jueves, 22 de octubre de 2020

Fragmentos de la España visigoda: la ermita de Santa Lucía del Trampal

 



No he penetrado todavía en Extremadura, al menos con la intensidad y la regularidad que hubiera deseado y que requiere una comunidad de sus características, con tanta riqueza natural e histórica, aprisionada –como lo oyen- en grandes latifundios o fincas privadas, donde cualquier intento por introducirse y arañar algún interesante vestigio, cuando no imprescindible rescoldo de las brasas de un rico pasado, está complemente prohibido, y por lo tanto, condenado al fracaso.



De hecho, este espléndido cenobio de orígenes y constitución eminentemente visigodos –del que pretendo hacerles de cicerone, siquiera sea brevemente- estuvo durante muchos años en tal situación, circunstancia que derivó en el poco, escaso o nulo cuidado, perdiéndose buena parte de su primitiva originalidad, en Dios sabe qué cantidad de casas y cercados colindantes. Y aun así, pueden creerlo, provoca una emoción especial pasear por su entorno –donde los campos de olivos protegen parte de sus antiguas y desperdigadas glorias, desechadas sin conmiseración, cual si fueran simples escombros- y sobre todo, evadirse en su interior, donde uno se siente, metafóricamente hablando, cual Jonás en el vientre de la ballena, aunque se importune, involuntariamente, a las parejas de golondrinas que han hecho sus nidos en el interior y a esos peligrosos insectos, que han seguido su ejemplo, que son las avispas.



Situada dentro del municipio de Alcuéscar, aunque alejada dos kilómetros, aproximadamente, de su centro urbano, los parajes resultan, no obstante, extraordinarios: extensos prados, donde apacienta el ganado; monte alto y bajo, que ofrece cobertura, además del mencionado olivo –alguno de cuyos ejemplares, probablemente sea descendiente de aquellos que plantaron los conquistadores romanos y musulmanes- a robles y carrascas, o encinas, si lo prefieren, árboles que veneraban los antiguos druidas y que, en el caso de las últimas, pasaron a constituir, sorprendentemente, la advocación de numerosas e intrigantes Vírgenes Negras, si bien la explicación oficial consiste en explicar que: o bien fueron talladas en madera de dicho árbol o por el contrario, encontradas milagrosamente en el hueco de uno de ellos.



La iglesia visigoda-mozárabe de Santa Lucía del Trampal, a pesar de lo perdido, resulta todavía una construcción extraordinaria, aunque austera: de planta basilical, tres ábsides o cabeceras y nave rectangular.



Situada a los pies de la Sierra de Montánchez –este último nombre, Montánchez, lo lleva también una población cercana, de cierta relevancia, cuyo impresionante castillo domina sobre la zona- sus cimientos se elevan sobre terrenos donde antiguamente las poblaciones celtíberas de la zona, adoraban a una oscura diosa de su panteón: Ataecina.



Ataecina –y lamento si resulto odioso al introducirles en el mundo de las comparaciones- sería el equivalente a Ceres, Proserpina y aun rizando el rizo, a esa poderosa deidad frigia, de eminente carácter ctónico, que recibe el nombre latino de Cibeles.



Exteriormente, se perciben restos prerrománicos reutilizados como relleno. Y volviendo al tema de las advocaciones, llama poderosamente la atención que, lejos de estar consagrado a la figura de María, como venía siendo natural, este antiguo monasterio se dedicó a una figura muy significativa, en cuyas representaciones, se nos muestran los ojos colocados en una bandeja: Santa Lucía, figura que deriva de la romana Lucetia o Lutetia y que como la Odilia germana, su simbolismo nos invita a la retrospección, a la ‘mirada interior’, seguramente, preconizando lo que siglos, milenios más tarde, el ‘brujo de los Alpes’ –C.G. Jung- definiría como el inconsciente colectivo.



