martes, 14 de febrero de 2017

Arévalo: iglesia de Santa María la Mayor


'Impresionantes las pinturas románicas de la cabecera, en las que domina un espectacular Pantocrátor, con multitud de interesantes detalles, entre los que destaca, quizás y para la especulación, esa cruz roja, tipo patado que se aprecia sobre la bola (¿representativa de los tres continentes conocidos en el siglo XII, como dicen los guías, fecha de las pinturas o por el contrario, alusión a los ríos del Paraíso, aunque éstos serían cuatro?. ¿Una referencia al Arca de Noé, como supone el Magister Alkaest?). El artesonado mudéjar, del siglo XVI, también es una obra de arte. Hay una curiosa pieza de piedra arenisca y dibujo lobulado que se encontraron durante la restauración. He especulado, por su parecido, que tal vez, en origen, fuera parte de un tímpano como esos de aquél Maestro desconocido, al que denomino Maestro de los Sansones, cuya obra se aprecia en iglesias de las cuatro comunidades gallegas. Sería demasiado fantástico, pero cabría esa posibilidad, si tenemos en cuenta que en la iglesia de San Juan hay una escultura atribuida al Maestro Mateo. Torre de la iglesia, rematada por una pequeña pirámide...'.
[Cuaderno de Notas del Caminante, Arévalo, 5 de diciembre de 2016]

Posiblemente sea esta iglesia de Santa María la Mayor, no sólo la mejor conservada, en conjunto, de todo el núcleo monumental de esta interesante urbe cultural que es Arévalo, sino también, la más elegante y quizás una de las que mayores enigmas plantee, en cuanto a las fascinantes artes plásticas que aún conserva en su interior y algunos otros detalles, de los que apenas se tiene constancia o referencia. Tal y como se apostillaba en la introducción, una vez superada esa fascinante imagen de equilibrio, sobriedad y elegancia que nos proporciona su planta –recordemos, que su parte oeste está unida a una de las puertas de la villa, cuyo camino más adelante, desemboca en ese hermoso y bien conservado castillo, entre cuyos huéspedes figura la reina Isabel la Católica-, no es de extrañar que el visitante que accede por primera vez al interior del templo, experimente una notable sensación de sorpresa y gozo cuando observa una auténtica reliquia plástica que sobresale como un lucero en su cabecera: un genuino Pantocrátor, cuya escuela o taller, posiblemente interviniera en parte de las delicias plásticas de unos territorios reconquistados que hoy en día conforman comunidades vecinas, como Valladolid, Salamanca y Segovia. Los restos que se vislumbran en los laterales, sin embargo, parecen corresponder a una época mucho más tardía, siendo, posiblemente, barrocos.

De esa corriente artística que pareció recorrer la Meseta castellana a lomos de la Reconquista, pudiera ser, así mismo, la curiosa y a la vez enigmática pirámide que corona la cima de la torre, objeto o elemento bastante corriente en los templos gallegos, tanto dentro como fuera de los senderos oficiales trazados por los diferentes caminos jacobeos que confluyen en Santiago. De esa, entre comillas posible conexión, y sin que se sepa exactamente qué era y en qué lugar concreto se localizaba, un curioso objeto de piedra arenisca que se encontró durante los últimos trabajos de restauración, invita, tentador, a la especulación. Por sus características y la forma lobulada de su diseño, pudiera haber sido, quizás, un tímpano, muy similar al marco en el que el anónimo Maestro de los Sansones –bautismo propio de un enigmático personaje-, dejó una impronta muy personal del sansoniano jinete de leones en los tímpanos de al menos siete templos repartidos por la cuatro comunidades gallegas, como el de Santiago de Silleda, en Pontevedra, muy cerca de la frontera con Orense o el de Santa María, en Taboada dos Freires, Lugo, templo éste, por cierto, asociado a la Orden del Temple.

Aunque de época mucho más tardía –siglos XVI ó XVII-, pero digno exponente de esa magia geométrica oriental desde cuyo centro irradia el auténtico lenguaje divino, que es la matemática, resulta el artesonado que remata el coro, comparable, en técnica y estilo, a aquellos que constituyeron el cielo de la Princesa de Éboli, en su cárcel del palacio de Pastrana y muy similar, por cierto, aunque salvando algunas diferencias, al que también se puede ver en la iglesia segoviana de Cozuelos de Fuentidueña.