miércoles, 9 de octubre de 2013

La magia simbólica de San Juan de Amandi


Si de mensajes y detalles comentábamos algunos de los pormenores de la iglesia de Santa María de la Oliva, apenas un insignificante kilómetro de distancia, nos supondrá un agradable paseo para introducirnos en otro de los templos más extraños y significativos de este ancestral Concejo de Maliayo: San Juan de Amandi. Un nombre, este de Amandi, sobre el que ya hubo algunas especulaciones en el pasado (1), acerca de su parecido fonético con el Amenti egipcio, y que, situado como éste, también hacia el Oeste, nos señalaría, curiosamente, hacia ese camino vital, marcado por las estrellas de la Osa Mayor, que ya recorrían pretéritas civilizaciones y culturas, mucho antes de que la legendaria barca de piedra que transportaba los restos del Apóstol Santiago arribara a las costas de Padrón, dando origen a ese auténtico fenómeno cultural conocido como Camino de Santiago. Como curiosidad, añadiré que existe otro pueblo llamado Amandi, en plena Rovoyra Sacrata lucense –de ahí, posiblemente, el que sea también nombre de uno de los vinos más reconocidos de la región, junto con el ribeiro y el albariño, como comenta el fallecido Padre don Elías Valiña (2)-, situado a escasos dos o como mucho tres kilómetros de distancia de un interesante monasterio, como es el de San Vicente de Pombeiro y a unos veinte kilómetros, aproximadamente, de otro cenobio no menos fascinante, de origen suevo, o visigodo, para más señas, como es el de San Vicente de Atán. Posiblemente, uno de los misterios más fascinantes que nos aguardan en este templo de San Juan, sea esa confusión en cuanto a las fechas, que trae de cabeza a los investigadores, y que en algún caso, lo situarían en periodos prerrománicos, que nos conectarían con una Protohistoria de vértigo, pero que también podría indicarnos la posibilidad de que los sillares de la actual iglesia románica se eleven sobre otros mucho más antiguos, que a su vez se elevaron sobre un templo pagano anterior. No sería extraña tal situación, si nos atenemos, como ejemplo relevante, a otro espectacular conjunto sacro asturiano, como es la iglesia de San Vicente de Serrapio, en el Concejo de Aller, que cuenta entre sus antecedentes históricos, con un templo celta sobre el que posteriormente los conquistadores romanos elevaron otro templo en honor a Júpiter. Sea como sea, y obviando a partir de ahora, los escabrosos detalles inherentes a su antigüedad, lo cierto es que en este lugar se nos plantean múltiples desafíos que, a la postre, suponen, cuando menos, continuos jaques a la especulación, los cuales conllevan conclusiones con las que se puede o no estar de acuerdo, pero que suponen, después de todo, la posibilidad de planteamientos que pueden acrecentar que una visita suponga, al fin y al cabo, una insuperable experiencia de contemplación y discusión, siempre dentro de un entorno de incomparable belleza. Lo más oportuno, quizás, sea comenzar a desvelar algunos de estos enigmas, comenzando por uno de los detalles más singulares, que hemos de encontrarnos en su portada oeste o principal: la presencia de las denominadas aves de tipo normando, que llaman particularmente la atención, constituyendo el motivo principal de las arquivoltas. Es interesante que nos fijemos en este detalle, porque volveremos a encontrárnoslo, no sólo ocho kilómetros más adelante, en el Santuario de Santa María de Lugás, sino también en algunos otros lugares fuera de las lindes de este Concejo, como podría ser la iglesia de San Esteban de Aramil -o de los Caballeros, recordemos este nombre- localizada en el vecino Concejo de Siero. Esta presencia, nos puede suponer también retos, no sólo a la interpretación de estas curiosas aves -tan identificadas con el alma humana y ese otro sentido del Conocimiento aparentado con las aves y su conexión entre la tierra y el cielo- sino, a la vez, a ese fascinante periodo histórico en el que, una vez salvaguardadas las terribles incursiones vikingas que asolaban las costas atlántica y cantábrica, comenzaron a jugar un papel fundamental en el comercio las rutas marítimas, que junto con el trasiego propio del negocio de la mercadería, generaban un tráfico de personas, entre las que no sólo habría que destacar la figura del peregrino, sino también la de numerosos canteros y gremios, que habrían de dejar muestra de su destreza por numerosos lugares de la costa y de su interior, aportando su particular visión espiritual o filosófica. De estas travesías, y retomando el Mar en su sentido simbólico de dador de conocimiento, no son pocos los objetos encontrados, Vírgenes y Cristos, en su gran mayoría, que dieron lugar a la generación de milagrosas historias y leyendas y la consiguiente creación de iglesias y santuarios a lo largo y ancho de las costas astures y gallegas. Un buen ejemplo de ello, lo tendríamos en Luarca y su desaparecida Virgen románica, encontrada en una cueva de los acantilados, aunque todavía se conserva una adorable Santa Ana Triple, también encontrada en el mar que, fabricada en alabastro, nos indica como referencia, a la vez, el importante comercio que hubo de este material, proveniente, principalmente, de unas costas, las británicas, cuyo protestantismo podría ser el origen de muchas de esas Vírgenes y Cristos devueltos milagrosamente por el mar, previamente desechados por marinos de su Graciosa Majestad. La falta de Virgen de época, quizás pueda tener alguna relación con un episodio descrito por Juan Cueto Alas (3), en el que refiere la destrucción de una imagen virginal de Villaviciosa -la Virgen del Portal-, durante la Guerra Civil, aunque no especifica el nombre de la iglesia a la que pertenecía.

