domingo, 27 de junio de 2010

El Frago: ermita de San Miguel

Uno de los símbolos utilizados, no sólo por los primeros cristianos, sino también como seña de identidad por las hermandades de canteros medievales, es el Crismón.

La provincia de Aragón es pródiga en éste tipo de representaciones, hasta el punto de que puede llegar a ser un detalle, en cierto modo trascendente, visitar cualquier edificio de origen románico situado en sus lindes, y no toparse con este singular y a la vez complicado símbolo.

El Frago, aparte de otros atractivos que pueden conseguir que una visita sea de lo más interesante e instructiva -como, por ejemplo, la antigua Judería- conserva dos bellos exponentes del mencionado Arte, en cuyos dinteles, y como un desafío, el símbolo del Crismón invita a la observación y el estudio.

Piezas fundamentales, dentro de la variedad simbólica que puede encontrarse en todo Crismón, son ese alfa y esa omega griegas, que se corresponden con el alef y la tau hebreas. Es decir, ese Principio y ese Fin, ya aventurado en el Apocalipsis, refiriéndose a Dios, y posteriormente, constituyendo también el símbolo de Cristo: Yo soy el alfa y el omega, el primero y el último...

Resulta curioso, no obstante, observar el juego en la disposición, sobre todo, de ambos elementos, invirtiendo la posición, y por lo tanto, también, a priori, su sentido y significado. Es lo que ocurre con este Crismón que luce el dintel de la portada de esta pequeña ermita dedicada a la figura del Arcángel San Miguel.
Omega y Alfa, Fin y Principio, que posiblemente señalen una renovación; una continuidad en un ciclo que, en apariencia, y en relación al ser humano, termina supuestamente con la muerte. Su inclusión de un círculo en el antiguo labarum o lábaro -figura geométrica que, según parece, en la Edad Media representaba la perfección de Dios- el resto de los símbolos, es decir, el monograma, proclamaría, a su vez, la perfección en la figura de Cristo.







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