domingo, 24 de noviembre de 2013

La Ruta de los Salvadores pasa por Fuentes


Obviando para mejor ocasión, los interesantes templos de Valdebárcena y el Valle de Boides y de regreso a las afueras del casco urbano de Villaviciosa, apenas a unos dos kilómetros pasado el cementerio, encontraremos, a nuestra derecha, un estrecho caminillo que en apenas cuarenta metros de pronunciado descenso, nos dejará frente al pequeño prado donde se levanta la iglesia de San Salvador de Fuentes, consagrada por Adeganeo, obispo de Oviedo, en el año 1023. Si bien es cierto que muy modificada en la actualidad, su ábside rectangular, así como las dos hileras de canecillos que conserva en los lados norte y sur de éste, ya nos ponen en antecedentes de que fue levantada en un periodo de transición, que se iba alejando de las excelencias del antiguo Arte Asturiano o prerrománico, adaptándose a las nuevas circunstancias de un románico que, aunque primitivo al principio, comenzaba a asentarse cada vez con mayor fuerza y belleza en el reino de Asturias. La temática de los canecillos, si bien simple en su ejecución, no dejan de ser interesantes, pues nos ponen en contacto con una serie de símbolos bastante persistentes en la mentalidad popular de la época. En ellos, pues, veremos la presencia del buey o la vaca, característicos de la región, cuya visión es más que posible que se fuera extendiendo a otros lugares de la Península, a medida que avanzaba la Reconquista. Junto a éste, figuran algunos otros canecillos de interesante simbología añadida, como el antropófago, que bien pudiera hacer referencia a Saturno, o al Padre Cronos; es decir, al Tiempo devorando a sus hijos, una ornamentación destinada a hacernos ver la fugacidad de la propia existencia, donde la vida, después de todo, no es más que vanidad y humo, como no se cansarían de proclamar los poetas de todas las generaciones. Temática simbólica, que posteriormente sería asumida en muchos templos asturianos, en los que era frecuente encontrarse con una calavera -situada, generalmente, a la entrada del templo, junto a la benditera- acompañada de pequeños textos que, a grosso modo, venían a meter en cintura al fiel, con alegatos como tú también serás como yo, si bien es cierto, que con la presencia de estas calaveras, también se recordaba la antigua costumbre celta de cortar las cabezas de sus enemigos y encajarlas en los umbrales de sus hogares, evitando con ello que éstos se reencarnaran para volver a combatirles y de paso, protegiéndose de la venganza de sus espíritus. Uno de los casos más relevantes, posiblemente sea el de San Vicente de Serrapio, en el concejo de Aller, donde se localizaron tres calaveras humanas encajadas en la pared por encima de una pequeña benditera. Otro elemento similar, y que de alguna manera recoge parte de ese mundo mitológico astur, es la presencia del terrible cuélebre, serpiente monstruosa o dragón, en el interior de cuyas fauces se observa una cabeza humana, cuyo significado se podría afrontar de muchas maneras, dejando, como elemento de meditación para el lector, el detalle de que no siempre las cosas son lo que parece, sobre todo si se observa el rostro tranquilo del personaje en cuestión y se tiene en cuenta que, independientemente de la identificación con el Diablo y el pecado, la serpiente siempre ha sido un símbolo de sabiduría y conocimiento.
Dada su situación, en lo que justamente denominó Víctor Guerra -vecino de Villaviciosa y buen conocedor de la Asturias mágica- la Ruta de los Salvadores, conformada por templos que se situaban estratégicamente en el camino que seguían los peregrinos hasta Oviedo, no deja de llamar la atención la existencia de un altar exterior, que si bien pudo haber sido utilizado en tiempos para la bendición de los animales, también es plausible pensar en él, como el lugar -mágico, volvemos a repetir, dentro de las características que se localizan en esa mencionada Ruta de los Salvadores- donde en tiempos se elevara algún ara donde los antiguos celtas realizaran sacrificios y libaciones a sus dioses.


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