jueves, 17 de mayo de 2012

Soto de Bureba: iglesia de San Andrés


Saliendo de Navas de Bureba, y en dirección a Pancorbo y Logroño, sin abandonar las inmediaciones de los Montes Obarenes, se localiza el pueblo de Soto de Bureba. Para llegar a él, es necesario tomar el desvío en Quintanilla Cabe Soto y seguir unos tres o cuatro kilómetros la carretera. Merece la pena hacerlo, desde luego, porque en su parroquial -no confundir con otra previa, que se encuentra en estado ruinoso-, tendremos la oportunidad de contemplar una de las portadas más extraordinarias y alucinantes de la provincia: la portada de la iglesia de San Andrés.
Podríamos situar la construcción de ésta iglesia, a principios o mediados del siglo XII, según figura en una inscripción, fechada en 1176, que también contiene el nombre de sus autores -Pedro Ega y Juan Miguélez-, aunque quizás su origen sea muy anterior, levantándose en el lugar donde previamente hubiera estado algún templo o monasterio anterior, idea que puede venir sugerida por la contemplación de algunos restos reutilizados que se pueden apreciar, sobre todo, en la zona del ábside.
Vista en su conjunto, la iglesia de San Andrés ofrece un curioso aspecto y no habría que descartar, tampoco, que hubiera constituído en aquéllos nebulosos tiempos una especie de iglesia-fortaleza, dada la actividad pionera y en constante enfrentamiento con los musulmanes, característica de la zona. Antes de llo, se tiene constancia de la presencia romana en la zona, como demuestran no sólo algunas ruinas, sino también las numerosas lápidas funerarias descubiertas, por ejemplo, en parcelas cercanas -en 1916, un vecino de Quintanaélez descubrió una, que fue adquirida por el Museo arqueológico del Colegio de Oña, y decía A los dioses Manes, Primula y Lascina pusieron esta memoria a Gemelina, su hija, de edad de cinco años. Adiós. Séate la tierra ligera-, muy similares, todo sea dicho como dato recopilatorio, a aquéllas otras descubiertas en diferentes lugares de la Península, como en la iglesia de San Vicente de Serrapio, en el concejo asturiano de Aller. Constancia hay, así mismo, y este puede ser un dato relevante, de la existencia, en las proximidades del altozano denominado como la Cerca, de una pequeña ermita o santuario dedicado a Nª Sª de la Peña; una advocación que, ciertamente, puede vincularse con los cultos hacia las Vírgenes Negras o, en definitiva, a la figura ancestral de la Gran Diosa Madre.
[continúa]

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sábado, 12 de mayo de 2012

Navas de Bureba: iglesia de Nª Sª de la Asunción


'Pero él era diferente a ellos, él había sacado con sus manos el alma de las piedras, había dejado su propia huella en la supeficie fría haciéndola eterna, dándole un valor imperecedero. Sin embargo, en aquel momento comprendió que eran las piedras las que le habían arrancado su propia alma, dejándolo en el vacío de la memoria...' (1)

