, por cierto, a cuya vera aprovechan los hosteleros para colocar sus terrazas en verano-, a diferencia de la de San Cristóbal, su planta nos remite a uno de los modelos básicos del románico en general: ábside o cabecera semicircular y nave rectangular, si bien se aprecian modificaciones posteriores en su lado oeste, con la inclusión de un tramo más, a continuación de la espadaña, que suple lo que en origen podría haber sido la carencia de un espacio para el coro. Es, precisamente, en el interior de este tramo, donde, incomprensiblemente, se puede contemplar, en la penumbra, uno de los Cristos románicos mejor conservados y con fama de muy milagrero de la capital salmantina: el Cristo de la Zarza. De sus portadas –dos, que se puedan apreciar-, sólo cabe hacer suposiciones. Está claro que la portada abierta a poniente, es relativamente moderna y no tiene importancia artística y estética ninguna; detalle, no obstante, que permite preguntarse si el templo, originalmente, contaba con una portada en dicho lugar, y de ser así, qué ocurrió con ella.

Resulta evidente, así mismo, que aunque original, a la portada que se abre en el lado sur de la nave, le faltan, cuando menos, algunos elementos, como los capiteles –labrados, presumiblemente- en número de dos por cada lado inferior del arco. Este lado sur y el ábside, todavía conservan, no obstante y con mayor o menor grado de deterioro, buena parte de los canecillos historiados que formaban parte del mensario original. En ellos, se pueden apreciar elementos conocidos, pero no por ello interesantes, como pueden ser el hombre-verde –que a diferencia del de San Cristóbal, por los dos cuernos que muestra, se podría relacionar con la figura arquetípica de Pan-, el músico y la bailarina, cabezas zoomórficas, entre las que destaca, por su simbolismo, la figura de la cabra, figuras antropomórficas, monstruosas y vegetales. Austeramente foliáceos son, además, los motivos de los capiteles, tanto exterior como interiormente, si bien, en el interior, y además de la referida figura del Cristo de la Zarza, se conserva también una magnífica Virgen con Niño, gótica y coronada, que porta una curiosidad en su mano izquierda: tres pequeñas bolitas de color rojo, que podrían ser, si en los frutos y comparativamente nos basamos, un racimo de cerezas.

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miércoles, 19 de octubre de 2016

Salamanca: iglesia de San Cristóbal


Decía Luis Racionero, durante un ciclo de conferencias sobre los viajes, organizado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en los años ochenta, aquello de que faltan agencias de viajes, porque las iglesias sin misterios y las ciencias racionalistas han suprimido todo devaneo con el más allá, sustituyéndolo por el viaje a Lourdes y la visita de museos, siendo la idea fomentar el viaje hacia afuera para vaciar mejor lo de dentro (1). Bien es cierto, sin embargo, que en su conferencia, el autor describía sus experiencias personales, desde la perspectiva de un tipo de viaje muy particular, el psicodélico, en el transcurso del cual –y pido perdón, por abusar de las citas-, se descubre al verdadero Dante, se entiende el canto gregoriano, se intuye el mito del paraíso, y se entra por vez primera en la arquitectura islámica y gaudiniana (2). En todo esto, reconozcámoslo o no, subyace una gran verdad. Una verdad, a la que constantemente nos enfrentamos cuando nos hallamos frente a unas reliquias que hasta bien entrado el siglo XX se llamaban, muy acertadamente, bizantinas y que hoy en día están en boca de todo el mundo –urbi et orbi-, con el exasperante nombre de románico.

Dejando a un lado algo tan intrascendente, después de todo, como los términos románico o bizantino, y a falta de ese devaneo con el más allá ausente en nuestros templos, al que hacía referencia Racionero, bueno resulta especular con ese conjunto de arquetipos y verdades camufladas, con los que en ocasiones nos sorprenden esta clase de templos. Tal es el caso, no me cabe duda, de ésta intrigante iglesia salmantina –cuyas piedras añoran siglos que fueron y quién sabe si siglos por venir, como diría Unamuno-, dedicada –y su presencia se constata como de cierta importancia en Salamanca-, a la figura de San Cristóbal; o mejor dicho, Christophoro, es decir, el portador de Cristo. Su estructura también llama la atención, y no es la primera vez que, en conjunto, se le califica como de templo extraño. Y en cierto modo lo es. Su ábside semi-circular, se ve acompañado de dos capillas laterales cuadradas, que harían la función de capilla de la Epístola y del Evangelio, respectivamente. Ha perdido su portada original, situada en el lado sur, aunque conserva una interesante serie de canecillos.

