jueves, 31 de diciembre de 2009

Córdoba: iglesia gótica de San Lorenzo


Córdoba es, sin duda, una ciudad con infinidad de atractivos añadidos, perdiéndose sus orígenes en la brumas inconmensurables del tiempo, aunque su fundación se atribuya a Claudio Marcelo quien, entre los años 169 y 152, fundó una colonia romana, aprovechando la importancia que el Guadalquivir tenía como vía fluvial y puerta de entrada a Andalucía. Con el tiempo, la colonia se convertiría en la capital de la Hispania Ulterior, asentándose en ella poetas excepcionales como Séneca y Luciano.

Pero bajo mi punto de vista, el periodo más enriquecedor en cuanto a refinamiento, Arte y Cultura se refiere, se produjo con la invasión árabe del año 711, una vez desbaratado el ejército visigodo en la famosa y trágica batalla del Guadalete.

En el año 756, y tras un sangriento enfrentamiento entre omeyas y abasíes, el príncipe Abderramán se asienta como máxima autoridad, creando un emirato independiente, no reconociendo a Bagdad otro tipo de autoridad, que la espiritual y religiosa.

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Aquí florecieron el Arte y la Cultura y las Ciencias, como decía, viéndose influenciados por las tres culturas principales que habitaron la ciudad: árabes, judíos y cristianos. A este periodo de esplendor corresponden obras de belleza sin parangón, como la Gran Mezquita, levantada por los primeros sobre un templo visigodo; la única de las sinagogas que se puede contemplar actualmente en la Judería, como exponente del arte religioso de los segundos, y numerosos templos levantados o readaptados después de la conquista de la ciudad por el rey cristiano Fernando III el Santo. Corría el año 1236.

Uno de tales templos, y por añadidura, el que más me impactó por su belleza, hermetismo y simbolismo, es la iglesia de San Lorenzo situada, curiosamente, muy cerca de la casa que estuvo habitada en tiempos por la familia del Comendador templario.

Pero, aunque mi intención es ofrecer mi personal visión del lugar, despidiendo el año en base al adagio popular de que una imagen vale más que mil palabras, quiero aprovechar para recomendar, a toda aquella persona que quiera profundizar más en el tema, la genuina visión de un auténtico especialista en la materia y buen conocedor de Córdoba y su Duende, con quien tuve la ocasión de compartir viaje y momentos inolvidables, siendo su labor de cicerone ocasional, uno de los recuerdos más gratos. La persona en cuestión es Rafael Alarcón Herrera, y la entrada a la que me refiero, la podéis encontar en su magnífico blog 'Laberinto Románico', pinchando en la siguiente dirección:

http://laberintoromanico.blogspot.com/2009/11/romanico-andalusi-y-vii.html

Feliz Románico 2010


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viernes, 25 de diciembre de 2009

El maravilloso mundo de las vidrieras medievales


Naturaleza Maestra

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Luz y Magia

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Arte y Alquimia

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domingo, 29 de noviembre de 2009

Lecciones en la piedra: Santa Coloma de Albendiego

'Del siglo XII al XV, pobreza de medios, pero riqueza de expresión; a partir del XVI, belleza plástica, mediocridad de invención. Los maestros medievales supieron animar la piedra calcárea común; los artistas del Renacimiento dejaron el mármol inerte y frío'.
[Fulcanelli: 'El misterio de las catedrales']
El románico, una extensa biblioteca de piedra donde se concentra el saber, las creencias y la forma de vida de toda una época. Cosmogonías y mitos encauzados a apresar la voluntad de unos pueblos que, aunque evangelizados en parte -que no escolarizados, de ahí la importancia universal del símbolo- aún conservaban profundamente arraigadas creencias de antiguas culturas, así como recuerdos de cultos a dioses cuyo rastro, perdido en el cementerio de los acontecimientos pasados, a duras penas sobrevive fuera de las enmohecidas páginas de los libros de Historia.
Símbolos y figuras que generaban conceptos e ideas; que hacían de ermitas, iglesias y catedrales auténticas escuelas para un pueblo eminentemente analfabeto, que basaba gran parte de su aprendizaje en la tradición oral, siendo, también, profudamente supersticioso.
Tal vez por este motivo, y aplicando en gran medida el axioma de que si no puedes con tu enemigo, únete a él, el Cristianismo adoptó numerosos de estos símbolos y cosmologías, adaptándolos a su propia conveniencia; mezclándolos con otros, en teoría, de su propia concepción. Concepción que, a poco que revisemos las creencias religiosas de civilizaciones milenarias, como la egipcia, la griega y la romana, observaremos -cuado no exacta- una más que sospechosa coincidencia.
Pero también la tradición oriental, trabajada maravillosamente por hábiles manos de origen mozárabe y mudéjar, influyó, y de qué manera, en numerosos templos, dotándolos de una ciencia hermética de ocultas y complicadas implicaciones. He aquí, en la iglesia de Santa Coloma de Albendiego, provincia de Guadalajara, uno de los mejores ejemplos de ello.
Declarada monumento histórico-artístico nacional en 1965, la iglesia de Santa Coloma llama poderosamente la atención, no sólo por la belleza del lugar donde se asienta -en las cercanías de la Sierra de Pela, a orillas del río Bornoba- como por la exhorbitante riqueza simbólico-geométrica de su ábside, que se presta a multitud de estudios e interpretaciones.
Enclavada a escasos 300 metros del pinturesco pueblecito de Albendiego, se accede a ella siguiendo la encantadora senda de un camino, que produce en el visitante sensaciones parecidas a aquellas otras cantadas en verso por Antonio Machado cuando se inspiraba paseando por las riberas del Duero.
Si algo destaca del paseo -aparte de las crucetas, orientadas hacia lo más alto de la Sierra de Pela, donde se ubica otra no menos curiosa ermita, la del Santo Alto Rey- es la extraordinaria sensación de paz que se respira.
Sensación, por otra parte, que en cierto modo seduce al visitante, haciéndole pensar -y no erróneamente, en mi opinión- que encamina sus pasos hacia un lugar carismático y especial.
En consonancia con esta sensación, no se tarda en divisar la fachada de la iglesia, elevándose, imponente, sobre los muros tachonados de gris y jalonados, a trechos, por sencillas crucetas de piedra, del Cementerio Municipal.
[En preparación]