Tanto en el lugar, como en los pueblos de alrededor, se constata una fuerte presencia de la Orden militar de Santiago, lo que tampoco es casual, si nos atenemos a que este monasterio de Santa Lucía del Trampal está en la denominada Vía o Camino de la Plata, que atravesando comunidades como la extremeña, la salmantina y la zamorana, se une a los tramos principales del Camino Jacobeo a la altura de León y Orense. Es interesante observar, que en ésta vía, también se localiza otra de las antiguas iglesias visigodas que mejor se conservan, si bien su emplazamiento ya no es el original y de la que hablaremos en otra ocasión: San Pedro de la Nave.



Cabe reseñar, además y por último, que a unos veinte metros, aproximadamente, de los ábsides y reposando entre olivos, hay una curiosa piedra labrada, que posiblemente perteneciera a alguna ara de sacrificios precristiana.



AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, como el vídeo que lo ilustra (a excepción de la música, reproducida bajo licencia de Youtube), son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.


Vídeo Relacionado:



miércoles, 21 de octubre de 2020

El psicológico encanto de los Bestiarios medievales




Algo definitivamente brillante debía de poseer el espíritu medieval, para que grandes psicólogos e ilustres literatos los tomaran como base para parte de sus estudios, en un caso y de sus elocuentes ficciones en el otro.



Cuando uno se planta frente a una iglesia medieval, lo primero que le llama la atención es la increíble profusión de criaturas extraordinarias que le observan fijamente desde la fría eternidad de la piedra que conforman sus capiteles y sus innumerables canecillos.



De ellos, el eminente psicólogo suizo C.G. Jung, afirmaba que había que tratarlos como a pacientes.



Y tenía mucha razón en su aseveración, porque esas representaciones, que a priori podemos considerar como absurdas e incluso ridículas, forman parte de esas fobias, de esos sentimientos y de esas angustias que todos llevamos dentro e incluso, en algunos casos, constituían, además, la clave para una farmacología de la época, digamos que ‘no apta para todos los públicos’.



Y algo especial tendría, vuelvo a insistir, cuando fue objeto de atención, estudio y obra de reyes del pensamiento moderno, como Jorge Luis Borges y Ferrer Lerín, quienes no dudaron en echar mano de sus antecedentes medievales, para crear los suyos propios.



¡Ah, la Sabiduría de aquellos anónimos canteros medievales, que agrupados en cerrados gremios de compañeros de los caminos, dejaban grabado en la piedra parte de un conocimiento verdaderamente ancestral y trascendental!.



AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.



lunes, 24 de abril de 2017

La Lugareja de Arévalo


No podía faltar en este blog, una referencia a la que quizás sea, después de todo y en referencia a la práctica totalidad del conjunto castellano-leonés, la joya de la corona, por excelencia, del románico mudéjar: aquélla, que emplazada en las afueras de Arévalo, es conocida popularmente como La Lugareja. En efecto, situada aproximadamente a dos kilómetros de Arévalo, tomando la carretera comarcal que desde el mismo centro de Arévalo se dirige hacia Palacios Rubios, La Lugareja es la parte afortunada –si tal comparación es posible-, de un monumental poema de magia artístico-geométrica, que ha sobrevivido hasta nuestros días, sin duda para hacernos meditar, con el sabor amargo que tiene siempre la nostalgia, en todo aquello cuanto se ha perdido, arrastrado por ese violento cierzo destructor que se llevó de un zarpazo buena parte de la hermosura de un pasado al que el poeta francés François Villon denominaba, entre hipos y suspiros, las nieves de antaño. Sus orígenes, si bien inciertos, nos invitan a remontarnos, desde su imperioso silencio, a un imaginario viaje en el tiempo, para situarnos en un siglo, el XII, en el que, aun consolidados los fundamentos del monacato Benito, hubo órdenes, no obstante, que probablemente tomando como ejemplo a los andariegos monjes irlandeses, abandonaban su centro primordial, para ir ampliando su influencia en círculos cada vez más extensos, de un modo similar a como los antiguos pueblos megalíticos lo hacían, documentando su camino con los laberintos y las espirales que grababan en las rocas. Tal sería el caso, por ejemplo, de la Orden del Císter, que, si bien se sabe que no fueron los fundadores, parece ser, sin embargo, que se establecieron aquí, cuando menos en el año 1240, existiendo documentación, por demás señas, que avala, con anterioridad a ella, la presencia de canónigos regulares, detalle que puede haber inducido la sospecha de que entre sus constructores y primeros moradores figurara la siempre apasionante pero a la vez polémica Orden del Temple. Fuera o no éste el caso –no siendo tampoco éste el momento y lugar para debatirlo-, sí hay constancia de que en la referida fecha de 1240, estaba establecida aquí, en este monasterio de Santa María de Gómez Román, como se llama en realidad, una rama femenina de la Orden del Císter.

