miércoles, 1 de julio de 2015

La iglesia de Santiago, en Barbadelo


Ligada no sólo al Camino, sino también a la propia esencia del Camino, la iglesia de Santiago de Barbadelo, es una auténtica reliquia que conoce bien todo peregrino que se aventura hacia Compostela siguiendo las etapas del Camino Francés a su paso por la espléndida comunidad lucense –de cuya capital dista algo menos de treinta kilómetros-, y recoge, así mismo, la admiración de toda persona apasionada por el Arte y, por qué no decirlo, también por el misterio. Cierto es, así mismo, que el tiempo no perdona y sus síntomas se manifiestan soberanamente importantes, hasta el punto de influir, con ese efecto colateral de censura que es la erosión, en la degradación de un magisterio simbólico, basado en paradigmas, creencias y concepciones que recogían, sine quanum, parte de la vorágine espiritual que envolvía los claroscuros del universo medieval en el que fueron concebidos. Mencionada la población por Aymeric Picaud en su celebérrimo Codex Calistinus, es fama que aquí, en Barbadelo, la picaresca añadida al Camino de Santiago empañara esa visión de fraternidad y solidaridad que solía caracterizar las rutas de fe que se dirigían a los diferentes santuarios, hasta el punto de ser un hecho, desagradablemente constatado, que los criados de los hosteleros compostelanos frecuentaban el lugar para embaucar a los peregrinos –en muchos casos, llegaban incluso a disfrazarse como tales, simulando el regreso de la Tumba del Apóstol-, recomendándoles posadas donde posteriormente eran maltratados y estafados por los dueños. De la iglesia, dedicada a la figura de Santiago, podría decirse, en principio y comparativamente hablando, que tiene ciertas similitudes, al menos estructurales, con aquella otra, dedicada a la figura de San Pedro, que se localiza en la pintoresca población orensana de A Mezquita, en la que, de hecho, se aprecian elementos prerrománicos anteriores. También, como en éste caso, la portada principal de la iglesia de Santiago, está orientada hacia poniente. Entre sus elementos más destacables, se observa la presencia del típico taqueado o ajedrezado generalmente denominado como jaqués, siendo los motivos de sus capiteles variados: bestias afrontadas, cabecitas surgiendo de la floresta, una probable alusión a Daniel y los leones y otro capitel, de difícil interpretación por su desgaste, en el que se aprecian varios personajes. No obstante, lo más curioso, sin embargo, puede que radique en su tímpano, compuesto por un personaje con los brazos flexionados; a uno y otro lado, se observan lo que bien pudieran ser dos estrellas, o quizás –aventurando lo que posteriormente se va a comentar-, un sol y una luna. Con respecto al personaje, caben diversas interpretaciones, porque si bien en principio pudiera tomarse como algún tipo de prelado o sacerdote oficiando o bendiciendo –como si la idea fuera que los fieles al traspasar el umbral así lo entendieran-, quizás no fuera tal, sino una posible referencia a la Crucifixión, cuya clave se encontraría en la parte interior, donde se aprecia una cruz, similar a las asturianas del tipo de la Victoria aunque con el añadido de una estrella o sol en su centro -¿una alegoría al Sol Invictus y la visión de Constantino, quien a raíz de la victoria en Puente Milvio proclamó al Cristianismo como la religión oficial del Estado?-, y los mismos astros en los extremos, aludiendo, si tal fuera el caso, al eclipse que se produjo con la expiación. Volviendo a las representaciones exteriores del tímpano –en el interior, y debajo de la cruz, consistirían éstas en motivos florales inmersos en círculos-, que estarían compuestas por dos series de círculos encadenados –en número de tres por cada lado-, que se unirían a uno más grande y central, en el que se aprecia un extraño ser de rostro animaloide. Simbólicamente hablando, en cada unión de círculos, se obtendría un símbolo tan antiguo como la Humanidad, ya identificado en multitud de representaciones paleolíticas que, conocido como Vesica Piscis, su forma, almendrada, terminaría dando origen a la popular mandorla, acogiendo éstas, generalmente, la figura de Cristo resucitado, triunfante y rey sobre la muerte, sin que ello sea óbice para no encontrar, así mismo, representaciones de la Virgen con el Niño e incluso, como en el caso de la portada de la iglesia soriana de Santo Domingo, auténticas rarezas denominadas como Trinidad Paternitas, donde la figura Materna es sustituida por la de Dios-Padre. Hay, además, otra curiosidad añadida en los aros: y es que en su interior se aprecian objetos, indeterminados también por el desgaste de la piedra, que recuerdan esas otras denominadas cajas mágicas en algunos círculos, que se aprecian en algunas portadas de otros templos del Camino situados tanto en Lugo como en A Coruña, los más, siendo uno de los ejemplos más significativos, el de la iglesia de Santa María de Melide. En su parte interior destaca, apenas traspasado el umbral y a la izquierda, el pequeño templete que conduce a la torre, cuyos capiteles muestran, mayoritariamente, motivos foliáceos. Pegada a uno de los muros, hay una pequeña pila de agua bendita, por encima de la cual se aprecia una cruz monxoi y de brazos patados. Cuenta, además la iglesia de Santiago, con otra pila románica, probablemente también del siglo XII, con forma de copa, que contiene arcos y motivos vegetales como tema decorativo. En el Retablo Mayor, barroco, destacan no sólo la figura del Santo titular y del Evangelista, con la copa en la mano, aunque sin la serpiente o el dragón gnóstico de la Sabiduría, como en otras representaciones, sino también un magnífico Cristo, probablemente gótico y algo deterioradas, casi ocultas en la parte superior, dos pequeñas imágenes: una Virgen con Niño y Santa Lucía. Por último, comentar que su portada sur, también historiada aunque de tímpano liso, contiene, como temas iconográficos de sus capiteles, leones afrontados y serpientes entrelazadas, con cabeza de dragón, bebiendo de una pila o fuente.

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