sábado, 6 de junio de 2015

Catoira: Torres de Oeste


'Como baja del Padrón la barra de la Ulia para meterse en la Mar dos leguas de alli, à la una estan en el agua dos torres muy gruesas de muy buena fabrica, para defender aquel paso à Moros, y à Normandos, que como vemos en nuestras Coronica agora seiscientos y setecientos años entraban por alli...' (1).

Sin nombrarla explícitamente, Ambrosio de Morales, recopilador y notario oficial de reliquias para su Majestad, el rey D. Felipe II, nos describe un lugar que, a pesar de las apariencias, conserva el inigualable tesoro de su antigua y rica historia: Catoira y sus Torres de Oeste. Situadas prácticamente en la confluencia de las provincias de Pontevedra y La Coruña, a no excesiva distancia de lugares igualmente ricos en historia y tradición como Padrón, Noya y la propia Compostela, los restos mellados, desguarnecidos y semejantes a los antiguos menhires que los pueblos precristianos elevaban en honor de oscuras y olvidadas divinidades, todavía aguantan, con melancólica determinación, los embites, quizás menos gloriosos, del tiempo y unas generaciones que apenas les prestan atención, excepto a primeros de agosto, cuando el recuerdo se convierte en festividad y los antiguos paganismos resucitan viejos fantasmas que reclaman sus salvajes prebendas. Los temibles drakkar vuelven a surcar las aguas del viejo Ulla, repletas sus cubiertas de fieros guerreros nórdicos que agitan sus hachas de doble filo -como también antiguamente hacían los olvidados pueblos micénicos-, jurando y perjurando por Odín y por Thor. De hecho, en cualquier época del año, cualquiera que se presente por el lugar, observará, en la pequeña ensenada que sirve como puerto y refugio, que esas livianas naves que se bambolean suavemente al ritmo de las olas y que lucen en su mascarón de proa la cabeza del dragón o de la serpiente -los genéricos enemigos tradicionales del Cristanismo-, hace tiempo que cumplen su función psicopompa, esperando, año tras año, que las puertas del solsticio de verano liberen las almas de los guerreros que han de volver a danzar sobre las cubiertas, al son de una salvaje marcha de sangre y fuego.

Pero no sólo sobreviven esas melladas y prácticamente derruidas torres desde las que un día lucharon denodadamente y no siempre con éxito, valientes soldados que vendían caro su honor, defendiendo su sagrada tierra a costa de sus vidas. Junto a una de ellas, puede que el visitante se sienta embargado por la gracia de la ternura, al descubrir una pequeña y sencilla iglesia, sin ornamentación, sin avisos vanos ni amenazas, sin monstruos ridículos -como pensaba San Bernardo- ni adustos y severos hombres del Libro surgidos del corazón de la piedra como columnas-atlantes a punto de avalanzarse sobre los supersticiosos paisanos. Por el contrario, su sencillez, su alma de piedra, laja y mortero, semejante a esas ermitas perdidas en las montañas leridanas y oscenses, sus ventanales en forma de saeteras, apenas capaces de dejar penetrar unos débiles rayos de sol, incapaces de alterar las sombras del reducido sancta-sanctórum donde habita el Aliento Divino, invita a la reflexión y al recogimiento, a la contemplación y al sosiego, al acto íntimo de comunicación con la Deidad que, al fin y al cabo, y lejos de las penalidades de un mundo apocalíptico, ofrece consuelo al fiel y al peregrino.

Créase o no, ésta pequeña iglesia y estas torres arruinadas que descansan eternamente bajo la pálida luz de las estrellas de ese antiguo farol que para los navegantes y peregrinos constituía la Osa Mayor, estuvo ligada en tiempos a los grandes personajes de la Historia, del Camino y de la peregrinación, como el obispo Sisnando.



(1) 'Relacion del viage de Ambrosio de Morales, chronista de S.M. el Rey D. Phelipe II a los Reynos de León, Galicia y Principado de Asturias el año de MDLXXII', Ediciones Guillermo Blázquez, Madrid, 1985, ejemplar numerado Nº106, página138.

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