Al pie de los Montes Obarenes, se localizan una serie de pueblos, cuyos templos reúnen unas características bastante más que interesantes y dignas, por tanto, de tenerse en cuenta, por todo aquel que pretenda iniciarse en el románico de Burgos en general y en el de ésta pintoresca región administrativa de La Bureba, en particular. Uno de tales templos, es la iglesia de Nª Sª de la Asunción -dudo mucho de que ésta fuera su primitiva advocación- parroquial que hemos de situar en el pueblo de Navas de Bureba que, a su vez, se localiza al norte de Burgos, y su distancia de Briviesca -considerada como la capital burebana- apenas ronda la treintena de kilómetros.
Por otra parte, y en opinión de algunos expertos (2), este templo de la Asunción, ofrece detalles originales, prácticamente únicos. Entre esos detalles, es cierto que llama la atención, en primer lugar, la curiosa estructura del ventanal de su ábside, reforzado, en el que se aprecia un diseño quizás innovador para la época, aunque no desconocido del todo en la provincia, pues se puede localizar en las cercanías de Silos, basado en arcos lobulados y ondas, que le confiere un llamativo aspecto. Dudosa podría ser, no obstante, la afirmación siguiente relativa a la excelencia de los motivos decorativos de canecillos y capiteles, pues la calidad, en mi opinión, es indistinta y en su observación podría suponerse la mano de diferentes canteros con mayor o menor grado de habilidad.
Si bien la temática de éstos continúa manteniendo unos cánones poco menos que tradicionales en lo que bien podríamos denominar como la imaginería fundamental de la época, incluye, no obstante, algunos detalles que bien merecen cierta atención, erremos o no a la hora de valorarlos e interpretarlos. Y es importante fijarse en los pequeños detalles, aquellos que apenas se perciben a simple vista, sobre todo si tomamos como base que los canteros -aún trabajando por encargo y con la temática previamente estipulada- no solían dejar ningún detalle al azar y sí incluir, por el contrario, algún gazapo filosófico. Hasta tal punto es así, que resulta cuando menos intrigante, observar, por ejemplo, entre las testas de diversa índole que circunvalan el hemisferio semi-circular del ábside, aquélla en particular que muestra un rostro cornudo, quizás un demonio, en el centro de cuya cabeza sobresale una cruz. El exorcismo, en este caso, podría ser, quizás, una velada alusión a la supremacía religiosa, de similar manera a como -continúo con los ejemplos- en la portada de la catedral de Huesca una esplendorosa imagen virginal, de piedra, se mantiene erguida sobre el pedestal que sostiene una mujer vieja, fea y encorvada: la Nueva y la Antigua Religión (3).
Llama la atención, así mismo en uno de los capiteles que soportan los contrafuertes absidiales -y en esto, difiero, en principio, de la calidad o excelencia comentada por Sainz- la observación de unos curiosos seres alados. Seres que, dada su aparente tosquedad, dejan lugar a dudas acerca de su posible origen: ¿ángeles o arpías?. Su número, por añadidura, también resulta significativo: tres.
Otras curiosidades que pueden atraer nuestra atención del exterior del templo, podría ser la presencia, no lejos de la modificada portada principal de acceso al recinto, de alguna estela funeraria empotrada en la pared, así como la curiosa, y a la vez innovadora presencia de una cruz paté grabada en uno de los sillares y reconvertida en reloj solar. Esta obra moderna, disimula una portada original, en la que los capiteles de las arquivoltas incluyen una curiosa y variada figurativa, que llama la atención, no cabe duda, por su extraordinario tamaño.
En el interior, los capiteles situados en el arco absidial, también muestran una variada temática, siendo, quizás, la más representativa, la conocida escena de Daniel y los leones. Dignos de mención, así mismo, son un magnífico Cristo, gótico probablemente y crucificado en una simbólica cruz de gajos, y una excelente y rara talla virginal, románica, la Virgen de la Leche. Se trata de una de las pocas tallas marianas de la época, que muestran a la Virgen mostrando el pecho para darle de mamar al Niño, cuyo rico simbolismo, en parte alquímico, se localiza también en la vida, en parte legendaria, de algunos personajes relevantes, como Bernardo de Claraval. Como referencia, existen tallas similares en Cantabria -Santa María de Lebeña- y Soria, la Virgen de Hinodejo, ésta última expuesta en la pasada edición de las Edades del Hombre. La Virgen de la Leche de Navas, así como otra que se localiza en el Retablo Mayor, fueron robadas hace algunos años, aunque finalmente se localizaron en Toledo, pudiéndose recuperar.

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(1) Paloma Sánchez-Garnica: 'El alma de las piedras', Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, junio de 2010, página 586.
(2) Javier Sainz Saiz: 'El Románico de Burgos', Ediciones Lancia, 2ª edición, 2005, página 66.
(3) Detalle aportado, en aquél inolvidable viaje, por D. Rafael Alarcón Herrera, a quien públicamente manifiesto mi admiración y gratitud y del que no me canso nunca de aprender.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Revillalcón: iglesia de San Esteban Protomártir