Declarada monumento histórico-artístico, con fecha 4 de junio de 1931 y enclavada dentro de una finca particular cuya visita está únicamente  restringida a los miércoles y en horario de 13,00 a 15,00 horas, aunque no posea de su antiguo esplendor monasterial, apenas poco más que una hermosa cabecera, en la que destacan sus tres ábsides, sí parece conservar, o cuando menos recordar, en parte de la estructura aneja, a las antiguas basílicas visigóticas, encontrándose, así mismo, ciertos detalles que inducirían a comparar, y por defecto a especular, con algunas enigmáticas estructuras que se localizan, generalmente, en los extraordinarios edificios del denominado arte o prerrománico asturiano,  las cuales responderían al nombre de capillas de San Miguel, habitáculos sin acceso, el objeto de cuyo sentido y utilidad, levantó en el pasado no pocos e interesantes debates, estando relacionados, quizás, con la antigua costumbre de abrir una abertura en el tejado de los hogares para la salida del alma del difunto, siendo un probable precedente, así mismo, de las denominadas linternas de los muertos, que se localizan en determinadas ermitas funerarias, como son la de Santa María de Eunate y el Santo Sepulcro, situadas en Navarra y Logroño respectivamente. Hipótesis más o menos fascinantes aparte, merece la pena fijarse en las tallas de las ménsulas que decoran el cimborrio, en las que se aprecian cabezas humanas y fantásticas brotando de flores a modo de corolas. Es, precisamente un poco por encima de este cimborrio, situado en el ábside principal, donde se aprecia una pequeña ventana que induce la sospecha de poder ser, en el fondo, esa capilla de San Miguel a la que se hacía referencia. Como único mobiliario, mencionar un pequeño retablo barroco, en el que se aprecia, entre otra imaginería, una alegoría de la Virgen y San Bernardo.


Publicado en STEEMIT, el día 22 de Enero de 2018: https://steemit.com/spanish/@juancar347/la-lugareja-de-arevalo

martes, 4 de abril de 2017

Sueño mudéjar de una mañana de invierno


Escarcha en las manos y cielos que al amanecer se convierten en pétalos de rosa; piedra y ladrillo que se transmutan en ocres filosofales al ser alcanzados por los primeros rayos del sol; sutileza y elegancia; sencillez, silencio y olvido: la herencia mudéjar de la Vieja Castilla.


viernes, 24 de febrero de 2017

Arévalo: iglesia de Santo Domingo de Silos


‘Notable obra, que se atribuye, aunque sin confirmar, a Pedro de Salamanca (bastante activo en Arévalo, por lo que se ve), es el Cristo ‘verde’ al que acompaña una Dolorosa. No sólo se puede especular con ese necrófilo realismo del cuerpo muerto, que realmente impresiona, sino también con el detalle de que ese color, el verde, suele estar asociado con la figura de la Diosa. Recordemos al respecto, que a las antiguas Maters se las encendían velas precisamente de ese color. Se encuentra situado en uno de los retablos laterales de la iglesia de Santo Domingo de Silos, en Arévalo. Templo visitable, por cierto, y donde se recomienda proveerse de monedas de 50 céntimos para iluminar parte de la nave y los retablos’.
[Cuaderno de Notas del Caminante, Arévalo, 28 de diciembre de 2016]

