sábado, 8 de marzo de 2008

Marcas de cantería: San Juan de Duero



'¡Los símbolos tienen un significado tan profundo que...superan a los hombres!' (1)
[Jean-Paul Lemonde]
Si hay algo que atrae inmediatamente la atención cuando se visita una construcción de origen románico, es, sin duda, esa sorprendente y anónima simbología lapidaria que -puestos a suponer en un principio- sin aparente orden y concierto, en teoría, ilustra determinados elementos.
Estas marcas suelen ser más evidentes, por regla general -no es un hecho probado, sino una simple observación particular, muy discutible, por tanto- en la zona del ábside, sobre cuyos bloques de piedra, el cantero medieval -a propósito o no- dejó impresas unas huellas que posiblemente estaba lejos de imaginar que se convertirían, con el devenir de los años, en un auténtico y apasionante enigma; enigma que, dicho sea de paso, haría correr verdaderos ríos de tinta a las generaciones futuras.
Antecedentes de ésta 'pasión humana por el graffiti', se pueden encontrar -remontándose varios miles de años en el tiempo- en lugares tan exóticos y extraordinarios, como Egipto. No hace mucho, se encontraron marcas de cantería en piezas de una antigua cantera localizada en la región de Asuán, que representaban delfines (¿realizadas por canteros de posible origen cretense?) y aves zancudas, muy comunes en las orillas del Nilo.
El tema, de por sí, resulta muy atractivo, por cuanto que conlleva un concepto de 'secretismo', de hermética resonancia y de misteriosas hermandades operando en la sombra, que levanta pasiones y permite adentrarse, sin más preámbulos, en ese escurridizo universo de la especulación, uno de cuyos principales axiomas fue muy bien utilizado por la editorial Plaza & Janés en los años setenta, cuando servía para describir una de las colecciones que causó furor en el mercado: el realismo fantástico.
Teniendo como base dicho realismo fantástico, resulta difícil no pensar en esas oscuras y apenas conocidas hermandades compañeriles a las que nos referimos, que a golpe de maza y de cincel, iban dejando su firma o su seña de identidad, por donde quiera que pasaban.
Estos símbolos, firmas o señas -no estaría de más, recordar aquí una frase muy conocida de Jesús que, a grosso modo, decía 'por sus frutos los conoceréis'-, solían ser múltiples y variados y muchos de ellos -es de suponer que por su sencillez y repetitividad- bien pudieran corroborar la versión más aceptada en los estamentos oficiales, en cuanto a que señalaban el número de bloques colocados por el cantero, con vistas al pago de su jornal. También, en el caso de las flechas, por poner un ejemplo, podrían indicar la orientación en que debía colocarse cada bloque. Claro que, ésta teoría, apenas tendría sentido cuando el símbolo en cuestión posee una cierta complejidad o una esmerada elaboración.
Sin embargo, para los románticos, aquellos investigadores que pretenden ir más allá de lo oficiosamente establecido, las marcas de cantería constituirían una especie de lenguaje simbólico, dirigido -única y exclusivamente- a los miembros de su gremio o, incluso, a los miembros de otros gremios afines, pues si hay algo que tienen los símbolos en común, es su aparente universalidad.
Aceptando dicha universalidad del símbolo, podemos añadir que los más comunes que nos podemos encontrar cuando visitamos un edificio de tales características, son, básicamente, los siguientes: cruces, flechas y estrellas.
Sí es cierto, no obstante, que dependiendo del lugar y la influencia -no resulta menos cierto, que en algunas zonas de la región, se pueden observar influencias de origen francés, aragonés o catalán- éstas pueden diferir, volviéndose más o menos complejas o variando el número -y por tanto el posible significado- de sus puntas, como en el caso de las estrellas.
En el claustro de San Juan de Duero, aparte de alguna de esas influencias anteriormente mencionadas, se evidencia, así mismo, otra influencia de carácter oriental o islámica, de la que son responsables los mudéjares; esto es, canteros de origen árabe residentes en zona cristiana, muy comunes en ésta parte del Duero.
Mucho se ha especulado acerca de la autoría y responsabilidad del monasterio de San Juan de Duero. La tradición oral -alentada sin duda, por escritores netamente románticos como Gustavo Adolfo Bécquer- ha apostado siempre por los caballeros templarios, orden mística, religiosa y militar, a la que ha acompañado siempre un halo extraordinario de leyenda, que se ha ido acrecentando y perpetuando a lo largo de los siglos.
Sin embargo, existen indicios históricos suficientes que apuntan a otra orden de similares características, aunque siempre a la sombra de los anteriores -paradójicamente, con el tiempo se convirtieron en sus heredereos-, como artífices de semejante maravilla: la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén.
Ambas órdenes, hermanas pero a la postre, rivales, pelearon codo con codo en Tierra Santa, manteniendo contactos -de mayor o menor profundidad- con sus, en teoría, irreconciliables enemigos del Islam.
No cabe duda, de que, aún en época de guerra y reconquista, estos contactos fueron lo suficientemente prolíficos como para permitir que sendos principios -el religioso y el filosófico- convivieran en armonía, convenientemente aplicados dentro de un contexto igualmente universal, que no entiende de rivalidades ni de fronteras, aunque sí de conciliaciones: el Arte.
Aunque en número apreciable, las huellas canteras que éstos dejaron -particularmente en la zona exterior del claustro del monasterio- no dejan de ser, como decíamos, notablemente corrientes; como corrientes son -aunque tremendamente eficaces- así mismo, los relojes de sol que proporcionaban una cumplida orientación horaria a los monjes durante sus meditaciones y sus paseos por el claustro.
No lejos de donde se encuentra uno de estos relojes solares, destaca un símbolo que, por su tamaño y morfología, atrae irremisiblemente la mirada del visitante perspicaz, haciéndole preguntarse si es en realidad lo que parece -una plomada o un contrapeso- o tal vez una alusión alquímica, pues no deja de ser cierto, que su forma recuerda, igualmente, a un recipiente, quizás una retorta o un atanor.
Pero el símbolo clave por antonomasia; el símbolo que no dejará lugar a la indiferencia, sino que, por el contrario, alentará aún más si cabe, su curiosidad, no es otro que el que hemos presentado en la fotografía que ilustra la presente entrada.
Bien es cierto que, comparativamente hablando, recuerda, por la cruz central y la montañita que le sirve de base, una probable alegoría al Calvario. A este respecto, se puede añadir, que símbolos parecidos se encuentran en numerosas iglesias cercanas. Sirva como ejemplo, la ermita de Los Mártires, en Garray, bonita población distante de Soria capital unos seis kilómetros, donde es posible observarlos en grupúsculos de tres, aunque desnudos, es decir, sin las florituras que caracterizan el símbolo de San Juan de Duero y que representarían, con toda probabilidad, la Crucifixión de Cristo y los dos ladrones que, según la tradición, fueron crucificados con Él.
Decíamos lo de florituras porque, en efecto, eso es lo que precisamente recuerda el símbolo del monasterio sanjuanista al que nos estamos refiriendo. Esto nos hace plantearnos, irremediablemente, intentar ir más allá, buscando paralelismos que muy posiblemente acaricien la frontera de lo fantástico.
Desde un punto de vista meramente alegórico, no sería descabellado pensar en una flor. Una flor, sin duda especial. Y puestos a imaginar, ¿por qué descartar una de las flores más emblemáticas de la simbología medieval -aparte del lirio-, como es la rosa?.
La belleza y complejidad de la rosa, han hecho de ella un símbolo muy apreciado y lleno de matices, siendo asociado, en la Edad Media, con la Virgen María. Recordemos, a este respecto, una elocuente cita contenida en el Eclesiastés: 'Crecí cual brote de rosa en Jericó...'. Resulta, pues, un símbolo mariano por excelencia.
Simboliza, de igual manera, la sabiduría y la sangre, y como 'rosa mística', adorna los rosetones de las grandes catedrales.
Son de relevancia, igualmente, sus connotaciones 'griálicas', y unida al símbolo de la cruz, conformaría el emblema de una misteriosa sociedad secreta. Nos referimos, evidentemente, a los rosacruces, detentadores -según ellos- de numerosos secretos herméticos que se remontarían -lo más cercano en el tiempo- hasta los santuarios secretos del Antiguo Egipto.
Como ocurre con numerosas sectas y sociedades secretas, sus actividades se desarrollan en la más completa oscuridad. Y es en la más completa oscuridad, por añadidura, donde su ambigüedad mediática hace madurar una filosofía y unos fines determinados, que se hacen notar para el resto de la humanidad en pequeños fogonazos de luz, cuyo 'flash' -valga la expresión- se enciende y se apaga en los momentos más insospechados, según su propia voluntad u oscuro designio.
Los primeros indicios de actividad rosacruz, se produjeron un día de 1622 cuando, apenas recién levantados y somnolientos, los parisinos se encontraron las paredes de sus calles invadidas por unos curiosos carteles, que a grosso modo, decían lo siguiente:
'Nosotros, delegados del colegio principal de los Hermanos de la Rosacruz, hemos venido visible e invisiblemente a esta ciudad, por la gracia del Altísimo al que se vuelven los corazones de los Justos, a fin de librar a los hombres, nuestros semejantes, de error mortal'.
Se refieren a los hombres como 'sus semejantes', no como 'sus iguales'. La arrogancia, pues, vista desde la perspectiva del atributo de poderes, conocimientos y humanidades semidivinas, es una de las características de este tipo de sociedades. Y no deja de ser un hecho, que las hermandades canteriles medievales, se basaban en algunos de estos fundamentos, aplicando el hermetismo como consigna principal y el secreto de su arte como obligación fundamental para el adepto.
Herederos de una antiquísima Tradición, que se remonta, al menos lo más cercanamente posible en el tiempo, a los canteros romanos (recordemos al Janos bifronte, su patrón, patronazgo posteriormente cristianizado en las figuras de los dos San Juanes, el Bautista y el Evangelista) no estaría de más poner de manifiesto la insistencia de la misma respecto a los Colegios Secretos, los Centros Iniciáticos u Ocultos de Poder; en definitiva, los Axes Mundi.
(1): Jean-Paul Lemonde: 'El código Cluny', Styria de Ediciones y Publicaciones, S.L., año 2007.

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