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sábado, 17 de octubre de 2009

Santa María de Tiermes

En el paisaje, es el alma del artista lo que debe reflejarse, solía afirmar, con absoluta convicción, Caspar David Friedrich, uno de los grandes representantes del romanticismo pictórico alemán. El tiempo, sin duda el mayor y a la vez el más hábil de los ladrones, no ha consentido -siquiera susurrándolo en un momento de involuntaria debilidad- hacernos llegar el nombre del artista que, aproximadamente por los idus del año 1136, imaginó lo que en un principio se denominó como el monasterio de Sancta Maria de Termis.

Ahora bien, si se desconoce el nombre, así como el origen de aquél misterioso maestro que desarrolló parte de su técnica y de su arte en aquél punto donde se sabe que confluían importantes calzadas utilizadas durante siglos, indistintamente, por bárbaros, moros y cristianos -siendo las principales, aquéllas que iban de Segontia a Uxama y de Tiermes a Septempublicam (Sepúlveda)- después de un vistazo, no entra dentro de lo ignoto, visualizar parte del alma, o al menos la suficiente esencia de la misma, que éste quiso que fuera, más que su nombre, el fiel reflejo y legado de su personalidad.

A lo mejor resulta que sí, que el viento que se cuela a través de esa rememoración simbólica de las puertas de Jerusalén que conforma su galeria porticada, señale, a la vez que ejerce su función erosiva, la firma de este maestro. Pero en la actualidad, ya es tarde, por no decir imposible, identificarla en ese repugnante e impío maremágnum de graffitis modernos, que delatan una irrespetuosa y bárbara acción, de gente que luego retorna a casa contándole a sus amistades lo maravilloso que es el lugar.

Imaginémonos, pues, que en la mente de nuestro maestro desconocido, fue tomando cuerpo la idea fundamental de una iglesia y una hospedería, cuyos restos, en mayor o en menor medida conservados, aún se pueden vislumbrar hoy en día.


La hospedería dispondría, básicamente, de varios edificios sencillos, donde el peregrino encontraría camastro y lavadero, y que estarían situados en paralelo a la galería porticada de la iglesia el primero, y cerrando la cuña, plantando cara a la formidable espadaña aunque un poco ladeado hacia la izquierda, el segundo. Una espadaña que, viéndose en la distancia, sería como un faro para el peregrino que, a medida que iba acortando la distancia -bien procedente de las duras estribaciones esteparias de la Sierra de Pela, de la recién conquistada San Esteban de Gormaz, o quizás, bajando de Tarancueña o Retortillo- iría observando, cada vez con mayor detalle, la idea hecha realidad del maestro constructor. Una idea que, común a todos los grandes maestros constructores de la época, contendría dos grandes principios filosóficos a tener en cuenta: Arquitectura y Espiritualidad.
De tal forma que, al acercarse y tener la oportunidad de contemplarla en toda su dimensión, el peregrino estaría participando del sueño hecho realidad de nuestro Magister Muri, situado frente a un templo de una sola nave, de forma rectangular, de presbiterio recto y ábside de tambor, entre otras varias características.
Ahora bien, su visión panorámica del templo no quedaría debidamente satisfecha si, atendiendo sólo a niveles arquitectónicos y estéticos, olvidara el mensaje fundamental contenido en ellos. Un mensaje que, conociendo el nivel pedagógico del símbolo, el Magister ha plasmado en la piedra, seguramente recurriendo al subterfugio de los dobles significados para revelar una verdad aparente y otra verdad trascendente u oculta.
Con referencia a ello, posiblemente se fijara, en primer lugar, en las curiosas figuras de los canecillos del ábside: la piña le traería a la mente una posible alusión a la pretendida unión del Cristianismo o un símbolo de inmortalidad; el rostro estúpido y afectado del borracho que porta sobre los hombros un enorme barril, le recordaría el precepto de beber con mesura y a la vez, podría hacerle pensar en ritos de evidente origen pagano, relacionados con divinidades como Baco.
Puede que, quizás, uno de los que le resulte más sugestivo, sea aquél que aparentemente representa una sencilla imagen de carácter cinegético, en la que una rapaz -seguramente un águila- mantiene a una serpiente atrapada en su pico.

