martes, 13 de septiembre de 2011

La Magia del Valle de Boides: San Salvador de Valdedios



'Salvador, este sea santo templo bajo la advocación de tu nombre, que también sea de tu agrado todos estos dones que aquí te ofrecemos, pero quien quiera que intente quebrantar temerariamente mis votos, que se vea privado de la luz, Cristo, y que la tierra lo trague a él en vida y que la mendicidad y la lepra hagan presa en su descendencia' (1).

No cabe duda de que una de las regiones más fascinantes y pinturescas del Principado de Asturias, es ésta de Villaviciosa -la antigua Maliayo-, cuyo nombre, siguiendo los principios básicos de asociación por los que solemos guiarnos generalmente, evoca la referencia obligada a una bebida determinada, que aún en los cantares tradicionales, continúa acompañándose con el excelso calificativo de los dioses, y que bien podría compararse con el soma o bebida sagrada tradicional, determinativa de otros pueblos y otras culturas: la sidra.

Pero no es de la magia inherente a su injesta y los interesantes ritos de hermandad que la acompañan, de lo que quiero hablar en la presente entrada, sino de otro tipo de magia; una magia, afín al Camino de las Estrellas, que continúa con un, espero que agradable paseo, por otro de los imponentes tesoros legados por el Arte Asturiano: el monasterio de San Salvador de Valdedios, también conocido, cariñosa y popularmente, como el Conventín.

Llegar al valle de Boides, y por consiguiente, al Conventín, es un dulce paseo que puede comenzar, muy bien, cuando dejamos atrás la urbanita Villaviciosa, con su Plaza del Ecce Homo y ese Cristo de rostro afligido, que reprocha siempre al caminante aquello de: Tú, que pasas, mírame, contempla todas mis llagas y verás cuan mal me pagas la sangre que derramé; también, su iglesia de Santa María de la Oliva, con su curiosa simbología, estrella de David o Sello de Salomón bien a la vista y numerosas cruces paté grabadas en la eterna durabilidad de la piedra de sus sillares, siguiendo una carretera que te obliga a salir de la ciudad, distribuyéndose como una imaginaria pata de oca, en tres direcciones, que ocultan no pocas maravillas: a la izquierda, San Juan de Amandi, San Andrés de Valdebárcena y San Xulián de Viñón; de frente, el santuario de Santa María de Llugás y el valle de Boides; a la derecha, la deliciosa Ría, San Andrés de Bedriñana y los pinturescos pueblitos marineros, como El Puntal o Tazones. Dicen que en éste último, desembarcó el rey Carlos I de España y V de Alemania, alejado por una tormenta de su rumbo original hacia puertos cántabros. Y dicen también, no sé si las buenas o las malas lenguas, porque haber, hay de todo en la viña del Señor, que tanto él como su séquito fueron confundidos con piratas, y a punto estuvo de armarse el Belén.

Al valle de Boides llegó, en las postrimerías del siglo IX, un afligido rey, buscando reposo y probablemente desengañado de la avidez humana: Alfonso III, cuyo trono fue usurpado por sus propios hijos. Dice la Historia, que a él se debe ésta singular maravilla, en la que los investigadores observan rasgos que recuerdan a Santa María del Naranco y a Santullano; es decir, a San Julián de los Prados. Y posiblemente fuera por él, por quien figura la terrible inscripción que sirve como prólogo a la presente entrada.




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Algo decididamente especial tenía que tener este templo, cuando el día 16 de septiembre del año 893, siete obispos (2) -número emblemático por excelencia- acudieron a su consagración, según consta en la lápida consagracional que se puede ver en la denominada Capilla de los Obispos, situada al final de uno de los tramos laterales, haciendo esquina con el ábside.


Pero son detalles meramente circunstanciales, en mi opinión, si los comparamos con la impresionante sensación de respeto que produce pisar el interior de un lugar de tan longeva antigüedad, donde el eco de los propios pasos parece confundirse con los gemidos de dolor que exhalan, desde unos lienzos machacados por el tiempo y el olvido, los débiles fragmentos de lo que un día hábiles manos, probablemente mozárabes, dejaron como testimonio de artesanía y devoción. Debido a ello, cuesta creer que, en realidad, uno contempla angustiado los poco menos que irreconocibles fragmentos de una auténtica Capilla Sixtina que feneció, curiosamente, en siglos donde se supone que el raciocinio y la ilustración fueron factores determinantes. Las cruces asturianas de la capilla principal del ábside, atraen, no obstante, poderosamente la atención, haciendo que el curioso, por no decir el soñador, se pregunte quiénes fueron en realidad esos ángeles que la Tradición -bendito tesoro- asevera que hicieron en una noche el original que se guarda en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, en compañía de la Cruz de la Victoria con la que don Pelayo hiciera el milagro de Covadonga. Sobrevive, si mal no recuerdo, en la capilla de la Epístola, dedicada a la figura de San Juan Bautista -la del Evangelio, rinde homenaje a Santiago el Zebedeo- un rubicundo e intruso angelote renacentista, que indica una sobre exposición pictórica en época indeterminada.


Visita obligada es, también, el monasterio cisterciense de Santa María, situado en el mismo prado, a escasos metros del Conventín, que dispone de hospedería para el peregrino, detalle interesante, pues el Valle de Boides está situado a 26 kilómetros de Oviedo, en pleno Camino de Santiago, siguiendo una ruta en la que destacan, principalmente, los templos de Santiago el Mayor y San Román, en Sariego y el de Santa María de Narzana, en las proximidades, a unos tres kilómetros escasos de la población de Vega.



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(1) Inscripción localizada en el dintel del pórtico de entrada. Similares inscripciones se localizan, también, en el dintel de la puerta lateral del lado sur ('Cuida, Salvador nuestro, de este santo templo, edificado en este santo solar; si del coto pretendieran llevarse temporalmente fundos o siervos o cualquier cosa un vendedor, un ladrón o ratero, que sea quemado con todos los impíos en el infierno'), y en el dintel de la puerta lateral del lado norte ('Si algunos tratara de llevarse estos nuestros dones, que aquí en tu honor pusimos, que sufra una terrible muerte, entre males sin fin, que deplore en compañía de Judas').


(2) Rudesindo de Dumio; Nausti de Coímbra; Sisnando de Iria; Arnulfo de Astorga; Argimiro de Lamego; Recaredo de Lugo y Elécanes de Zaragoza.

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