 
Las alusiones a ese mar primigenio, no sólo dador de conocimiento, como se aludía anteriormente, sino también de vida, podrían complementar los motivos principales de la portada, observados en esas formas dentadas que semejan los vaivenes de las olas. Aunque elaborados, abundan los motivos vegetales, con la excepción de que, a la derecha, y algo tosco en su factura, que no parece corresponder con las genuinas labras del interior, nos encontramos unos misteriosos personajes, ataviados con largas capas, que parecen sostener ocas en sus manos, animal muy adecuado, cuando de Camino de Santiago se habla. Independientemente de las interpretaciones oficialistas, que ven en ellos parte del mensaje relativo a la adoración, sustituyendo las ocas por gallinas, no deja de llamar la atención –y posiblemente, así lo dispusieran los canteros para conseguir precisamente ese efecto sugestivo-, temática, que vuelve a repetirse en los capiteles interiores, cercanos a la cabecera del templo, e incluso, con algunas diferencias, en uno de los canecillos del ábside: tres representaciones de tres caballeros, cuyo aspecto, recuerda el atavío guerrero de los soldados de Cristo. Curiosa, cuando menos, la magia de los números.
Tal vez se trate de ocas, así mismo, las aves que curiosamente se aprecian entre los apóstoles –seis a cada lado- que aparecen rodeando el motivo central representado por Cristo, en el interior de una mandorla, el cual muestra un libro abierto en su mano izquierda, mientras que con los dedos de su mano derecha señala hacia arriba, hacia el cielo. Tanto en este, como en el capitel que vuelve a mostrarnos a los tres personajes con aspecto de guerreros y oscas en las manos, aparece otro motivo, que por su forma, podríamos adivinar una referencia al tronco de otro elemento simbólico de primera magnitud: la palmera. Motivo que también se recoge en el pórtico principal de una iglesia que queda al otro lado de la Ría: la de Santa Eulalia de Selorio. Seis son, también, las ramas que se aprecian en el Árbol de la Ciencia o del Bien y del Mal (4), que aparece entre medias de los infortunados Adán y Eva.
Pero si la magia de los números, no deja de ser un motivo interesante a tener en cuenta, las representaciones artísticas inherentes a la cabecera de esta iglesia de San Juan de Amandi cuentan, a la vez, con la presencia de un símbolo rúnico, perfectamente esculpido como motivo ornamental y no como marca de cantería, lo cual constituye no sólo un detalle bastante inusual, sino que permite sospechar con claves ocultas dejadas por los canteros, ignorándose con qué propósito y para quién estaban dirigidas. Águilas y centauros forman parte, así mismo, del elenco simbólico desplegado en Amandi, y en el caso de los segundos, antagónica a su naturaleza salvaje, está también la de maestro e iniciador. No muy lejos de ellos, otro capitel que muestra dos guerreros de caballería enfrentados, nos recuerdan uno de los temas más conocidos en el Camino de Santiago: la lucha entre el héroe Roldán y el gigante Ferragut, recordándonos, su visión, aquélla otra célebre representación que se localiza en otro capitel del palacio de los Reyes de Navarra, en Estella. Como en Santa María de la Oliva, también aquí hay referencias cinegéticas donde prima la figura totémica del jabalí. Un jabalí, la forma de cuyo rabo, vuelve a recordarnos esas curiosas marcas de cantero, con forma de serpiente, que se localizan con bastante frecuencia en el norte y el noroeste peninsular.
Daniel y los leones, también es otro tema que, haciendo referencia al conocimiento, en opinión de algunos autores (5), dejó consignado el cantero, situado no lejos de lo que, a juzgar por las apariencias, podría ser una visión particular del degollamiento del Bautista. El otro Juan, el Evangelista, también está representado, con su apocalíptico libro entre las manos y surgiendo de la foresta, representación que, dicho sea de paso, se localiza también en la cercana población de La Lloraza y su emblemática iglesia dedicada a la figura de Santa Eulalia. Los músicos, entre los que observa diversidad de instrumentos, y la lucha libre, completan los principales motivos.
Por último, merece la pena señalar la existencia de un altar externo, como en el caso de San Salvador de Fuentes, que pudiera estar situado, quizás –es sólo una posibilidad- en el antiguo emplazamiento de alguna ara de origen precristiano. Detalle que puede resultar bastante frecuente en algunos lugares del Principado, entre los que se puede citar Pedroveya, y el que se localiza en las inmediaciones del denominado desfiladero de las Xanas.
 
(1) Juan García Atienza: 'Los supervivientes de la Atlántida', Editorial Martínez Roca, S.A., 1978.
(2) Elías Valiña_ 'El Camino de Santiago- Guía del peregrino a Compostela', Editorial Galaxia, Vigo, 1992, página 212.
(3) Juan Cueto Alas: 'Guía secreta de Asturias', Editorial Al-Borak, S.A., 2ª edición, Madrid, 1976, página 238.
(4) Como dato anecdótico, un árbol similar, de seis ramas, aparece también en la basa de una de las columnas de la cabecera de la interesante iglesia de San Salvador, en la población lucense de Vilar de Donas, donde lo interpretan –según me comentaron y a instancias del párroco local- como el Árbol del Diablo.
(5) Por ejemplo, Juan García Atienza, que opinaba que las representaciones de Daniel y de Sansón, representativas dos opciones diferentes de alcanzar el Conocimiento.

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