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lunes, 5 de octubre de 2009

El enigmático atlante de San Pantaleón


A veces, cuando la niebla es intensa y cubre parte de esta Merindad de Losa, se puede contemplar, cual legendario Holandés Errrante, la fantástica quilla pétrea de la impresionante formación rocosa que se conoce como la Peña Colorada. Proveniente de los valles que se extienden a sus pies, el viento porta consigo balidos lastimosos, ladridos imperiosos e incluso clara -como el agua cristalina de un arroyo de montaña- la voz del pastor que azuza con su cayado a un rebaño de ovejas que, después de campar todo el día a sus anchas, siente ahora la imperiosa necesidad de regresar a la protección del redil.

Fuera del tendido eléctrico y sus conocidos fenómenos de estática, unos ojos observan, a través del cristal de la ventana del hogar, las misteriosas luces que danzan intermitentemente por los alrededores de la ermita de San Pantaleón, y las identifica, a la vez que se santigua, con fuegos fatuos cuyo enigmático origen desconoce, pero que prefiere seguir ignorando. Y no obstante, siente un leve estremecimiento recorrer todo su cuerpo, cuando recuerda una extraordinaria leyenda que se conoce a todo lo largo y ancho de las Merindades; una leyenda de la que se ignora el origen, pero que ha sido transmitida de padres a hijos durante generaciones.

En su opinión, recordar conlleva, de alguna forma, volver a vivir. Siente a los ratones corretear por el suelo de madera del desván, y recuerda también que allí, cubierto de polvo y telarañas, hay un baúl con trastos viejos; reliquias de tiempos que no fueron ni mejores ni peores que los actuales, como suele pensar la mayoría de la gente, y sí únicamente pretéritos. ¿Acaso no lo presentían algunos poetas, como aquél genial Jorge Luis Borges?. ¿Qué decían -se preguntó- aquéllos curiosos versos de un pequeño libro de poesía que guardaba precisamente en aquél viejo baúl?. ¡Ah, sí!: ¿dónde estarán, pregunta la elegía de quienes ya no son, como si hubiera una región en que el Ayer pudiera ser el Hoy, el Aún y el Todavía...? (1) .
El tiempo puede cambiar los hábitos, pero no al peregrino; puede desgastar la piedra de una iglesia, pero no cambiar su mensaje original...
[continuará]



(1): Jorge Luis Borges, 'Antología Poética', Alianza Editorial, Primera Edición, 1981.

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jueves, 1 de octubre de 2009

Un misterio gótico: la Virgen de la Flor

Ocurre a veces, que uno visita lugares en los que no espera encontrarse, en menor escala, desde luego, exposiciones artisticas que muestran objetos maravillosos, desconcertantes y posiblemente únicos en su género, que bien pudieran haber brillado en exposiciones de cierta relevancia, como puede ser, sin ir más lejos, la presente edición de las Edades del Hombre, que se celebran en Soria.
Medina de Pomar, capital merindense, guarda un buen número de tesoros; muchos de ellos, dignos de un atento vistazo. Si bien es cierto que el románico apenas encuentra testimonio en sus edificios más emblemáticos -si exceptuamos unos indicios apenas reconocibles en la estructura externa de su iglesia de la Santa Cruz- también lo es el increíble y valioso conjunto artístico que atesora, como si de un arca se tratara, en el monasterio-convento de Santa Clara.
Uno de ellos, por supuesto, es ésta preciosa talla gótica que, como es habitual en este tipo de imágenes, apenas se tienen referencias, y a falta de ellas, se ha convenido en denominarla precisamente con el símbolo que porta en sus manos: la Flor.
He aquí, pues, un curioso enigma gótico, la Virgen de la Flor; una virgen que, a falta de documentación, está sobrada de misterio. Y lo que es más importante, y quizás ese detalle tenga mucho que ver a la hora de calificarla de especial, la gran cantidad de símbolos que se pueden observar en su talla.

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miércoles, 30 de septiembre de 2009

El tesoro pictórico de Sacramenia

Si el gótico constituyó una auténtica revelación arquitectónica en su época, revelación en la que muchos -incluido el gran maestro Fulcanelli- presienten la sombra incierta pero alargada del Temple, no es menos cierto que influyó, también, en las artes plásticas que habrían de decorar, siguiendo los patrones pedagógicos establecidos previamente en el arte románico, las paredes y los ábsides de los templos. El mejor ejemplo, en Sacramenia, lo encontramos en la iglesia de Santa Marina y los magníficos frescos de su ábside, fechados en los siglos XV-XVI.