Situada a escasos metros de la iglesia del Salvador, pero en el fondo, como aquélla, lamentablemente muy reformada, no es de extrañar que en lo referente a ésta iglesia de Santo Domingo de Silos, llamé más la atención la delicada, magnífica y a la vez estremecedora obra atribuida a Pedro de Salamanca –bastante activo, según parece, tanto aquí en Arévalo como en la capital avulense-, que se puede apreciar en uno de los retablos de la nave principal. Inerme y descansando en decúbito supino sobre una roca –cual cordero expiatorio en el altar de sacrificio-, el aspecto cadavérico, resaltado por ese color verdoso que preludia el comienzo del proceso de descomposición, mella el alma con la angustia de la mortalidad. Frente a ese lamentable signo de humana decadencia, enfrentados a esa omega al parecer sin parangón, resulta difícil no preguntarse qué motivó la decisión del artista de sustraer, o cuando menos contrarrestar, el sentido divino de una personalidad, que si bien algunos, como Ortega y Gasset dudaban de su existencia, amparándose en el acusador silencio de los historiadores de la época, reconociendo, no obstante sin tapujos, la grandeza insuperable del mito de Cristo. Hasta tal punto de que, fueran suyas las palabras o no, pero siguiendo parte de sus tomasianas reflexiones, con posterioridad se llegara a afirmar aquello de que la Iglesia sabe lo suficiente de Cristo, como para protegerse de Cristo. Lejos, pues, queda la idea -contemplando ese cuerpo que está a punto de comenzar el proceso de descomposición para convertirse en materia prima apenas se devuelva al atanor de la madre tierra-, de la visión solemne y divina, de aquél otro que, según los Evangelios, caminaba sobre las aguas; multiplicaba los peces; convertía el agua en vino; curaba enfermos y decía, entre otras muchas muestras de sabiduría, aquello de: transformaos de piedras muertas en piedras vivas. Ésta obra, por cierto y como dato curioso añadido, volvemos a encontrarla representada en la vidriera que se levanta por encima del coro, aunque, evidentemente, perdido todo el dramático realismo de la escultura de Pedro de Salamanca. 

Otras obras interesantes, contenidas en esos continentes de impenetrable follaje que son, general y comparativamente hablando, los retablos barrocos, serían un San Antón, de espaldas al mundo –metafóricamente hablando- y con la vista perdida en las inmensidades cabalísticas del libro que mantiene abierto en su mano; un San Isidro, que permanece en postura militar, manteniendo la azada en vertical con su pierna derecha y la mano izquierda a la altura del corazón, como aprestándose a cumplir la orden de roturar la tierra, trabajo que, según la tradición, ángeles y bueyes hacían por él; un San Roque, vestido de peregrino; una curiosa representación arabizante de San José con el Niño y dos interesantes óleos, representativos de la Virgen con Niño y San Bernardo y de una santa, recostada, portadora de un libro cerrado, y por lo tanto, hermético y una cruz patriarcal en la mano, que pudiera ser una alusión a Santa Casilda, puesto que de tal manera está también representada en su Santuario de La Bureba.

Del románico-mudéjar original, aunque muy modificada, sobreviven el ábside, parte de la nave y la torre, en cuya cúspide se localiza una imagen del Sagrado Corazón de Jesús


