domingo, 13 de enero de 2013

Ocariz: Nª Sª de la Asunción


En la denominada llanada alavesa oriental, no muy lejos de Araia y podríamos decir que entre medias de dos poblaciones que destacan, cuando menos, por sus importantes vestigios megalíticos, como son Eguilaz y Arrizala (1), se sitúa la pequeña población de Ocariz (Okariz, en euskera). Una población, que ya en su nombre, debería llamarnos poderosamente la atención, porque hace referencia a esas guardianas del Conocimiento, y por defecto, a ciertas hermandades de canteros, cuya presencia, simbólica y trascendente, tiene una estrecha relación con el Camino de Santiago: las ocas. De hecho, por este mismo lugar, no es difícil ni deber sorprendernos encontrarnos con todos aquellos peregrinos que, una vez atravesado el Paso de San Adrián y dejado atrás poblaciones no exentas tampoco de interés, como Zalduondo, se encaminan hacia la frontera navarra -en las cercanías de Larraona y los legendarios Montes de Urbasa- y uno de los lugares punteros del Camino, como es Estella, población que, aproximadamente, dista una cuarentena de kilómetros.
Cierto es, por otra parte, que en la actualidad poco habría de llamarnos la atención la moderna mole de su iglesia, dedicada -como viene siendo costumbre, una vez olvidada o modificada su primitiva advocación- a la figura mariana de la Asunción, si no fuera porque, en el transcurso de una restauración realizada en la década de los setenta, aparecieron algunos restos de interesante factura, pertenecientes, qué duda cabe, a su antigua fábrica románica. Básicamente, consistes éstos en sillares, algunos capiteles, modillones y dovelas, incluyendo una pequeña portada, que se localiza en el lado sur.
Por sus detalles, más cuidados, posiblemente, que en muchos otros templos de la zona, algunos especialistas hacen hincapié en la influencia ejercida por toda la región, de ese foco inconmensurable, energético y artístico, constituído por uno de los más impresionantes santuarios alaveses: el Santuairo de Estíbaliz, lugar cuyas impresiones y pormenores, constataré más adelante.
Las hojas de acanto, características en el románico de la zona, se entremezclan aquí con otros motivos florales, entre los que sobresalen los tallos ondulantes, basados, posiblemente, en un original de época romana -la presencia romana en la zona fue importante, y de su rastro queda buena constancia, como se podrá apreciar en la siguiente entrada, dedicada a la ermita de Nª Sª de Elizmendi- que se localiza sobre la jamba derecha. Pero, sin duda, algunos detalles inducen a pensar en la universalidad de conceptos y diseños, cuya transmisión se iba produciendo a medida que las hermandades de canteros, generalmente itinerantes, se distribuían por las diferentes regiones peninsulares. Algunos ejemplos de estos motivos, podrían ser esos adornos con forma de diente de sierra, que a veces, distribuídos por el simi-arco de las portadas, podrían aludir al mar primordial y por defecto, a un simbólico bautismo por agua para todo aquél que franqueara el umbral del templo, y que también, en otros ámbitos, se interpreta como alusiones a la figura de la Gran Diosa Madre, llegándose a encontrar pintados en las cámaras de algunos dólmenes, como sería el caso del conocido dolmen sobre el que se eleva la ermita de la Santa Cruz, en la población asturiana de Cangas de Onís. Estos motivos dentados, se localizan también en otro curioso templo asturiano, el de San Pedro de Arrojo, en el concejo de Quirós, con la particularidad de que junto a ellos, aparece también una curiosa figura de ave, de origen normando, más característica, por su abundancia, en el románico de la zona de Villaviciosa, aunque constatable en otros concejos vecinos, como sería el de Siero y su curiosa iglesia de San Esteban de Aramil o de los Caballeros.
Las alusiones simbólicas de carácter solar, también son visibles entre los detalles sobrevivientes, y al igual que en numerosos templos románicos, cabe destacar la presencia de pequeñas cabezas que, en solitario, podrían hacer una alusión a la ancestral creencia celta de que el alma se localizaba precisamente en la cabeza y para evitar la metempsícosis, es decir, la reencarnación de los guerreros enemigos muertos en combate y evitar que volvieran para combatirles, solían colocar sus cabezas en los dinteles de las puertas. Una creencia que, después de todo, y posiblemente de un modo supersticioso, se mantuvo en algunos templos cristianos, pudiéndose citar, como ejemplo, el templo de San Vicente de Serrapio, en el concejo asturiano de Aller, en cuya fachada principal, y colocados en fila, se encontraron tres cráneos humanos cuando se procedió a su restauración.

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(1) Referencia a los dólmenes de Aitzkomendi y Sorginetxe, respectivamente.

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