lunes, 29 de diciembre de 2014

Betanzos: iglesia de San Francisco


Sin ánimo de restar mérito, belleza y misterio a los otros exponentes artísticos de esta hermosa villa de Betanzos, como son las iglesias de Santiago y de Santa María del Azogue, no resultaría, en modo alguno, exagerada, impremeditada o gratuita la afirmación de que, posiblemente, tengamos en este maravilloso conjunto arquitectónico que compone el convento de San Francisco, una de las obras más espectaculares de cuantas engrosan el patrimonio histórico-artístico de la región betanceira. Una obra que, además de reproducir, supuestamente, modelos de origen francés, según algunas fuentes, que ponen como ejemplo el de San Gall, contiene, además, otras singularidades que bien merecen un oportuno toque de atención. Evidentemente, sería imperdonable pasar de largo, sin mencionar el significativo detalle de que, alrededor del año 1289, fecha aproximada en la que se supone su fundación, los clérigos mendicantes franciscanos se instalaron en este solar, donde, a todas luces, parece ser que existen fundadas sospechas de que hubo un asentamiento templario, que formaba parte de la encomienda que éstos permutaron con el rey Alfonso X en 1251, a cambio de ciertas posesiones en tierras de Zamora, entre las que hemos de contar Alba de Aliste, Alcañices y posiblemente también, Mombuey, donde todavía sobrevive la monumental torre de lo que fuera su iglesia dedicada a la figura de Santa María. De hecho, y como dato anecdótico, se puede añadir que parte de los motivos decorativos de su portada oeste -capiteles y canecillos- incluido un magnífico Agnus Dei, formaron parte, hace algunos años, de un pequeño museo de piezas templarias (1) expuestas en el interior de la nave, no muy lejos de donde se localiza el magnífico sepulcro de Fernán Pérez de Andrade, O Boo y que, por motivos que se desconocen, parece que en algún momento indeterminado, volvieron a ser reutilizados en su portada oeste. Es más, se podría añadir, que la presencia de franciscanos en lugares que fueron o así se supone, de templarios, hace bueno aquél antiguo refrán que afirmaba que los fuegos que encendían los dominicos, eran apagados por los franciscanos, siendo verídico, también, que algunos templarios entraron a formar parte de la Orden de San Francisco, una vez disuelta la suya. Cabe suponer, por tanto, que entre éstos hubiera canteros e incluso maestros canteros que pusieran sus conocimientos al servicio de su nueva orden, detalle que podría explicar ciertas familiaridades entre algunos edificios que se levantan en algunos lugares determinados de Galicia, como podría ser, por citar un ejemplo interesante, el también conjunto franciscano de la capital lucense, enclavado en su casco antiguo, muy cerca de la catedral, ampliando lo que en tiempos fuera la iglesia de San Pedro –es posible que tuviera otra advocación en el pasado-, donde cabe destacar la similitud de su ábside, igualmente de forma octogonal como éste de San Francisco, y la presencia del significativo Agnus Dei.


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La entrada principal al templo, situada en el lateral sur, aunque sencilla y de trazas netamente góticas, nos muestra, como ya tuvimos ocasión de hipotetizar cuando hablábamos de las curiosidades del vecino templo de Santa María del Azogue, a dos curiosos personajes que, como ya vimos, podrían hacer alusión a la Anunciación, destacando el detalle de la humanización de la figura del arcángel Gabriel, papel que era representado por los sacerdotes judíos e incluso, como sospechan algunos autores, también por el propio Juan el Bautista. Numerosas e interesantes, desde luego, son así mismos las series de canecillos, que desarrollan variadas temáticas, dignas de un estudio aparte, así como la presencia de otras relevantes referencias, como son el Agnus Dei y una figura representativa del mencionado noble y promotor, Pérez de Andrade, que no sólo se encuentra en su magnífico sepulcro, sino que forma parte, también, de varias escenas de caza, similares a las del mencionado sepulcro, que se localizan en los laterales superiores de la nave: el jabalí. En el interior del templo, y en un punto elevado de su cabecera –merece echar un atento vistazo a los brazos de la bóveda, significativamente labrados con numerosas figuras- se localiza un interesante Pantocrátor que, aparentemente, parece seguir similares patrones a los que se dan en la catedral de Lugo y en las iglesias palentinas de Santiago, en Carrión de los Condes, y de San Juan Bautista, en Moarves de Ojeda.

Interesantes son, así mismo, los numerosos sepulcros que, en número estimable, se distribuyen en arcosolios tanto por los laterales de la nave, como por las capillas de la Epístola y del Evangelio, incluido el de un misterioso y anónimo personaje de origen oriental, que anteriormente, descansaba en la desaparecida Capilla de la Quinta Angustia. También resulta relevante la presencia de las denominadas vacas solares -una de ellas tumbada, oculta detrás de una interesante imagen de San Nicolás-, que aparte de definir a una de las más antiguas familias gallegas -los Becerra-, también se localizan en el sepulcro de un no menos misterioso personaje noyés, Ioan de Estivadas. Se sabe que tan digno y bello conjunto arquitectónico, dispuso de un claustro, hoy en día desaparecido, siendo de relevancia la magia simbólica que caracteriza las construcciones franciscanas, donde adquieren particular interés unos números que parecen repetirse en la mayoría de ellas: el 4, el 5, el 6 y el 12.

Como dato anecdótico y colofón de la presente entrada -dejando para otro momento, los interesantes símbolos contenidos en su portada oeste, incluida la Adoración de los Magos de su tímpano-, añadir el curioso detalle de que el fundador de la orden franciscana, San Francisco de Asís, firmaba de una manera muy simbólica y particular: con la letra Tau.


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