Dentro del ámbito de influencia de Briviesca, y a apenas unos diez o doce kilómetros de la capital burebana, un interesante templo románico se alza sobre una pronunciación del terreno, cerniéndose vigilante, como un ave de presa, sobre la población. El nombre de ésta, Revillalcón, hace desde luego honor al símil, cuando se aprecia en la distancia, y eso que actualmente son irreconocibles las ruinas del castillo que, al parecer, se levantaba junto a la iglesia. Bajo la advocación de San Esteban Protomártir, y en un estado de conservación bastante precario en algunas zonas, se localizan, no obstante en este templo, algunos elementos que, por su interés, merecen reseñarse, independientemente del detalle -subjetivo, desde luego y carente de documentación- de que por estos pagos hubieran rondado los escurridizos freires del Temple. Detalle, por otra parte interesante, que pudiera o no tener relación, pero que alienta a mantener cruzados los dedos, por si acaso, podría ser la existencia de una ermita, situada en las inmediaciones, denominada de 'La Espinosilla' (1), y cuya romería se celebra el 24 de septiembre.
Ahora bien, dejando aparte esa hipotética posibilidad, y obviando también el probable aspecto de iglesia-fortaleza, lo hipotético, en cuanto a un intento de intepretación simbólica se refiere, resurge, no obstante, la duda, cuando se advierte la presencia de un entramado artístico, en el que destacan una serie de elementosde curioso relieve y no menos curiosa, cuando no oscura, interpretación. Uno de tales elementos, disimulado en la esquina de uno de los capiteles del pórtico de entrada, se podría entrever en esa enigmática estrella de cinco puntas o pentáculo salomónico, que se conoce también, en algunos ambientes, como pie de druida. Quizás la clave de su presencia, después de todo, se encuentre dentro del contenido secular de las imágenes que lo preceden, aunque en el fondo, puede que se función no sea otra que aquélla que la determina como un símbolo salutífero; o dicho de otra forma: una señal de salud, que podría indicar las especiales cualidades terapéuticas del lugar. La presencia de la pentalfa, aunque intrigante, no constituye tampoco una novedad en los templos románicos, aunque sí podría llegar a mirarse con cierto reparo, si la consideramos en el aspecto secular y demonizado a que fue sometido en períodos históricos posteriores. Pero dejando aparte esta cuestión, que nos aleja del auténtico simbolismo de tan peculiar objeto, no deja de reultar intrigante -y perdón por la redundancia- observar la posición que ocupa en los diferentes templos en los que se la localiza. Sólo por citar algunos ejemplos, comprobables por todo aquél que esté interesado, se la puede localizar en un capitel del pórtico principal de entrada, como en el caso presente; formando el motivo principal, también, del tímpano de la parroquial del pueblecito navarro de Leache, con la particularidad de contener en su interior la figura humana, adelántandose doscientos o trescientos años al famoso concepto del Hombre Universal de Leonardo Da Vinci; disimulada entre las metopas de un ábside, como aparece representada, aunque bien visible, en la iglesia segoviana de Sotillo; como principio y fin, delimitando los dos polos del famoso transepto de la ermita soriana de San Bartolomé, situada en el corazón del Cañón del Río Lobos; o, como recientemente he tenido ocasión de comprobar, delimitando el óculo circular del ábside -curiosamente, de planta hexagonal- de la iglesia de Nª Sª de la Asunción, enclavada en la población alavesa de Lasarte, a escasa distancia de Armentia y la Colegiata donde reposan los restos de San Prudencio, quien fuera discípulo del santo anacoreta soriano, Saturio. De hecho, aquí, en la parroquial de Lasarte, se pueden apreciar algunos restos de interés de la primitiva iglesia de Armentia.
Otro de los detalles que conviene destacar, es la presencia no sólo de animales fantásticos que generalmente son una representación gráfica de defectos y virtudes -tan típicos y abundantes en el fabuloso bestiario medieval- sino también, la de una cabeza demoníaca en particular, cuyo estilo y forma volveremos a encontrar en algún otro templo de la región -por ejemplo, en Hermosilla y su iglesia de Santa Cecilia- y que puede inducirnos a pensar en la mano del mismo tallista o de un taller que anduvo trabajando en la zona. El tema de la dualidad, también está presente en la temática desarrollada por los canteros -bien a discreción o por encargo- y no nos costará mucho localizarlo en los canecillos del lado norte, siendo el más evidente, aquél que muestra unidas dos cabezas humanas. Destacable también -no deja de ser, en el fondo, una cuestión de matices- resulta la presencia de testas humanas ataviadas con curiosos cascos y bonetes, que pudieran denotar un carácter eminentemente militar, no ajeno a cualquiera de las órdenes de caballería de la época.
Por la forma en que están distribuídos algunos elementos, hay investigadores que opinan que el ábside, no obstante y a pesar de todo, fue rehecho en tiempos no determinados, detalle que conlleva que en esa supuesta reestructuración, se aprecien elementos ajenos. Esto se hace más patente en la pared del muro norte, con la presencia, entre otros, de una fenomenal cruz monxoi, que parece ajena al conjunto. En ésta misma pared norte, aunque en su extremo más meridional -aquél situado junto al ábside- merece especial mención el canecillo que representa una cabeza humana, en la cuál, el cantero destacó especialmente las orejas, tal vez en un gesto intencionado de advertir algo tan antiguo y a la vez tan sabio, como es el consejo que debe seguir, entre otros, toda persona decidida siempre a aprender: saber escuchar.
 