Construido a mediados del siglo XII, al parecer, por los caballeros sanjuanistas, que tuvieron una importante presencia en Salamanca, dependía de Paradinas, población situada a cincuenta kilómetros de Salamanca y a once de Peñaranda de Bracamonte, donde posiblemente éstos tuvieron una encomienda. En este sentido, no es de extrañar, que a mitad del ábside, resalte, entre representaciones de carácter antropo, zoomórfico y mitológico la llamada Cruz de Malta o de Ocho Beatitudes. Pero lo sorprendente de la ornamentación de este curioso templo –que puede representar, a su vez, parte de las inquietudes sanjuanistas, como muchas veces se alude a las de la orden rival de los templarios-, no se encuentra precisamente en estas representaciones, comunes y características, por lo demás del estilo imperativo de la época que estamos tratando, sino en ese oscuro y prácticamente inédito conjunto de cabezas humanas que, bien formando duos bien conjuntos trinitarios parecen inducir al espectador a pensar en conceptos de profunda psicología, de los que ya se ocupara, a comienzos del siglo XX, el denominado brujo de los Alpes, el doctor C.G. Jung: ánima, ánimus, sí-mismo, inconsciente colectivo… Situados en el lateral sur –en el lateral norte, no queda rastro, aunque tal vez también tuvieran su réplica en los orígenes-, esos conjuntos hieráticos, alguno de cuyos rostros parece proyectar cierta animalidad, no sólo producen escalofríos, sino que a la vez, recuerdan aquellas otras esculturas, más elaboradas e identificadas por algunos autores como una posible alusión a la historia de Job, que conforman algunos de los capiteles del maravilloso claustro del monasterio aragonés de Santa María de Veruela, situado a los pies del Moncayo y a escasos kilómetros de un pueblo, Trasmoz, famoso por sus leyendas de brujas y diablos

Interesante, así mismo, es la presencia de un elemento no menos curioso, y en principio, podría pensarse que de escultura quizá algo más refinada que el resto: el hombre-verde, de cuya boca surgen las ramas o lianas alusivas a esa figura universal, representativa del inconsciente colectivo: la Madre. Canecillo y motivo que, curiosamente, se localiza por encima de la actual portada, más o menos, aproximadamente, en el lugar que ocupa en el templo, sanjuanista también, que veremos en la próxima entrada: San Juan de Barbalos.

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(1) Fernando Sánchez Dragó y otros autores: 'Finisterre. Sobre viajes, travesías, navegaciones y naufragios'. (Ciclo de conferencias organizado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo), Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, Barcelona, abril de 1984, página 58.
(2) Op. citado, página 55.

martes, 6 de septiembre de 2016

Iglesia de Santo Tomás Cantuariense


Visto en la actualidad, posiblemente no sea el más espectacular de los templos románicos cuya planta, más o menos intacta, sobreviven en la capital salmantina, no obstante si por espectacularidad, consideramos un exceso de escultura y ornamentación, y por consiguiente su simbolismo asociado; pero cuando menos, conserva intacto el honor de figurar en las doradas páginas de la Historia, como la iglesia decana de la ciudad. Es decir, la más antigua, independientemente de que algunas otras, también se levantaran en esa misma y floreciente época: el siglo XII. Otra de sus peculiaridades, como ya podemos haber supuesto por su advocación, Santo Tomás Cantuariense o de Canterbury, reside, teóricamente, en el origen inglés de sus constructores. Un origen, después de todo, que junto con el normando, parece acorde con los movimientos de la Reconquista y cuya presencia volveremos a encontrar en lugares como Ávila o Cuenca, en ésta última, magistralmente presente en su imponente catedral, dedicada a la figura de Santa María de Gracia.

Situada en las proximidades de la iglesia de los dominicos y la de Calatrava -en la actualidad, reconvertida en Seminario Diocesano-, la iglesia de Santo Tomás –obviaremos, de aquí en adelante, lo de Cantuariense o de Canterbury-, conserva, no obstante, algunos curiosos elementos, sobre los que merece la pena recalar, siquiera echando un vistazo superficial. Como en el caso de los templos de San Marcos y de San Juan de Barbalos, que veremos en futuras entradas, una de sus peculiaridades, es que todavía conserva, en sus sillares, numerosas marcas de cantería, si bien no tan interesantes y con tanta profusión como se constata, por ejemplo, en la iglesia de planta circular de San Marcos.

Llaman la atención, por otra parte, la situación de los contrafuertes, en la nave y cercanos al ábside, con la inclusión de pequeños ventanales ciegos, tipo arcosolios, en cuya parte superior –al menos en el lado norte- destaca un atractivo motivo solar o polisquélico, en cuya parte central, como si fuera el eje de una rueda, comparativamente hablando, se localiza una estrella de seis puntas. Austeros y de carácter foliáceo son, sin embargo, los motivos de los pequeños capiteles. Similar diseño, encontramos también en el lado, a la misma altura, aunque con la inclusión, por encima del motivo principal, de una rueda, tipo rosetón o primitivo crismón. Los ventanales centrales, tanto del ábside principal como de los absidiolos, tienen forma de saetera. Precisamente, en el lado sur del ábside principal, se localiza otro arcosolio ciego, de cuyo motivo central, probablemente de carácter polisquélico también, surge una cabeza que, pudiera darse el caso, hubiera sido reutilizada y colocada con posterioridad.

Variado, además, es el tema de los canecillos que decoran la parte superior de los elementos de la cabecera, constatándose en su escultura, temáticas variadas aunque tradicionales, en las que se aprecian motivos foliáceos, rollos de pergamino, cabezas y personajes humanos, formas zoomórficas y criaturas mitológicas, como las arpías. Conserva la portada sur, cuyos capiteles mantienen esa austeridad que caracteriza generalmente a los motivos de índole vegetal, y en cuyos sillares, pueden apreciarse las numerosas marcas dejadas por los canteros, entiendo que siguiendo la costumbre de afilar sus instrumentos de trabajo. Comentar, por último, que los canecillos –siete en total-, que se observan por encima de la portada, vuelven a mostrar los rollos de pergamino como motivo principal, a excepción del central, en el que se aprecia un pequeño instrumento musical, tipo barril.

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