lunes, 9 de marzo de 2015

La catedral de Santiago: meta de peregrinos


Sin duda, ya no lo es, pero cuando se inventó –o mejor dicho, cuando se reinventó el Camino, pues éstos y las peregrinaciones son tan antiguas como el mundo-, Santiago y su catedral suponían la meta de un viaje muy especial; un viaje peligroso, pero también fantástico y trascendental, cuyas vicisitudes volvían a poner en marcha el espíritu de un Occidente alto medieval que todavía se estremecía en las tinieblas posteriores a la caída del Imperio Romano, el avance incontenible de la caballería musulmana y el pavor irrefrenable hacia un holocausto mundial o fin del mundo, que agoreramente se vaticinaba con la proximidad de la llegada del fin del milenio. Por tierra, generalmente, pero también a través de ese mar –tenebroso, para la mentalidad supersticiosa de las gentes de la época, pero maestro, comparativamente hablando, cuyas olas depositaban en las playas y costas parte de un Conocimiento que no tardaría en convertirse en leyenda y culto, incluida la maravillosa arribada de los propios restos del Apóstol en una barca de piedra-, para conseguir, con su presencia y devoción, encender una tercera hoguera, que no tardaría en convertirse en una de las Luces más importantes de la Cristiandad, junto con las de Roma y Jerusalén.

Pero Compostela y su catedral son, desde luego, mucho más que un simple y frío estudio referido a unos ámbitos estilísticos, estadísticos y artísticos, que se han ido nutriendo y ampliando a lo largo del tiempo como un enorme y monumental mecano. Nada queda, por ejemplo, de aquélla primera iglesia mandada construir por el también primer peregrino histórico conocido –el Rey Casto, Alfonso II-, apenas conocida la noticia del descubrimiento de los sagrados restos. Poco o nada sabemos de los principales arquitectos que intervinieron en la edificación de los cimientos que vemos ahora, salvo que ese magistral Maestro Mateo, al que todo el mundo hace referencia en la actualidad, estuvo considerado, hasta tiempos relativamente recientes, como un oscuro arquitecto de la Corte del rey Fernando II de León; o que otro de los grandes maestros que intervinieron, el Maestro Esteban, es más conocido por haber intervenido en la ejecución de la catedral de Pamplona, que por la Puerta de Platerías de la catedral compostelana que se le atribuye, no siendo ni siquiera mencionado por Aymeric Picaud en su famoso Codex Calistino. Un Camino y una Historia que, un milenio después, vuelve a despertar pasiones y la atención de miles de peregrinos que avanzan penosamente hacia ese primitivo Campus Stellae siguiendo el rumbo marcado por las estrellas.

Hablar de Compostela y de su catedral, dedicada a la controvertida figura del Apóstol Santiago, el Hijo del Trueno –como Thor, ese combativo dios nórdico que adoraban los mismos normandos y vikingos que asolaban continuamente los litorales gallegos-, es hablar, por defecto, de Historia y de Espíritu; de personajes y misterios; de crónicas y leyendas; de milagros y batallas; de devoción y picaresca; del culto a los viejos lares de los caminos; del Finis Terrae, ampliando el antiguo recorrido de los celtas y otros pueblos de la Antigüedad. En definitiva: de un Camino de aprendizaje y sufrimiento. Pero por encima de todo, de un Camino de Fe.

No podía haber mejor colofón para este breve, pero espero que interesante viaje por parte del románico y la historia de una de las más singulares comunidades gallegas, como es La Coruña.

video

2 comentarios:

KALMA dijo...

Hola, Santiago, la catedral de mi hijo, colofón de peregrinos, que ven en esta inmensa obra su objetivo, el final del camino de las estrellas, donde sobre todo, una persona se encuentra a sí misma, esa es la sensación con la que siempre me he quedado de todo peregrino, consiguen el equilibrio interior necesario para seguir adelante renovado.
Una gran entrada Juan Carlos y un bonito vídeo, ahora, veía a los capiteles bailando al son de la gaita, jaja.
Un besote.

juancar347 dijo...

Hola, bruja. San-iago, yago, en efecto, como tu hijo, ja, ja. Tradicionalmente, se puede considerar el final del Camino. De hecho, se instauró así, con esa idea, pero era difícil no mantener las viejas rutas 'paganas', rutas de magia y santuarios que veneraban también las generaciones pasadas y que, como bien sabes, terminaban en Fisterra: el Fin del Mundo, el lugar donde el mar tenebroso engullía el sol todos los atardeceres. Es difícil llegar allí y no dejarse llevar, como bien dices, por una multitud de sensaciones, se sea o no peregrino, porque el Camino (o mejor dicho, los Caminos) son siempre sinónimo de magia, de aventura, de sensaciones, de espíritu, de sufrimiento y alegría, pero sobre todo, como también dices, de Renovación. Y todo eso se palpa en el ambiente, en las piedras, en los guiños ocultos de los viejos maestros constructores, aquellos de los que apenas nada sabemos, pero cuyo anonimato nos continúa pareciendo misterioso y mantenemos el empeño de intentar penetrar ese misterio en las siempre odiosas comparaciones. Compostela es un gran Mito y como todos los grandes Mitos, espera a cada uno con una cara siempre particularizada. Encantado de compartir sensaciones contigo. Un abrazo, bruji