lunes, 20 de febrero de 2017

Arévalo: iglesia de San Martín


'Situada en la Plaza de la Villa, a escasos metros de la iglesia de Santa María la Mayor. Enfrente, hay una curiosa fuente, gótica y de planta octogonal, conocida como la Fuente de los Cuatro Caños, muy similar a la que se puede apreciar, así mismo, en los jardines del convento de San Antonio, en La Cabrera. Por detrás de la iglesia discurre la carretera del cementerio. No es visitable. Sin embargo, exteriormente, tiene sus singularidades: dispone de dos espléndidas torres y, por su galería porticada, donde todavía sobreviven algunos capiteles románicos, se podría considerar un híbrido de la piedra y el ladrillo. Aunque muy desgastados, algunos de esos capiteles podrían compararse con el vecino románico segoviano, donde se pueden citar, como ejemplo, los chivos afrontados, elaborados con un estilo muy similar al desplegado por los canteros que levantaron la iglesia de la Asunción, en Duratón, Sepúlveda. Siguiendo esa calle (Ignacio de Loyola), está la iglesia en ruinas y actualmente en rehabilitación, de San Nicolás, que fue de los jesuitas hasta su expulsión. Un poco más adelante, un espléndido mirador sobre la ribera del río Adaja'.
[Cuaderno de Notas del Caminante, Arévalo, 5 de diciembre de 2016]

Llama la atención, sobre todo, por esas dos magníficas torres que la confieren, comparativa y metafóricamente hablando, el aspecto de un bóvido hincado de rodillas en el burladero de una plaza, la de la Villa, donde comparte siglos de humillado silencio, junto a la elegante estampa de la iglesia de Santa María la Mayor. Es San Martín, no obstante, un curioso híbrido; un minotauro concebido por mediación de un inesperado pacto, en el que rudos canteros cristianos y hábiles alarifes musulmanes diríase que se pusieron de acuerdo para levantar un cubículo sacro que recogiera sin tapujos las maestrías de unos y otros. De ahí que nos sorprenda contemplar la piedra reducida a la máxima expresión estética, vegetando con igual melancolía con el barro dorado al sol, pero curtidos ambos con el sudor de frentes predestinadas a entenderse. Cierto es, además, que de esa galería porticada que caracteriza y embellece parte de la nave del lado sur, y a pesar de no conservar todos sus capiteles originales y los pocos que restan, no encontrarse en el mejor de los estados de conservación, un vistazo, sin embargo, trae a la memoria –o a la imaginación, si se prefiere-, el recuerdo de esas hordas de canteros que animados por el empuje impetuoso de una Reconquista que avanzaba a costa de grandes sacrificios, animada por el grito de Santiago y cierra España, abandonaron parte de su fatigosa itinerancia, para establecerse al amparo de las nuevas oportunidades que ofrecían villas y burgos en prometedora expansión. Puede que los canteros que elaboraron estos capiteles, de hecho familiares y donde los chivos afrontados desafiándose entre lianas puedan ser una buena pista –o esos otros, que parecen representar asnos tocando el arpa, tema que se localiza en el buque insignia del románico palentino, como es San Martín de Frómista-, fueran o vinieran, dejaran constancia o laboraran en Segovia; quizás, apurando un poco más, de los espléndidos talleres sepulvedanos que con su arte y su labor limaran las asperezas de los rudos eremitorios a la vera del Duratón y sus desérticas hoces.

Incomprensiblemente, la iglesia de San Martín no forma parte del circuito de iglesias visitables. En sus inmediaciones, se asientan los cimientos, actualmente en rehabilitación, de la iglesia de San Nicolás, que fuera de los jesuitas hasta su expulsión.