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lunes, 28 de septiembre de 2009

Tesoros ocultos: la pintura románica

No cabe duda de que la peste, cuando asoló Europa, mermando considerablemente su población, nos privó, también, de auténticas obras de arte, auténticos tesoros, que solían decorar, magistralmente, ábsides y paredes de templos con una estética y pedagógica razón de ser.

Muchas de estas pinturas, permanecen incógnitas bajo varias capas de cal, esperando que la casualidad, disfrazada bajo la apariencia de obras de reforma, las saque definitivamente a la luz, liberándolas de un olvido de siglos. Otras, seguramente más afortunadas, se han visto en parte liberadas de este olvido, no obstante -¡homo irae!- para continuar languideciendo, sin que su existencia altere para nada los planes de restauración y conservación de unos organismos oficiales que parecen obviar que los impuestos que con tanta saña nos aplican y engrosan sus arcas, son, también, para que no se olviden precisamente del cometido de su competencia. Y en ese cometido, quedan incluidos esa gran cantidad de comunidades rurales que, conscientes o no de los tesoros que guardan, mantienen alrededor de sus casas, un enorme tesoro patrimonial que, visible u oculto, bien merece una buena atención.

Causa espanto, cuando no vergüenza ajena, ver como el descubrimiento de este tipo de pinturas no parece afectar en absoluto a las decisiones de estos supuestos conservadores, y mucho peor, comprobar cómo, después de su fortuito descubrimiento, muchas de ellas se dejan echar a perder.


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lunes, 14 de septiembre de 2009

Luz y Oscuridad para un Apocalipsis: el Beato de Liébana


'Ego sum alpha et omega, principium et finis, dicit Dominus...'
(Yo soy alfa y omega, primero y último, principio y fin)
[Apocalipsis, 21:6 y 22:13]
No ha de extrañarnos, en modo alguno, que siendo el más críptico de los evangelistas, el Apocalipsis de San Juan constituya una de las visiones más surrealistas de cuantas nos ha legado una Edad Media condicionada por un mundo en el que el símbolo conllevaba una forma de educación y de enseñanza conceptuales, acorde con unos tiempos marcados por el choque entre civilizaciones, donde el factor fundamental, cuando no el detonante, lo constituía la Religión.
La historia de esta joya medieval, universalmente conocida y apreciada, está ligada a la propia historia de un enclave que ha llegado hasta nuestros días más o menos intacto y convertido en un importante centro de peregrinación y jubileo, y que en sus inicios -oscuros e intranscendentes, perdido en un rincón de la inmensidad de los Picos de Europa-, se conocía como San Martín de Turieno. Estamos haciendo referencia, pues, a aquellos nebulosos años del siglo VII, posteriores a la invasión musulmana de la Península y la desintegración del reino visigodo.
Fue a continuación de dicha desintegración, cuando surgieron peculiares personajes, de cuya vida nacieron mitos, leyendas y cultos, muchos de los cuales han pervivido hasta nuestros días. Extrañas historias, que se localizan en numerosos lugares, y hacen referencia a nobles de origen godo que un buen día deciden repartir sus bienes entre los pobres y convertirse en eremitas, retirándose a cuevas que conservarían su carácter sagrado a lo largo de los siglos y serían foco de devoción y romería. Ahí tenemos, por ejemplo, al propio Santo Toribio, y otros casos dignos de mención, como son San Saturio en Soria y San Frutos, en Segovia, cuyas festividades continúan celebrándose, puntualmente, los días 2 y 25 de octubre, respectivamente.
Nobles que, investidos de la gracia divina, fueron los ejecutores de incomprensibles milagros y los artífices de conservar aún viva la llama de una fe que parecía estar siendo borrada de la faz hispánica por el paso incontenible de los ejércitos invasores, que combatían bajo el estandarte de la media luna, al grito de Alá es Grande. Tiempos de herejías, de catástrofes y de oscuridad, que necesitaban urgentemente revulsivos -o milagros, llámese como se quiera- para no fenecer. Tiempos de incertidumbre, en los que los cimientos de la Iglesia se tambaleaban, a pesar del acontecimiento trascendental que supuso, trescientos años antes, el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago, dando lugar a una sobreperegrinación que en sus orígenes, célticos para más señas, se extendía hasta Finisterre, la Finis Terrae o el Final del Mundo conocido. Ese mundo conocido, pues, desmoronándose; preludiando el anunciado Apocalipsis; el Juicio Final que parecía abatirse como una plaga sobre los reinos cristianos de Occidente...
En realidad, ¿quién fue Beato de Liébana?. ¿A qué personaje veneramos cada 19 de febrero?. No es mucho lo que se sabe de él, a excepción de que fue un monje en el Monasterio de San Martín de Turieno; que algunos historiadores suponen que procedía de alguno de los principales centros de cultura visigóticos, como Toledo, Córdoba, Mérida o Sevilla, de donde se trajo su biblioteca; que combatió contra la herejía de Arrio; que escribió varias obras, aunque la más conocida sea su Commentarium in Apocalypsin, y que, al final de sus días, se retiró al Monasterio de Valcavado, en Palencia, donde sería nombrado abad, hecho éste no compartido por todos los historiadores.