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(1) En este sentido, como en muchos otros aspectos en cuanto al Temple se refiere, hay opiniones divididas, aunque no son pocos los autores que han constatado la presencia de la Orden del Temple en lugares, o cerca de lugares que llevan esta clase de topónimos. Extensible, de hecho, a otros lugares situados dentro de los diferentes ramales del Camino Jacobeo, que llevan otros topónimos singulares, como es el caso de Oca y sus derivados. De este último, sería interesante reseñar la cercanía de los Montes de Oca, así como también la existencia del río Oca, que pasa por Briviesca y otros lugares de La Bureba. Curiosamente, y a modo de dato anecdótico, se puede citar la existencia del pueblecito soriano de El Espino, un pueblo con apenas media docena de habitantes, que tiene una iglesia románica de San Bartolomé, una ermita dedicada a la Virgen del Espinar, localizándose en sus inmediaciones el célebre despoblado de Masegoso y los restos de San Adrián, a los que la tradición popular atribuyen como lo que fuera en tiempos un convento templario. Reseñable, así mismo, es el hecho de que El Espino se encuentra situado a unos tres kilómetros de otro curioso pueblo, Suellacabras, donde aún se conservan las ruinas de un antiguo cenobio dedicado a un santo muy peculiar, por su heterodoxia: San Caprasio. En España, que yo sepa, tan sólo existe otra ermita con ésta advocación, y se localiza en el pueblo jaqués de Santa Cruz de la Serós, muy cerca del emblemático monasterio de San Juan de la Peña.


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sábado, 31 de marzo de 2012

Los Barrios de Bureba: ermita de Sanfagún





'A fin de que los templos de los dioses inmortales tengan la orientación que les corresponda, se han de construir de manera que, de no haber alguna razón que a ello se oponga, el edificio y la imagen que del dios se coloque en la cela miren hacia Poniente, para que así los que llegan a sus aras a hacer ofrendas o sacrificios miren al mismo tiempo a Oriente y a la imagen que hay en el templo...' (1)



Sin duda tenemos aquí, a las afueras de la pequeña población de Los Barrios de Bureba -situada a escasos kilómetros de Briviesca, al pie de la carretera BU-510 que va de ésta población a Cornudilla y más allá se adentra en Las Merindades- una desconcertante -y por desconcertante, me refiero a su aspecto- representación del románico de la región: la ermita de Sanfagún o de San Facundo. Y lo desconcertante, en este caso, es que la ermita tan sólo se compone de españada y ábside, detalle que se comprueba mejor viniendo de Briviesca, y que la da un aspecto genuinamente extraño, sobre el que tan sólo cabe especular, pues no se sabe a ciencia cierta -al menos, por mi parte lo ignoro y en las pocas referencias que he visto no lo detallan- si la falta del resto de la nave supuso un derrumbe en época indeterminada, incluso histórica, y cuál fue el destino final de sus componentes, incluída una portada que, a priori y en vista de los motivos escultóricos sobrevivientes, debía de ser, sin duda, interesante.

Dejando aparte este detalle, los antecedentes históricos del pueblo, habría que situarlos, cuando menos, a finales del siglo IX, periodo en el que estas tierras fueron colonizadas por el conde Diego Ramírez, quien, por aquél entonces, era dueño y señor, también, de las villas de Pancorbo y de Cerezo. Históricamente habalndo, y por añadidura, existe una referencia de 1102, donde se constata la anexión de la villa a la abadía de San Salvador de Oña; y aún otra, de 1194, donde se recoge el nombre de San Fagún o San Facundo, curioso santo, al parecer muy unido a la orden benedictina.

