jueves, 1 de septiembre de 2011

Lena: el plácido sueño de Santa Cristina



'Después de la Verdad, nada es tan bello como la ficción'


[Antonio Machado]


Hablar de esta auténtica maravilla del Arte Asturiano, implica, necesariamente, hacerlo desde el punto de vista de uno de los conceptos que mejor la definen: Armonía. Armonía que no se centra, exclusivamente en el templo y sus áureas proporciones, sino que se extiende, formando un conjunto indivisible, con el extraordinario entorno en el que se ubica: las montañas del concejo de Lena.

Si obviamos el único detalle que desentona en este conjunto, y obviamos también la ruidosa molestia que produce -me refiero a la autovía A66 o Vía de la Plata- tendremos la visión de un lugar idílico, semejante a los paisajes bucólicos aunque entrañables en los que se embarcaban los grandes maestros de la pintura romántica del siglo XIX.


Influenciados, pues, por esta bucólica ventana romántica abierta a la percepción, permitamos que nuestro ensueño comience a pie mismo de esa colina conocida como Vega de Rey. En ella, y situado junto a una casa de blancas paredes, rodeada por un murete de piedra y algunos árboles frutales en el pequeño huerto interior, descubriremos un sencillo cartel que, señalando hacia un caminillo que corcovea como una pequeña sierpe hacia las alturas, nos invita a adentrarnos en un pequeño bosquecillo.







No ha de extrañarnos, si en nuestro pacífico paseo nos cruzamos con algunos personajes característicos de la fauna local, que según el grado de curiosidad que despertemos en ellos, nos acogerán de una u otra manera. Seguramente, el encrespado gallo se nos acerque con actitud desafiante, temeroso de perder su autoridad ante un gallinero que le observa con atención; el chivo, por el contrario, nos recompensará con una total indiferencia, aunque pasemos a escasos centímetros de donde se encuentra recostado, rumiando con deleite la fresca hierba rociera. No hay que descartar, tampoco, la malhurada regañina del perro perdiguero, cuyo olfato ha detectado un olor diferente al de costumbre y quiere ganarse la comida, ladrando hasta la congestión de sus pequeños pulmones.

Pero imaginemos, que sólo son detalles pasajeros, como esa nube, perezosa y rebelde, que se resiste a dejarse llevar por el fresco aire de la montaña, y durante algunos segundos nos oculta un sol que en modo alguno se ha visto eclipsado por la sombra de la luna. Una dulce brisa, meciendo las hojas de los árboles, que nos recompensa con un dulce susurro de campanillas, mientras ascendemos por un camino empedrado, que quizás formara parte, hace milenios, de esas calzadas trazadas por los conquistadores romanos, que tanta dificultad tuvieron en sojuzgar una región relativamente pequeña.




A mitad de camino, la pequeña abertura de una cueva, censurada su entrada por una verja de hierro, nos hará plantearnos la cuestión de un posible eremitismo, e incluso, pensar en la posibilidad de alguna reminiscencia cultual anterior, paleolítica, rica en la mayoría de las cuevas de la cornisa cantábrica, que tantos y tan extraordinarios tesoros esconden en su interior.


Llegados a la cima de la colina, inmóvil sobre un apacible mar de relajante tonalidad verde esmeralda, veremos un arca prodigiosa que permanece adormecida desde hace algo más de un milenio. Merece la pena sentarse sobre la blanda hierba y contemplarla en toda su extensión: proporcionada y geométricamente perfecta, con su planta en forma de cruz, de serena elegancia y porte humilde, recatado; sin señas de identidad, a excepción de ese estilo particular que la presupone nacida en la imaginería de los talleres ramirenses, sin servirse de la misma mano, sin embargo, que diseñó el Naranco y Lillo. Enigmática en su resignada soledad, pero custodia, no obstante, en su interior, de huérfanos visigodos, joyas de un mundo perdido, cuyas paredes aún sofocan los ecos triunfales de antiguos loes a Iupiter Tonante y otras divinidades ancestrales, tiempo ha olvidadas de la memoria de los hombres.

6 comentarios:

Baruk dijo...

No he andado yo aún por esas maravillosas tierras, así que sólo puedo decir: "muy bien dicho, caminante."

Abracines

juancar347 dijo...

Pues deberías, porque te aseguro que se esconden verdaderas maravillas. De hecho, mañana vuelvo otra vez y espero regresar con cosas muy interesantes.
Un abrazo, Barukiña

Baruk dijo...

...mañana! ...pero que dices caminante!?

En fin, al menos envianos una fotito desde donde estes, jó.

Buena ruta!

juancar347 dijo...

Gracias, os la haré llegar al regreso, pues el móvil está peleado con las fotos. Pararé a la vera del Monsacro, y desde allí, pues intentaré acceder a algunos lugares de los concejos de Quirós, Proaza y Santo Adriano...

KALMA dijo...

Hola Juancar! Ya he vuelto, o mejor dicho: hemos vuelto!
Una entrada mágica, para dejarse llevar por ti, que bien defines el entorno, a pesar de la carretera, puedo respirar el viento fresco e imaginar el paisaje. Unas fotos geniales de uno de los templos que para esta bruja tiene más significado, para mí Santa Cristina y Santa María del Naranco son dos joyas que no me canso de descubrir, porque cada vez que las veo ¡Las descubro!
Un beso.

juancar347 dijo...

Hola, bruja. Me alegra saberte de regreso. Lo bueno, precisamente por eso, por ser bueno, es también breve. A veces la imaginación abre puertas, o ventanas a la percepción; creo que es saludable dejarse llevar por ellas y mirar estas maravillas desde otra perspectiva menos profesional y más humana, cuando no espiritual. Es difícil visitar un lugar como el que ubica a ésta pequeña maravilla arquitectónica y no dejarse influenciar; hasta el punto, de que cada vez que echo mano del baúl de los recuerdos, puedo llegar a sentir, incluso, ese olor especial de los valles montañeses; el tintineo de las hojas convertidas en campaniles por el suave aliento del viento...En fin, un lugar especial para el ensueño. Un abrazo