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El Commentarium in Apocalypsin o Comentario al Apocalipsis de San Juan, es la obra más conocida atribuida a Beato de Liébana y también, curiosamente, la que, en opinión de algunos historiadores, contendría cierta erudición, aunque sin excesiva originalidad, realizada en base a compilaciones. Si por falta de originalidad entendemos la copia, más o menos literal, del Apocalipsis de San Juan, sí deberemos detenernos, aunque sea de manera breve, en la visión artística y personal con la que Beato ilustró un tema tan subjetivo, visionario y de difícil comprensión, como es el aportado por el Evangelista.
Siguiendo el razonamiento subyacente a esta visión artística, podemos comentar, en un principio, la riqueza simbólica que subyace en unas láminas cuyo colorido llama poderosamente la atención. Son los matices de esa pintura románica tan característica, que a cada color -quizás siguiendo unos patrones similares a los de los iconos bizantinos- dotaba a las escenas de unos significados concretos y predeterminados, que ya contenían un mensaje subliminal en sí mismos.

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domingo, 13 de septiembre de 2009

Ermita visigoda de Santa María de Melque


Si hay un monumento contempóraneo de ese periodo histórico que marcó el fin del reinado visigodo y la invasión árabe de la Península es, sin duda, este extraordinario complejo monástico de Santa María de Melque. Emplazado a 30 kilómetros escasos de Toledo capital, dentro de los límites del término municipal conocido como San Martín de Montalbán, tanto la iglesia como los restos circundantes, ofrecen un apasionante testimonio de la importancia que realmente tuvo, dentro de este confuso periodo al que nos estamos refiriendo, y en el que encontramos un buen ejemplo de monasterio altomedieval.
Muchos historiadores consideran, basándose en la bula de 1181, promulgada por el Papa Alejandro III, que Santa María de Melque constituyó, posteriormente a la conquista del reino de Toledo, uno de los cinco principales conventos que la Orden del Temple tuvo en Castilla y León. Concretamente, aquél referido en la mencionada bula como Santa María de Montalbán. Y otros muchos investigadores son, también, los que opinan que fueron precisamente los templarios, quienes instauraron -o reinstauraron- el culto mariano a Santa María de Melque, una virgen negra, con evidentes connotaciones milagreras.
A juzgar por los abundantes restos encontrados, resulta lícito suponer que el complejo monástico de Santa María de Melque, tuvo una cierta relevancia en la época.
Declarado Monumento Histórico en 1931, la historia de estas ruinas -afortunadamente restauradas y recuperadas en gran parte, al menos en lo que a la iglesia se refiere- no es muy diferente a la de otros monasterios, como puede ser, por poner un ejemplo, el de San Juan de Duero, en Soria. Ambos sufrieron el injusto martirio del abandono, y ambos se utilizaron como corrales para el ganado, cuando no como cantera aprovechable de donde obtener la piedra para las casas y cercados de los pueblos colindantes. Es un mal endémico referido al entorno rural y a las piedras viejas.
Dentro de los antecedentes que rodean el entorno, se tiene la certeza de que el complejo monástico de Santa María de Melque se levanta sobre un montículo que en tiempos constituyó una quinta romana. Hay historiadores, así mismo, que suponen que hubo una paralización en su construcción en tiempos de la invasión musulmana, y una posterior reanudación de obras, que explicarían, por ejemplo, los elementos mozárabes que se pueden apreciar en su estructura, como pueden ser los arcos centrales de herradura, así como los arcos de las ventanas.
Este tema resulta interesante, porque no son pocos los que opinan -de cualquier manera, hipotéticamente hablando, por supuesto- que fueron posteriormente los templarios quienes convirtieron la iglesia en torre defensiva, transformándola en algo similar a la turris romana.
Por otra parte, entre los restos del complejo que han salido a la luz, caben destacar las tumbas antropomorfas localizadas al Este, así como también indicios de barbacanas, que contribuyen a suponer una función militar además de litúrgica, y que corresponderían, muy posiblemente, al periodo de ocupación templaria.

