viernes, 2 de enero de 2015

Santa María de Cambre


Espectacular también, tanto en su conjunto como en sus detalles, la iglesia de Santa María de Cambre, es otro genuino exponente de un estilo artístico, el románico, que se desplegó como una marea por una convulsionada Península Ibérica, sin duda influenciado en gran medida por esa formidable vía de comunicación en que se convirtió el Camino de Santiago, desarrollándose en todo su esplendor, en los años y siglos posteriores al descubrimiento de los supuestos restos del Apóstol en el bosque de Llibredón, en la actual Compostela. Situada, no obstante, en esa interesante vía conocida como Camino Inglés o Camino de la Costa, la iglesia de Santa María es un verdadero poema a la belleza, cuya métrica principal está formada, indistinta y metafóricamente hablando, por entusiastas rimas de armonía, equilibrio y proporción. Dejando para mejor ocasión su probable relación con la Orden del Temple –en su interior se conserva una supuesta hidria de Caná, que según la leyenda fue traída por éstos de Tierra Santa (1)-, no son pocos los autores que observan en la ejecución de sus últimos tramos, si no la propia mano, sí al menos la influencia y escuela de aquél que algunos llegaron a calificar, absurdamente, como un oscuro arquitecto de la corte del rey Fernando II de León: el propio Maestro Mateo. Esto, quizás se haga más patente, sobre todo, en la iconografía de su portada principal, situada en el lado oeste, y en unos trazos que recuerdan, sin duda, el manierismo desplegado en la propia catedral de Santiago de Compostela, destacando, sobre todo, la singularidad de un curioso personaje, identificado, oficialmente, como Daniel. Un Daniel y la mansedumbre de unos leones, que tal y como se exponen, lejos están de esa típica asociación con los terribles martirios cantados por el Cristianismo y sí, quizás, más relacionados con una llamada de atención hacia esa búsqueda trascendental del Conocimiento, cuyo símil, el libro abierto que mantiene el personaje entre sus manos, tal vez no haga otra referencia a ese otro libro abierto, metafóricamente hablando, que es el propio templo y sus complejas características. Éste, siguiendo unos patrones posiblemente heredados de la arquitectura sacra desarrollada al otro lado de los Pirineos, e introducida, como se ha dicho, por benedictinos y cistercienses a través de las vías de comunicación abiertas por y para el Camino hacia el Campus Stellae, ofrece, como una de sus características principales, la inclusión de cuatro pequeños absidiolos, que acompañan al principal, haciendo de su cabecera, algo poco menos que único y singular, en el conjunto del románico del antiguo Reino de Galicia. A este respecto, los canecillos destacan por su austeridad, si bien, entre los dos pequeños absidiolos de la izquierda, se aprecia la figura de un animal –probablemente un león con la cabeza girada-, que podría representar, simbólicamente hablando y aparte de su naturaleza solar, las funciones de guardián, de similar manera a como dos santos protegen el umbral de entrada al templo, sustituyendo a los tradicionales demonios, como aquél Asmodeo que custodiaba el templo de Salomón y cuya imagen sorprende en el interior de un templo, como es el de la iglesia de Santa María Magdalena, en Rennes-le-Chateau, que tanta literatura fantástica ha generado a lo largo del pasado siglo XX con la misteriosa historia del abate Saunier y el pretendido tesoro de los reyes merovingios.


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Por desgracia, y como ocurre en tantos otros templos gallegos, apenas se distinguen los motivos de algunos de sus capiteles –a los que, por ejemplo, san Juan Damasceno denominaba libros para analfabetos o sermones silenciosos-, si bien, entre ellos, todavía se aprecian una interesante psicostasis o pesaje de almas, donde San Miguel y un demonio se disputan el premio de una balanza que, al contrario que en muchos otros casos, parece decantarse rotundamente por el primero; otros, por el contrario y quizás como referencia a los peligros de los antiguos cultos, muestran personajillos y animales atrapados por zarcillos –de éstos últimos, cabe destacar la probable influencia que ejercieron en otros regiones, como Segovia, a medida que con la Reconquista se iban repoblando territorios-, y por supuesto, no faltan aquellos, netamente foliáceos que, basados en los clasicismos de la Antigüedad, muestran, no obstante, el gran conocimiento que el mundo medieval tenía de su entorno.Interesante, por otra parte, es el motivo del tímpano: dos ángeles sosteniendo algo que, más que un típico crismón, podría considerarse como la parte superior de una pila, en el centro de cuyo interior, labrado en forma de concha, se localiza un magnífico Agnus Dei. Por encima de éste –la arquivolta inmediatamente superior, muestra un interesante conjunto de esvásticas o polisqueles-, un rosetón, sencillo, juega, no obstante, con la magia de los números, al estar compuesto por un círculo central y ocho alrededor de la circunferencia, cuya adición, nueve, recuerda a los primeros fundadores de la Orden del Temple, comparativamente hablando. Interesantes, así mismo, son algunos capiteles del interior –sin olvidar varias hermosas pilas con forma de copa-, con algunas referencias de carácter obsceno en lo que parecen cópulas entre animales –recordemos, a este respecto, las escenas de zoofilia que se localizan en el interior de una iglesia zamorana donde tradicionalmente velaban armas y se armaban caballeros, incluido el famoso Cid Campeador, llamada, precisamente, Santiago de los Caballeros-, y motivos foliáceos. Precisamente, por encima de uno de éstos, en las primeras columnas de la derecha, se localiza la inscripción Michael Petrus me fecit o Miguel Pedro me hizo, así como algunas marcas de cantería, incluidas aquéllas con forma de cruz.

(1) Como cualquier otra sagrada reliquia, también ésta se multiplica, pues se sabe que hay una en la propia Caná y otra que figura en el inventario de los numerosos objetos sacros de todo tipo, que se custodian en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo.