sábado, 10 de diciembre de 2016

Avila: iglesia de San Pedro


'Como lágrimas de melancolía cayendo en el abandono...'
[Gustav Meyrinck (1)]

No es baladí ni tampoco desproporcionada, esa curiosa sensación de familiaridad -a medida que contemplamos su portada principal según vamos atravesando el arco de una de las viejas puertas medievales-, que ésta iglesia de San Pedro va provocando en el visitante o en el curioso o incluso en el historiador, o sencillamente en el interesado en el Arte en general que, previa su visita a la teresiana capital avulense, haya realizado otra a esa notable, machadiana y pura cabeza de Extremadura que es la capital soriana, que languidece viendo pasar con infinita parsimonia las aguas caudalosas del viejo Duero a ésta parte de los Montes de Santa Ana y de las Ánimas, y recuerda a esa vieja, inconmensurable gloria, de parentela franca y habilidosas manos poitevinas, que es la iglesia de Santo Domingo -originalmente, de Santo Tomé-, la cual, en palabras de Gaya Nuño, recogería la distribución decorativa más rica, homogénea y armoniosa de la Península. Cierto es, no obstante, salvando lo insalvable, que si exceptuamos la austeridad decorativa -no así, ese formidable y cisterciense rosetón en forma de rueda que comparte protagonismo en el mismo en ambos templos-, y somos, cuando menos objetivos, no escatimaremos homogeneidad ni armonía a un templo que, como aquél, y a pesar del olvido y los ataques con gusto por el derribo y la componenda de tabiques característicos de ciertas épocas, fue ancla de historias y personajes, cuyos blasones en un tiempo figuraron en el éxtasis glorificador de una Historia matrona de la nobleza y hoy abono de archivo, polvo y telarañas cuyas páginas no siempre merecieron el dorado de la gloria.

Posiblemente contemporáneos -se estima hacia el año 1100 la construcción del templo avulense y se sabe que en el año 1170 contrajo matrimonio el rey Alfonso VIII con la princesa Leonor de Inglatera, en el soriano de Santo Domingo-, ambos parecen responder a un patrón de ejecución diferente -al menos en cuanto a técnica y estructura- de aquellas otras manos que elevaron buena parte de los templos de la ciudad, destacando, no como un detalle menor y sí, quizás, como un atisbo de austera elegancia, la desproporción escultórica que hacen de la abundancia, en aquéllos otros casos -como, por ejemplo, la iglesia basilical de San Vicente- un auténtico pandemonio de significados y significandos, sobre todo para un espectador -el moderno-, demasiado alejado de esos míticos arquetipos, vigentes en aquello que muchas veces se considera como la oscura Edad Media. Esa foliácea austeridad, que parece ser el factor predominante y exclusivo en los capiteles de las tres portadas con las que cuenta todavía el templo sampedrense, parecen querer remitir al espectador hacia ese tipo de austera religiosidad -recuperada, en parte, por el Císter-, que caracterizó ese éxodo hacia la Naturaleza de comunidades que a partir del siglo IV -por algo tomaron parte, los denominados Primeros Padres de la Iglesia- fueron siendo gradualmente recicladas otra vez al redil, siendo, probablemente las más destacadas, aquéllas que frustraron los deseos de retiro y soledad de San Fructuoso, en aquél singular Valle del Silencio berciano.

Ahora bien, esto no significa, en modo en alguno, que la foliácea sea una exclusividad y que otros elementos, menos abundantes, carezcan de interés. Como se ha dicho, basta un vistazo a la portada principal, orientada hacia poniente -quizás apuntando hacia ese simbólico finis terrae del que surgieron sus anónimos constructores- para descubrir ciertos elementos, no todos dispuestos en su lugar original, que sugieren, cuando menos, cierta atención por parte del espectador. Evidentemente, estos elementos se refieren a aquellos que se localizan tanto en el interior como en el exterior del magnífico rosetón. Algunas de las cabezas que se aprecian, parecen corresponder a otro lugar; tal vez formaran parte del tejaroz de la portada o quizás, sólo se apunta lo de quizás, a una serie de canecillos ilustrados que estuvieran originalmente por encima del rosetón.

En los hemisferios centrales de éste, dos figuras -femenina la de la izquierda y angélica la de la derecha-, nos sugieren una alusión a la Anunciación. Por encima de la figura virginal, una cabeza, posiblemente de bóvido, nos recuerda algo más que una alusión astrológica: esa moneda corriente, tan importante como el oro, que el ganado tuvo durante incontables generaciones. Por encima del ángel -presumiblemente Gabriel, mensajero-, un rostro humano nos observa con una expresión aparentemente divertida, pero mostrando unas orejas en un guiño en el que el cantero, es posible que de manera intencionada, quisiera reclamar nuestra atención hacia esa voz de las piedras que, aparentemente muda, se vuelve generosamente elocuente cuando se la presta debidamente la atención. Ésta, sin ir más lejos, debería reclamarnos a contemplar mejor el rosetón y darnos cuenta de los rostros de los personajes que permanecen en los cuatro puntos cardinales de la rueda. La Rueda de la Fortuna, donde el personaje de la parte superior aparece sonriente, satisfecho de su suerte que le mantiene en la cima del mundo, pero sabedor, de que todo, en el fondo es un ardiz y su posición de hoy, puede ser la ruina de mañana, como seguramente nos hubiera indicado el personaje que, a buen seguro, originalmente debió de ocupar el lugar inferior y hoy día, por desgracia, desparecido. Algo que, por otra parte, debían de tener muy presente los reos que se sabe que salían de este templo para enfrentar sentencia e incluso, los personajes ilustres que reposan en los sarcófagos de su interior, sabedores, también, de que al final, la terrible ejecutora de la suerte de la Rueda, la Dama de la Guadaña, iguala a todos.

De la cabecera destaca el ábside principal y los dos pequeños absidiolos, correspondientes a las tradicionales capillas de la Epístola y del Evangelio.  En los capiteles de los ventanales, aparte de los motivos foliáceos, se aprecian motivos comunes a toda construcción de este tipo, relacionados, generalmente, con los conceptos de pecado y orgullo, que en forma de referencias mitológicas, muestran grifos, arpías y sirenas de dos colas. Hay también entrelazados de tipo céltico y dobles espirales y por la forma de algunos de sus motivos foliáceos -hojas-, se pueden observar curiosas coincidencias con motivos semejantes en algunos templos románicos asturianos, lo cual podría suponer un estudio aparte.

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(1) Gustav Meyrinck: 'El Golem', Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2016, página 89.

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