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viernes, 11 de septiembre de 2009

San Pedro de Tejada


'Con frecuencia los monasterios se rodean de antiguas leyendas que dan a sus muros un aire casi mágico...' (1)
Monasterio, inicios, misterio, leyenda...palabras que, lejos de parecer una fácil y gratuita aportación, a veces sustituyen a unos génesis posiblemente diluidos en esas lagunas que caracterizan las carencias de una disciplina que, lejos de ser exacta, y por lo tanto, con multitud de carencias, convenimos en denominar como Historia. La iglesia que actualmente sobrevive a aquéllo que en el mencionado génesis constituye lo que queda del monasterio de San Pedro de Tejada no es, ni de lejos, diferente en cuanto al contexto, al génesis de otros monasterios. Si de leyendas hablamos, resulta difícil no encontrar un monasterio que carezca de ellas, en relación a unos orígenes lejanos y tremendamente inciertos, cuando no misteriosos.
En algunos, como puede ser el caso del monasterio de Veruela, situado a la vera del Moncayo -y nunca mejor dicho, porque precisamente así se denomina el municipio aragonés en el que se ubica- o en la también aragonesa basílica del Pilar, o incluso en la segoviana población de Santa María la Real de Nieva, estos comienzos, en esencia, hay que situarlos en la categoría de 'divinos', como consecuencia de una aparición y un posterior deseo mariano de constituir en ese preciso sitio un lugar de culto y devoción, que habría de perpetuarse a lo largo de los siglos.
En el monasterio de Santa María de Huerta, no es extraño comprobar, en las publicaciones puestas a la venta que refieren la historia del monasterio, mencionando, de paso, a los hermanos fundadores -Roberto de Molesme, Alberico y Esteban Harding- una desesperanza y unos sueños premonitorios en los que el espíritu de un monje muerto se apareció al primero, aventurándole un próspero devenir, que en cierto modo se cumplió, al menos hasta la célebre Desamortización de Mendizábal.
Tampoco cuesta mucho entender que tan misteriosos antecedentes, actuaran como revulsivo para la fértil imaginación de más de un escritor, a la hora de situar cuentos, historias y leyendas asociadas a lugares de estas características. Tal es el caso, por ejemplo, de Gustavo Adolfo Bécquer y su conocida leyenda El Monte de las Ánimas, que tiene como trasfondo, el histórico monasterio soriano de San Juan de Duero o, sin ir más lejos, esa magnífica recopilación de curiosidades, sensaciones y leyendas anexas a Aragón, y en concreto, al Moncayo, que escribió en Veruela bajo el sugerente título de Cartas desde mi celda.
Situar, pues, el contexto histórico de San Pedro de Tejada, hace inevitable referirse, si no al lugar, sí a la zona geográfica en la que se ubica: las Merindades burgalesas.
Aparte de su espectacular románico -téngase en cuenta iglesias merecedoras de dicho calificativo, como San Lorenzo de Vallejo o Santa María de Siones, por poner un ejemplo- si algo destaca de esta zona situada al norte de la provincia y lindante con Cantabria y el País Vasco, es que muchos apasionados del mito y la leyenda, la identifican como el lugar donde se ocultaría, en realidad, el Santo Grial.
En principio, y en contra de lo que supone mucha gente con lugares como San Pantaleón de Losa, no se conocen referencias que conecten a éste con San Pedro de Tejada. Pero sí hay constancia de una terrible historia, que cuenta el fatal destino de los primeros monjes que lo habitaron: una comunidad de monjes negros o cluniacenses -llamados así, para diferenciarlos del hábito blanco de los monjes del Císter- procedentes de la Borgoña francesa.
Refieren que por aquél entonces -en cuanto a la fecha de fundación del monasterio, existen ciertas discordancias entre los historiadores, barajándose fechas que oscilan entre los años 820 y 850 después de Cristo- la peste asoló la región, muriendo todos los monjes, con el morbo añadido de que el último de ellos incluso llegó a cavarse su propia tumba.


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(1): Esther López Sobrado/Pedro Mª Díaz Pedrosa: 'San Pedro de Tejada', Proyecto Aldaba, 2ª impresión, 2004

jueves, 10 de septiembre de 2009

El Vigo y la iglesia de San Pedro Apóstol

Como decía Mari Trini, que en paz descanse, en éste, uno de sus clásicos, las verdades son sólo palabras que puedes creer o no. Pero creo que se quedó escasa a la hora de limitar el tema de la creencia y la verdad, tan sólo a las palabras. He aquí un buen ejemplo, a mi juicio, de lo que digo: el cantero que labró ésta curiosa, extraordinaria portada, ¿lo hizo basándose en un cuento que le contaron?. ¿Quizás lo leyó?. ¿O tal vez -suponer por suponer- lo interpretó de una manera tan liberal, que sabía que levantaría suspicacias en todo aquél que la viese?. Si ya de por sí es sobrehumano cargar sobre las espaldas un madero de estas características, imaginémonos, por un momento, lo que sería hacerlo de la manera en que lo hace Cristo en la presente portada.
Por si a alguien le quedaba alguna duda, he aquí otro crucigrama románico en el que, aparentemente diciendo lo justo, el genio cantero que lo labró nos está induciendo a hablar de más. Y si ya de por sí el Románico es un Arte que se presta a multitud de habladurías, a multitud de interpretaciones, pues el que quiera, que venga a El Vigo, indague y luego nos lo cuente.
Claro, se me olvidaba. El Vigo es un pequeño, encantador pueblecito perteneciente a la Merindad del Valle de Mena, situado a escasa distancia de otros dos pueblecitos que, a diferencia de esta iglesia de San Pedro, aún conservan, casi intacto, lo que podríamos considerar como el mejor románico de la comarca: sus iglesias de San Lorenzo de Vallejo y Santa María de Siones.


