martes, 3 de junio de 2014

San Fiz de Cangas



Otro de los lugares que merece la pena visitar, donde incluso Cronos pinta canas y el misterio invita a la reflexión, no es otro que ésta iglesia, testimonio notable de lo que en tiempos fuera un singular monasterio, el de San Fiz de Cangas. Aislado en mitad del campo –en las proximidades, y lo comento como dato anecdótico, se puede apreciar el arte tan singular que antiguamente se desplegaba incluso en la construcción de palomares, lo que nos da una idea, también, de la importancia que tenían-, y a una distancia aproximada de tres kilómetros de Ferreira de Pantón y su monasterio de sórores cistercienses, bajo la advocación de Santa María, como no podía ser de otro modo, también aquí, en San Fiz, las donas jugaron un papel relevante, hasta ser incorporadas definitivamente al monasterio de San Paio de Antealtares. Ocurría esto, en el año 1515, si bien hasta entonces, la comunidad monástica gozaba del peculiar y poco común privilegio de la independencia.
Acerca de sus orígenes, algunas fuentes los remontan, cuando menos, a época visigoda, observación que podría ser perfectamente plausible, pues ya en parte de su estructura encontramos detalles que nos recuerdan las plantas basilicales características de los edificios religiosos de dicha época. Pero a diferencia de otros cenobios similares, si bien no existe –o no se ha descubierto hasta el momento, corríjanme, por favor, si me equivoco-, documentación que proporcione algún tipo de información fidedigna acerca de la fecha de su fundación, se sabe, no obstante, que aparece citado ya como monasterio de monjas benedictinas, en una fecha tan temprana como es la de 1108. Sin embargo, el conjunto que se ofrece a la vista actualmente, abarca periodos –siempre según refieren los especialistas-, que se extenderían desde el siglo XIII, hasta las últimas alteraciones conocidas, como las realizadas en el siglo XVII en uno de sus tres ábsides, para levantar la capilla panteón del que fuera comendador de Anguera, don Rodrigo López de Quiroga. En base a ello, puede ser interesante destacar que de los ábsides sobrevivientes, el central o principal, es de forma poligonal, detalle sobre el que se puede especular, espero que de una manera consecuente, añadiendo que dicha forma, inhabitual aunque no desconocida en los templos gallegos de la época, era sin embargo utilizada, entre otros, por un Maestro muy particular; un Maestro que dejó su huella, cuando menos, en dos lugares muy concretos y significativos del Camino de las Estrellas, como son las importantes catedrales de Santiago de Compostela y de Pamplona: el Maestro Esteban.
 
Ahora bien, estos detalles en cuanto a antigüedad, alteraciones, formas y maneras, quizás puedan ser factores que nos ayuden a entender la dificultad que conlleva la interpretación de los motivos -se podría sugerir la posibilidad de que fueran mucho más antiguos que el resto-, que decoran, en su conjunto, el tímpano de la portada oeste, que es, de hecho, la que más llama la atención generalmente. A este respecto, se podría añadir, que no sólo resulta curioso, sino a la vez desconcertante observar la simbología desplegada en los diferentes elementos que conforman dicha portada, y que además de los recogidos en el semicírculo del tímpano, llaman poderosamente la atención. Sobre todo, aquellos, también, que conforman las basas donde se asientan las arquivoltas, y que consisten, a priori, en símbolos tan peculiares e interesantes, como son el lobo y la espada.


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Pero antes de adentrarnos en las singularidades de éstos, tal vez resulte conveniente detallar, en lo posible, aquellos que, como se ha dicho, dividen el tímpano en dos partes bien diferenciadas: la de arriba, compuesta por una cruz griega, a cuyos extremos se advierten sendos objetos que podrían interpretarse como un sol y una luna y constituir un arcaico calvario en el que, por circunstancias quizás de espacio, faltan precisamente las figuras principales, que no serían otras que el propio Crucificado, el Evangelista y/o la de Migdal o Magdala, figura ésta muy controvertida, cuyo culto, muy generalizado durante ciertos periodos, fue siendo paulatinamente sustituido por el culto a la figura de la Virgen. La segunda parte en la que se divide el tímpano, recoge elementos aún más crípticos si cabe: a la derecha, y por su forma, se advierte una figura que podría representar un triple recinto celta; en el centro, una especie de cruz aspada, similar, en esencia a un símbolo solar por antonomasia, como es la esvástica y a la izquierda, mucho más críptico aún que los anteriores, un posible, y sólo digo posible, arbor vitae, elemento éste muy presente en numerosos templos gallegos, fuera o dentro de los límites del Camino Jacobeo, siendo un ejemplo representativo, aquellos que se localizan en el tímpano de la portada sur de la también iglesia lucense de San Salvador de Sarria. Elementos que, en su conjunto, podrían sugerir cuando menos extrañeza de encontrarse en un cenobio femenino e inducir a plantearse preguntas como, por ejemplo, si dichos elementos fueron reutilizados de una construcción anterior o de alguna otra construcción cercana de la que no queda vestigio ni constancia; o bien, especular con la presencia en tiempos, o por defecto, en algún periodo indeterminado, de alguna orden militar –tal vez de canónigos regulares- como podría sugerirlo la presencia de la espada, así como también el detalle de la tumba anónima que se localiza en el suelo, situada concretamente enfrente de la referida portada y que ha de ser pisada, necesariamente, para acceder al interior. Costumbre que, si bien denota un sentido muy acusado de humildad y en modo alguno exclusividad, vaya esto por delante, sí es cierto, también, que fue practicada por determinadas órdenes militares medievales.
Otro dato mencionable, es la pequeña y a la vez estrecha portada que se abre en el lado norte. Una portada, en cuyo tímpano impera, inmersa en su círculo, una curiosa cruz de brazos florenzados y que luce, en ambos laterales, una especie de barril en el lado izquierdo y unos rollos de pergamino en el derecho. En el mismo sillar de estos últimos, aunque en el frente, cualquiera que pase por allí puede vislumbrar algo ciertamente desconcertante: un perfecto falo. Hasta aquí, que cada uno saque sus propias conclusiones.
Por último, aunque aparece en los primeros minutos del vídeo, el Calvario de madera que se encuentra algunos metros antes de la iglesia, es una reproducción fiel del original del siglo XIV, que se conserva en el Museo de las Clarisas de Monforte de Lemos.

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