martes, 14 de febrero de 2017

Arévalo: iglesia de Santa María la Mayor


'Impresionantes las pinturas románicas de la cabecera, en las que domina un espectacular Pantocrátor, con multitud de interesantes detalles, entre los que destaca, quizás y para la especulación, esa cruz roja, tipo patado que se aprecia sobre la bola (¿representativa de los tres continentes conocidos en el siglo XII, como dicen los guías, fecha de las pinturas o por el contrario, alusión a los ríos del Paraíso, aunque éstos serían cuatro?. ¿Una referencia al Arca de Noé, como supone el Magister Alkaest?). El artesonado mudéjar, del siglo XVI, también es una obra de arte. Hay una curiosa pieza de piedra arenisca y dibujo lobulado que se encontraron durante la restauración. He especulado, por su parecido, que tal vez, en origen, fuera parte de un tímpano como esos de aquél Maestro desconocido, al que denomino Maestro de los Sansones, cuya obra se aprecia en iglesias de las cuatro comunidades gallegas. Sería demasiado fantástico, pero cabría esa posibilidad, si tenemos en cuenta que en la iglesia de San Juan hay una escultura atribuida al Maestro Mateo. Torre de la iglesia, rematada por una pequeña pirámide...'.
[Cuaderno de Notas del Caminante, Arévalo, 5 de diciembre de 2016]

Posiblemente sea esta iglesia de Santa María la Mayor, no sólo la mejor conservada, en conjunto, de todo el núcleo monumental de esta interesante urbe cultural que es Arévalo, sino también, la más elegante y quizás una de las que mayores enigmas plantee, en cuanto a las fascinantes artes plásticas que aún conserva en su interior y algunos otros detalles, de los que apenas se tiene constancia o referencia. Tal y como se apostillaba en la introducción, una vez superada esa fascinante imagen de equilibrio, sobriedad y elegancia que nos proporciona su planta –recordemos, que su parte oeste está unida a una de las puertas de la villa, cuyo camino más adelante, desemboca en ese hermoso y bien conservado castillo, entre cuyos huéspedes figura la reina Isabel la Católica-, no es de extrañar que el visitante que accede por primera vez al interior del templo, experimente una notable sensación de sorpresa y gozo cuando observa una auténtica reliquia plástica que sobresale como un lucero en su cabecera: un genuino Pantocrátor, cuya escuela o taller, posiblemente interviniera en parte de las delicias plásticas de unos territorios reconquistados que hoy en día conforman comunidades vecinas, como Valladolid, Salamanca y Segovia. Los restos que se vislumbran en los laterales, sin embargo, parecen corresponder a una época mucho más tardía, siendo, posiblemente, barrocos.

De esa corriente artística que pareció recorrer la Meseta castellana a lomos de la Reconquista, pudiera ser, así mismo, la curiosa y a la vez enigmática pirámide que corona la cima de la torre, objeto o elemento bastante corriente en los templos gallegos, tanto dentro como fuera de los senderos oficiales trazados por los diferentes caminos jacobeos que confluyen en Santiago. De esa, entre comillas posible conexión, y sin que se sepa exactamente qué era y en qué lugar concreto se localizaba, un curioso objeto de piedra arenisca que se encontró durante los últimos trabajos de restauración, invita, tentador, a la especulación. Por sus características y la forma lobulada de su diseño, pudiera haber sido, quizás, un tímpano, muy similar al marco en el que el anónimo Maestro de los Sansones –bautismo propio de un enigmático personaje-, dejó una impronta muy personal del sansoniano jinete de leones en los tímpanos de al menos siete templos repartidos por la cuatro comunidades gallegas, como el de Santiago de Silleda, en Pontevedra, muy cerca de la frontera con Orense o el de Santa María, en Taboada dos Freires, Lugo, templo éste, por cierto, asociado a la Orden del Temple.

Aunque de época mucho más tardía –siglos XVI ó XVII-, pero digno exponente de esa magia geométrica oriental desde cuyo centro irradia el auténtico lenguaje divino, que es la matemática, resulta el artesonado que remata el coro, comparable, en técnica y estilo, a aquellos que constituyeron el cielo de la Princesa de Éboli, en su cárcel del palacio de Pastrana y muy similar, por cierto, aunque salvando algunas diferencias, al que también se puede ver en la iglesia segoviana de Cozuelos de Fuentidueña.


Publicado en STEEMIT, el día 8 de abril de 2018: https://steemit.com/spanish-castellano/@juancar347/arte-mudejar-la-iglesia-de-santa-maria-la-mayor-de-arevalo