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miércoles, 9 de septiembre de 2009

La Cerca: iglesia de Nª Sª de la Asunción


La Cerca, un pueblecito merindés, asaltado por las canas de la Historia; ruinoso en buena parte de su legado patrimonial; de vecinos temerosos de Dios, aunque conservadores de la siesta tradicional, que consienten -es de suponer que de sobra acostumbrados y porque no tienen más remedio- el cortejo nupcial de unos trovadores asentados a perpetuidad en los campos sedientos de Castilla: las cigarras.
Suele ocurrir, aunque pese decirlo, que pueblos que fueron grandes en el pasado, adolezcan de tristeza y olvido en el presente, sujetos a ese karma, imprevisible y lotero, que constituye siempre el futuro.
Seguramente, estos detalles carecieran de importancia en esa lejana, crucial Edad Media en que este pueblecito era el punto de partida para el fuenteovejuna particular de dos poderosas familias feudales enfrentadas: los Salazar y los Velasco. De aquí partieron las huestes de los primeros, para encontrarse con las huestes de los segundos, y hacer un fratricidio que la posteridad recuerda con el nombre de batalla de Villatomil.
También aquí llegaban -si hemos de fiarnos de las señales que aún no han sucumbido, como la mayor parte del románico original de su iglesia- los peregrinos que, seguramente procedentes de los puertos del Cantábrico, consideraban hacer etapa en su sueño jacobeo y presentar sus respetos a la Asunción, sin olvidar, desde luego, a San Miguel y a un asaetado San Sebastián.


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sábado, 5 de septiembre de 2009

San Pantaleón de Losa


Ubicada en la denominada Peña Colorada, un peñón rocoso con forma de quilla de barco, la iglesia de San Pantaleón constituye, sin duda, uno de los singulares atractivos del denominado Valle de Losa. Hablar de San Pantaleón, conlleva la ineludible tentación de referirse a un lugar con más que evidentes connotaciones mistéricas; un puntal de genuino atractivo, parada obligada para todo peregrino que, en su maravillosa aventura jacobea, quisiera ser testigo de un fenómeno evidentemente mistérico y cuando menos, singular: el fenómeno de la licuefacción de la sangre del santo.
Tradicionalmente, y cada 27 de julio -día de la festividad de San Pantaleón- miles de peregrinos se daban cita a las puertas del templo, para presenciar el milagro de la licuefacción de su sangre. Milagro que, dicho sea de paso, continúa perpetuándose cada año, puntual a su cita, aunque no comprendo -ni creo que llegue a comprender nunca- por qué el frasco que contiene tan preciada reliquia, fue apartado de su emplazamiento original en este punto del Camino de las Estrellas, y trasladado a Madrid, al Real Monasterio de la Encarnación, situado junto a la Plaza de Oriente, donde hay constancia de su presencia, al menos desde el año 1616.
Y no obstante, al contrario de lo que se pueda pensar a priori, el fenómeno de la licuefacción de la sangre de San Pantaleón no es único, sino que sucede, también, en Italia, referido a la sangre de otro mártir, San Genaro, obispo de Benevento que, curiosamente -he aquí un posible y desconcertante caso de vidas paralelas, sin ánimo de plagiar a Plutarco- fue martirizado y decapitado escasos días después que San Pantaleón: el 19 de septiembre del año 305 después de Cristo.
Aún así, y contra lo que pudiera parecer a priori, la iglesia de San Pantaleón de Losa y su peculiar emplazamiento, no han perdido ni un ápice de su genuino, milenario misterio, manteniendo poco menos que intacto ese carácter mediático e iniciático que la convierten, bajo mi punto de vista, en un auténtico centro mágico, en un complejo Enclave de Poder, cuyas influencias se perciben a medida que uno se va acercando, dejando atrás la prolongada pendiente que, cual un pequeño Gólgota, conduce hasta la cima donde se halla ubicada.
En efecto; las señales de habitamiento humano en el lugar de la Peña Colorada en el que se asienta la iglesia de San Pantaleón se remontan, cuando menos, a la Edad del Hierro, de cuya época se tiene constancia de la existencia de un castro de origen celta -hecho bastante significativo, como veremos más adelante- del que apenas quedan rastros identificables. Sí los hay, aunque prácticamente se confunden con el terreno, de una construcción posterior; una fortaleza o castillo, cuyas huellas más evidentes las constituyen, quizás, los restos del aljibe o depósito de agua, situados a unos metros escasos del ábside de la iglesia. Junto a éste, y ocultando buena parte de su lateral derecho, hay una construcción también posterior, cuyos elementos más destacables, son las dos ventanas ojivales, que denotan un origen netamente gótico. Y con el fenómeno del gótico, nos encontramos con un arte que rompió moldes en la época; un arte del que, al decir de numerosos investigadores -y que conste que lo constato aquí simplemente como una curiosidad- fue introducido en la Península Ibérica por los templarios.
Pero, sin duda, los elementos que más llaman la atención, aparte del misterioso atlante que actúa como centinela en el lado izquierdo del pórtico de entrada, sean las connotaciones simbólicas que conforman los detalles de las figuras de sus capiteles. Connotaciones que no pasan desapercibidas y que, comenzando a enumerarse desde el mismo pórtico de entrada, serían las siguientes:
- El primer capitel de la izquierda, aquél que representaría a varias personas en el interior de un caldero y que, junto con la figura del enigmático atlante, formarían dos de los elementos que más polémica y polvareda ha levantado entre historiadores e investigadores. En efecto, lo que para los primeros sería una referencia al martirio de San Pantaleón y otros mártires contemporáneos de éste, los segundos -entre ellos un auténtico especialista de la España mistérica, como es Juan García Atienza (1)- verían en él una reminiscencia del mito celta referido al Caldero de Dagda, también conocido como el Caldero de la Resurrección. Y para complicar aún más la cuestión, y dado que en ésta zona de las Merindades burgalesas se dan numerosas referencias al Grial, no estaría de más reseñar aquélla corriente de pensamiento que relaciona a éste con la línea sanguínea de Cristo y su posible descendencia; circunstancia que, unida al tema de la sangre, llevaría añadida conceptos implícitos como perpetuación, inmortalidad, renovación, etc. He aquí, pues, y bajo mi punto de vista, una interesante concomitancia simbólica.


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- (1): Juan García Atienza: 'La rebelión del Grial', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1985.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Taranco y el nacimiento de Castilla


'Caminante: En este solar, quince días contados del mes de septiembre del año 800, del nacimiento de Xto., al dictado del abad Vitulo, el notario Lope escribió por primera vez el nombre de CASTILLA.
Así quedó certificado para la Historia el nacimiento del pueblo que desde este valle alcanzó todos los confines de la Tierra con su idioma y con su concepto del hombre y de la vida.
Bien merece este solar tu reflexión respetuosa.
Amigos del Monasterio de Taranco'
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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Bercedo: iglesia de San Miguel

Bercedo, pueblecito perteneciente a la Merindad de Montija, oculta, en un primer vistazo, la gran importancia histórica que tuvo en el pasado, aunque conserva, como muy digno testimonio, una auténtica joya del románico jacobeo burgalés, en su iglesia de San Miguel.
Siendo el puerto de El Cabrío la entrada natural al Valle de Mena -situado en una vaguada, flanqueada al sur por los Montes de la Peña, y al norte por los Montes de Ordunte- es Bercedo, precisamente, el primer pueblo que aparece. Es de preveer, que por ese motivo, en aquél históric pasado al que hacía referencia constituyera una necesaria encrucijada de caminos, en laque confluían dos impotantes vías romanas de comunicación: aquellas que, desde Briviesca y Herrera de Pisuerga, se dirigían hacia el puerto cántabro de Castro Urdiales. Resulta más que probable que, debido a ello, fuera, durante la Edad Media, lugar de paso en el Camino jacobeo (1).
(1): 'Rutas para descubrir las Merindades de Burgos', Mariano Cano Gordo, Ámbito Ediciones, S.A., 1ª Edición, marzo 2004


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El fascinante mundo de la interpretación

Hay quien piensa, que el románico es un estilo artistico insípido, aburrido, típico de hombres laicos, cabizbajos y tristes, que se pasaban la vida temiendo la ira de Dios y la llegada del fin del mundo. Y nada más lejos de la realidad. El románico es un mundo fascinante, con una variada y rica simbología, en la que el artista plasmaba no una, sino varias realidades, en muchos casos simultáneas y aún se permitía el lujo de jugar con el erotismo y bromear.

Como digo, si el estudio de dicha simbología no deja de ser una experiencia sumamente interesante, ésta sin duda, se convierte en amena, incluso divertida, cuando un grupo de amigos, amantes del románico, por más señas, se reúnen en una iglesia determinada con la intención de intercambiar opiniones y tratar de descifrar sus enigmas.

Y por si acaso alguien pone en duda lo divertido que puede llegar a ser a veces intentar descifrar estos enigmas románicos a los que me refiero, les invito a presenciar el siguiente vídeo. Eso sí, se hace imprescindible tener un poco de paciencia y llegar hasta el final.

Por cierto, Manuel, Santa Juliana va a dejar un momento al demonio y te va a tirar a ti de los pelos, como sigas confundiéndola con Santa Quiteria. El que avisa no es traidor.

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