martes, 28 de agosto de 2012

El Pantocrator de Castroquilame



'Miré y he aquí que un viento huracanado venía del norte, una nube grande, con fuego que relampagueaba continuamente y claridad alrededor y dentro de él como el centelleo del bronce en medio del fuego. En su centro aparecía la figura de cuatro seres vivientes, cuyo aspecto era éste: tenían forma humana, pero cada uno tenía cuatro aspectos y cuatro alas cada uno. Sus piernas eran rectas, y las plantas de los pies eran como las pezuñas de un ternero. Brillaban como el centelleo del bronce bruñido. Tenían manos humanas por debajo de las alas, a sus cuatro lados. Los cuatro tenían rostros y alas. Sus alas estaban unidas la una a la otra, no se volvían al andar, cada uno iba de frente hacia adelante. En cuanto a la forma de sus caras, una cara de hombre y una cara de león a la derecha de los cuatro, una cara de toro a la izquierda de los cuatro y los cuatro tenían cara de águila. Tales eran sus aspectos. Sus alas estaban desplegadas por encima, cad auno tenía otras dos alas que se unían la una a la otra y otras dos les cubrían el cuerpo. Cada uno iba de frente hacia delante, iban hacia donde el viento los impulsaba, sin volverse al andar...' (1)

No estaría de más, antes de meternos en detalles sobre ésta auténtica joya románica, que es el Pantocrátor que actualmente se conserva en la parroquial, señalar que Castroquilame es un pequeño pueblecito berciano, al que se accede siguiendo una ruta interesante y tremendamente significativa. Una ruta, eminentemente mistérica, sobre la que se cierne, aún viva en la memoria popular, la sombra de unos caballeros -los templarios-, cuyo recuerdo, en la figura de uno de sus grandes Maestres, Guido de Garda, aún se continúa conmemorando todos los veranos en la que fuera su fortaleza principal en la región: el castillo de Ponferrada.
Una ruta que, siguiendo el curso sinuoso de un emblemático río Sil en dirección a la vecina provincia de Ourense -una de las primeras poblaciones orensanas que se encuentra el viajero es O Barco, tristemente famosa por el pavoroso incendio sufrido este verano- deja atrás lugares como Cacabelos, donde en la puerta de su sacristía, hay un grabado genuinamente único, que muestra al Niño Jesús jugando a cartas con San Antonio, si mal no recuerdo; Priaranza del Bierzo, donde un centinela del Temple saluda y despide a viajeros y peregrinos, desde la garita de su árbol sagrado; el castillo de Ulver o de Cornatel, donde los fratres milites no sólo protegían al peregrino y le ofrecían hospitalidad en su andadura trascendental hacia el Oeste, sino que también controlaban el acceso hacia esa milenaria ruina montium, que son Las Médulas; Las Médulas, en el que posiblemente sea su mirador más popular y conocido, el de Arellán, en las cercanías de Borrenes, donde hubo un castro celtíbero y un hospital para peregrinos; y sobre todo, para los amantes de la belleza y las leyendas, Carucedo y su lago. Un lago en el que habita, desde tiempo inmemorial, una xana encantada, bien conocida en la vecina provincia astur: Carissia o Caricea.
Un recorrido, pues, que rodeando el entorno mítico de Las Médulas, nos conduce hasta un segundo mirador, el de Vega de Yeres, y a continuación de éste, a escasos kilómetros, a Castroquilame y su ancestral historia perdida.