Apañada, pues, como ermita, y además con cierta gracia, dentro de la iconografía particular que ha sobrevivido en los canecillos del ábside, caben destacar elementos típicos de cualquier templo románico, donde no faltan representaciones totémicas de animales -cabría comentar, por ejemplo, la presencia del ciervo, cuyo simbolismo en ocasiones varía hacia una referencia crística o relativa al alma humana, y el oso- así como rostros humanos que, antropológicamente hablando, pueden proporcionar una visión más o menos acertada de las gentes de la época, entremezcladas con elementos florales e incluso bíblicos, como parece indicar uno de los capiteles de las columnas de apoyo que, a priori, podría interpretarse como una más de la conocida versión de Daniel y los leones. Hay también algún ser monstruoso, como aquél provisto de alas que forman una especie de anillo o espiral en las puntas, que muy bien podrían aludir a arpías y asociarse con los conceptos de vicio y pecado, tan extendidos en la época. Hasta es posible que, puestos a interpretar, se puede encontrar alguna alusión alquímica en referencia a alguna de las cabezas humanas -cuando no, a objetos como el barril- cuya boca parece dar la impresión de soplar.

Pero de lo que no cabe ninguna duda, es de que aquí, en esta curiosa ermita de Sanfagún, la Historia ha perdido algo más que un mensaje simbólico que posiblemente contuviera claves de comparación con otras iglesias de la provincia. Ha perdido, después de todo, una auténtica obra de Arte.




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(1) Vitrubio: 'Los diez libros de arquitectura', Editorial Iberia, 1970, página 98.



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jueves, 22 de marzo de 2012

Persiguiendo el románico de La Bureba

'Romance de Doña Lambra:

A Calatrava la Vieja

la combaten castellanos;

por cima de Guadiana

derribaron tres pedazos;

por los dos salen los moros,

por el uno entran cristianos.

Allá dentro de la plaza

fueron a armar un tablado,

que aquel que lo derribare

ganará de oro un escaño.

Este don Rodrigo de Lara,

que ese lo había ganado,,

el conde Garci-Hernández sobrino

y de Doña Sancha es hermano,

el conde Garci-Hernández

se lo llevó presentado,

que le trate casamiento

con aquesta Doña Lambra.

Ya se trata casamiento,

¡hecho fue en hora menguada!

Doña Lambra de Burueva

con Don Rodrigo de Lara...' (1).



Doña Lambra de Bureba, don Rodrigo de Lara, elementos históricos y a la vez legendarios, que son dignos representantes de un terruño administrativo burgalés, La Bureba, rico en gestas, en matices, en leyenda, en historia y aunque desperdigado y en muchos casos perdido, también en un arte, el románico, cuyos testigos, más o menos longevos, más o menos conservados, todavía gratifican con esa lección geométrico-filosófica de sus milenarios sillares. Unos sillares que, cual cantos rodados, pertenecen a un mundo en el que la fe hizo cantar a la piedra, insuflándola, a golpes de pasión y cincel, no sólo el alma de los canteros que levantaron los templos de las que se nutren, sino también el alma de todos aquellos que, generación tras generación, acudieron a ellos en busca de una trascendencia que, en muchos casos, constituía una perfecta comunión con la Divinidad. Paisaje amables y duros, parlanchines o silenciosos, según uno abra el oído o el alma, que siempre producen sensaciones. Un buen ejemplo de ello, podrían ser esos siniestros campos de Cernégula, cercanos a Poza de la Sal -el pueblo de Félix Rodríguez de la Fuente- donde quizás algún otro San Fructuoso berciano impusiera silencio a los conciliábulos brujeriles; ecos de peregrino que se lleva el viento a orillas del río Oca a su paso por Briviesca, donde aún sobreviven blasones de nobleza de los de antes de que Dios fuera Dios, como los Velasco; viejas sospechas templarias en iglesias que aunque de muros desquebrajándose irremediablemente ante la pasividad oficial, guardan secretos de imaginería solar en sus oscuros capiteles interiores; milagrosas Vírgenes de la Leche y relojes de sol con la cruz patada, como la de Navas de Bureba; santuarios que se levantan en antiguos templos naturales de origen celtíbero, como el de Santa Casilda...En fin, os invito a un pequeño paseo que, aunque incompleto, pena me da confesarlo, quizás os pueda sugerir dulces desvelos de ensoñación. Os invito, pues, a perseguir parte de ese complejo y a la vez interesante Románico de La Bureba.