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Decir que este es uno de los tres Pantocrátor que sobreviven en la provincia de León, conlleva dejar, también de manifiesto, esa ácida sensación que asola al preguntarse, o mejor dicho, al hacerse cábalas acerca de las irreemplazables pérdidas patrimoniales y culturales, que han hecho de nuestra Historia un puzzle que ni siquiera la memoria puede completar. Dicho esto, no habrá de extrañarnos saber, que ésta auténtica reliquia, es ajena a la parroquial que la cobija, y pertenecía a una ermita cercana, venida a menos. Habría mucho que añadir, por otra parte, acerca del rico y a la vez antiguo simbolismo que recrean estas figuras que rodean a un Cristo in Maiestas. La Biblia, al comienzo de la visión de Ezequiel, ya nos ofrece una buena prueba de ello, trayéndonos a la memoria las representaciones primordiales que posteriormente serían asociadas a los figuras de los cuatro Evangelistas. Pero no es el único testimonio bíblico, este de Ezequiel; encontramos aún otra referencia en el Apocalipsis de San Juan, un texto difícil, complicado y visionario, en un principio considerado como apócrifo pero que, no obstante el detalle, conforma una parte esencial de ese conjunto cosmogénico, que hoy constituye una Biblia Vulgata, al alcance de todos.
Fuera éste o no, el discípulo amado de Jesús -no olvidemos las numerosas reflexiones que al respecto se han volcado por la figura de María Magdalena- en sus visiones, coincide prácticamente con la visión de Ezequiel, no obstante, siendo su descripción, la siguiente: Al punto fui arrebatado en espíritu. Y vi un trono colocado en el cielo y sobre el trono a uno sentado. El que estaba sentado tenía un aspecto semejante a una piedra de jaspe y sardónice. Y el nimbo que rodeaba el trono tenía el aspecto de una esmeralda. Alrededor del trono vi veinticuatro tronos y sentados en los tronos veinticuatro ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro sobre sus cabezas. Del trono salen relámpagos y voces y truenos. Ante el trono están ardiendo siete antorchas de fuego, que son los siete espíritus de Dios. Delante del trono hay como un mar transparente, semejante a cristal. Y en medio del trono y alrededor del trono, cuatro seres vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. El primero es semejante a un león, el segundo, semejante a un toro, el tercero tiene el rostro como de hombre y el cuarto es semejante a un águila en vuelo...(2).
Situado por encima y a la izquierda de la puerta -que no pórtico- de acceso al templo, lo primero que llama la atención en este singular Pantocrátor, es que conserva prácticamente la totalidad de su policromía original. A cada lado de la mandorla -o vulva, según se mire- que conforma el habitáculo crístico -un Cristo coronado, que hace el gesto de bendecir con la mano derecha, mientras la izquierda sujeta un libro abierto, siendo las peanas de su trono dos animales, posiblemente dos leones- cuatro formas nimbadas, representan a los cuatro Evangelistas; un ángel, sustituye la figura del hombre, y el león y el toro tienen, si no las seis alas de las visiones de Ezequiel y Juan, sí las dos que recuerdan las representaciones sagradas de la mitología mesopotámica. Esto no sería extraño, en principio, si tenemos en cuenta las consideraciones de Robert Graves y Raphael Patai (3) en cuanto a que muchos de los mitos hebreos, tuvieron su origen en las cosmogonías mesopotámicas y egipcias. Pero aunque los hay en templos de otras latitudes, posiblemente constituyan uno de los escasos ejemplos que se puedan encontrar en este lado de la Península. Bien se podría afirmar, por tanto, que nos encontramos aquí con una pieza verdaderamente monumental, digna de admiración y, por supuesto, de un profundo estudio. 

(1) Ezequiel, 1,1.
(2) Apocalipsis, 4, 2-8.
(3) Robert Graves y Raphael Patai: 'Los mitos hebreos', Alianza Editorial, S.A., Madrid, 1986.

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4 comentarios:

Baruk dijo...

Ha sido un buen repaso sobre el tetramorfo biblíco, a la vez de una grata sorpresa toparse con ese tímpano incrustado. Desconocido para mi lo encuentro muy gracioso.

:)

juancar347 dijo...

Hola, Baruk. En realidad, al menos lo de Ezequiel me vino a la memoria según contemplaba esta pequeña maravilla, sobreviviente de un 'mundo en extinción', si se me permite referirme así al románico de León. Y es una lástima, porque viendo retazos sueltos, como el presente, uno puede suponer la riqueza que tuvo que tener en su tiempo. Sobre ella, prefiero no hacerme preguntas. No creo que sea muy conocido, este Pantocrátor, y en honor a la decendia, añadiré que yo lo conozco gracias al señor Alarcón. Él sí sabía lo que buscaba y fue precisamente él quien me llevó. De manera que el mérito de su 'descubrimiento' es totalmente suyo. La responsabilidad de lo escrito aquí, eso sí, solamente mía. Pero de una u otra forma, esto me recuerda que, en el fondo, y lejos de exclusividades, sigo insistiendo en que no hay nada nuevo bajo el sol.
Un abrazo

Alkaest dijo...

Se derramaba el atardecer por aquellas sierras fronterizas, y el pueblo de Castroquilame se iba ensombreciendo, cuando arribamos allí entre barrancos y frondosos bosques de robles y castaños.
Pueblo humilde, que conoció tiempos mejores, cuyo horizonte se enrojecía con el sol poniente, mientras comenzaba a soplar una brisa cortante.
Sin embargo, allí estaba la piedra labrada, mirándonos desde el muro, con una nostalgia de siglos. Interrogándonos, mientras la interrogábamos.
Vision fugaz, de una época perdida. Resto de unas creencias simbólicas, restos del trabajo de un sabio cantero medieval.
Hoja caida del árbol de la historia, emparedada lejos de su lugar de origen.
Pero tan bella, tan enigmática en su aparente claridad.

Una tarde mágica, con su punto de brujería... Porque algún "trasgo" debía andar suelto, ya que mi tarjeta fotográfica, de repente, se "auto-destruyó", echando a perder todo el trabajo fotográfico de un día de viaje.

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

Es cierto: 'la hora bruja' nos deparó,casi repentinamente, de un extraordinario preludio al ocaso. También fue un inconveniente, porque eso nos impidió continuar indagando, aunque a único vecino que encontramos paseando por los alrededores de la iglesia, poca o nula información pudo darnos, remitiéndonos 'a las mujeres' que, según él, eran las que entendían de nombres de iglesias, ermitas, etc. Aún así, bien se puede decir que nos fuimos con un pequeño tesoro en las alforjas. Y si te sirve de consuelo, ese mismo trasgo o duende, quizás fuera el que se cargó también mi disco duro y buena parte de los tesoros conseguidos con mucho esfuerzo por esos infinitos Caminos. Generalmente, los manes se conforman con una piedra; pero a veces, exigen sacrificios. Al menos, me consta que estas fotos no te faltan. Un abrazo