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(1) El Romancero, introducción y selección Manuel Alvar, Editorial Magisterio Español, S.A., 1968, página 56.

lunes, 19 de marzo de 2012

Pineda de la Sierra: iglesia de San Esteban Protomártir

'Paradójica en sus manifestaciones y desconcertante en sus signos, la Edad Media propone a la sagacidad de sus admiradores la resolución de un singular contrasentido. ¿Cómo conciliar lo inconciliable?. ¿Cómo armonizar el testimonio de los hechos históricos con el de las obras medievales?.

Los cronistas nos pintan esta desdichada época con los colores más sombríos. Por espacio de muchos siglos, no hay más que invasiones, guerras, hambres y epidemias. Y, sin embargo, los monumentos -fieles y sinceros testimonios de aquellos tiempos nebulosos- no evidencian la menor huella de semejantes azotes. Muy al contrario, parecen haber sido construídos entre el entusiasmo de una poderosa inspiración de ideal y de fe por un pueblo dichoso de vivir, en el seno de una sociedad floreciente y fuertemente organizada...' (1).




En esta iglesia de San Esteban Protomártir, situada en el pinturesco pueblecito de Pineda de la Sierra, termina este itinerario románico por la Sierra de la Demanda que, aunque incompleto, como ya aventuraba, espero, no obstante, haya deparado un buen sabor de boca, introduciéndonos, siquiera sea de soslayo, por una región de sorprendentes características, a la que muchos caballeros acudieron en demanda -y nunca mejor dicho- de aventura y sobre todo, en busca de ese gran mito medieval, que es el Santo Grial. Nuestra ruta, también terminó aquí, en la tarde de un memorable 31 de octubre, cuando el sol acudía presto a morir en el Finis Terrae y en pueblos y ciudades, las gentes se aprestaban a celebrar la Noche de Difuntos. La luz, poco a poco, iba cediendo el terreno a unas sombras que se deslizaban como sudarios, monte abajo, dotando a la escena de una respetuosa irrealidad. El ábside milenario de la iglesia sumido en sombras, orientado hacia el este; la escasa luz colándose subrepticiamente entre los arcos de la galería porticada, formando sombras chinescas sobre el pavimento interior, mientras en la portada principal los ojos, generalmente inermes e inexpresivos de un fabuloso bestiario medieval, parecían refulgir con siniestra intencionalidad con el reflejo de los flashes de las cámaras.

Tampoco resulta extraño encontrarse con figuras de apostólica relevancia entre este bestiario sobrenatural, representativo de vicios y pecados -entre los que destaca la sirena, cuyo cuerpo parece formar un arco tensado, con sus dos colas rozando los cabellos- que generan -metafóricamente hablando- singulares islas de virtud y observancia, triunfantes sobre el paganismo; como esa figura que, a juzgar por la llave que porta en su mano, podría identificarse con San Pedro, dando un arcano sentido, quizás, a la romería que todos los años se celebra en su honor, en la que el Ayuntamiento de Pineda, de manera tradicional, reparte bocadillos y vino entre los vecinos. O esa presumible Adoración, donde Madre e Hijo denotan una realeza espiritual, divina, a juzgar por sus coronas. E incluso el centauro-sagitario, en plena cabalgada, cuyo arco tensado parece apuntar hacia la impasible ambigüedad de unos grifos cuyo sentido no alcanza a desnivelar los contrapesos simbólicos de una balanza imaginaria, y que en este caso, probablemente cumplan con la función de circunstanciales asmodeos custodios del templo. Y ya puestos, por qué no detenerse unos momentos, siquiera sea al abrigo de las sombras, y pensar que esa cruz monxoi, de brazos patados y singular proporción, podría determinar, por qué no, un aspecto peregrino del lugar, cercano, para más señas, a una región que bien conoce el peregrino por su vino y sus milagros: La Rioja.

Cae la noche, definitivamente, con sus ecos y fantasmas, cuando dejamos atrás un lugar cuya fundación no está del todo seguro que se debiera a Fernán González, abuelo de don Sancho, el de los Buenos Fueros. Y no obstante, dejándose llevar por el vicio romántico de la ensoñación histórica, no es dificil pensar, que entre esa selva forestal que enmudece con las sombras, a la eterna vera de los picos San Millán y Mencilla, los fantasmas del Cura Merino y los mozos del lugar, despiertan en la Noche de Difuntos para continuar poniendo en jaque a una soldadesca francesa, cuyo paso por España fue peor que una plaga de langostas, de la que aún continúa resintiéndose nuestro Patrimonio Histórico-Artístico.




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(1) Fulcanelli: 'Las moradas filosofales', Editorial Plaza & Janés, 1972, página 61.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Riocavado de la Sierra: iglesia de Santa Columba



'Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido...'.

[Antonio Machado]



Resulta poco menos que imposible que, situados frente a ésta iglesia de Santa Columba y rememorando la milenaria olma que fue una de sus más fieles custodias, no acudan a la memoria estos dolientes versos, escritos por Antonio Machado en Soria, en 1912. Si bien los versos del poeta rememoran a través de la visión comparativa del olmo, la enfermedad que estaba consumiendo a Leonor, su primera esposa y musa, en el caso de la ya también desaparecida olma de Riocavado de la Sierra, su desaparición significó, así mismo, una pérdida que todavía los habitantes recuerdan con nostalgia, pues no en vano, constituía un elemento popular de primer orden, siendo muchos los bailes tradicionales que se perpetraron a su sombra, como así indica un cartel conmemorativo situado enfrente de la iglesia.

Mucho más antigua, aunque su aspecto actual no lo parezca, es ésta última, que permanece bajo la advocación de Santa Columba, y fue consagrada por el obispo de Burgos en 1114, remontándose, pues, la historia del lugar, cuando menos, a ese nebuloso siglo XII, en el que los reinos peninsulares estaban en expansión y la Reconquista comenzaba a tomar forma.

Como referencia, se puede añadir que dentro del término municipal de Riocavado, se localiza el lugar de nacimiento del río Arlanzón, independientemente del hecho que el pueblo es atravesado, sin embargo, por un afluente del río Pedroso -aquél que, recordemos de la entrada anterior, recorre el término de Barbadillo del Pez, pasando cerca de la ermita de la Virgen de las Nieves-: el río Valdorcas. El pueblo está enclavado en la vertiente sur del Puerto Manquillo, y aunque en la actualidad cuenta con apenas una población que no llega a la cincuentena de habitantes, su historia, no obstante, es longeva y rica en matices. Eso lo demuestra, entre otros, el hecho de que no sólo se instaló en la zona la familia del conde Gonzalo Fernández -fundador del condado de Lara y padre de Fernán González- sino que también aquí, en Riocavado, tuvieron hacienda damas de alcurnia, como la reina de Navarra -que donó los derechos de la misma al monasterio riojano de San Millán de la Cogolla- y tampoco resulta extraña la presencia de uno de los apellidos más antiguos y poderosos de la Historia de España, los Velasco (1), buena parte de cuyos escudos de armas aún se pueden apreciar en lugares como Briviesca, capital de La Bureba.

A juzgar por lo que actualmente se puede observar, el templo de Santa Columba tuvo que tener en sus orígenes una línea armónica, en la que destaca el ábside, con sus contrafuertes -entre ellos, se parecia un ventanal con motivos foliáceos en sus capiteles- y sus arcos ciegos, detalle éste que se puede contemplar en numerosos templos de la provincia. Posee, así mismo, una alta y esbelta torre, en la que se aprecia un reloj moderno que, curiosamente, tiene el número cinco puesto del revés.

A la sencilla portada de medio arco del lado sur, se le han añadido elementos neoclásicos, como son el cuadrado que la contiene y un triángulo en la parte superior -símbolo de la Sagrada Trinidad- abierto en los lados, sobre un centro en el que destaca una cruz. Porbablemente, la portada original fuera mucho más elaborada y simbólica y su destino, es de presumir, el mismo que muchos inapreciables elementos histórico-artísticos de nuestro Patrimonio: museos nacionales, particulares o extranjeros.



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(1) Los Quirós y los Velasco, conforman dos de las familias más arcanas que se conocen. No en vano, se tiene todavía muy presente -no sólo en el Principado de Asturias, de donde parecen ser originarias- el famoso dicho de: Antes que Dios fuera Dios, y los Velascos, Velasco, los Quirós eran Quirós y los Carrascos, Carrasco...dando a entender, que ya existían antes, incluso, de la llegada del Cristianismo.