sábado, 6 de febrero de 2016

El Monasterio de San Lorenzo de Carboeiro


Hubo autores, como Chamoso Lamas, que afirmaron, allá por la década de los noventa del pasado siglo, que de no hallarse en ruinas, podría figurar al lado de los ejemplares más espléndidos del románico gallego: el monasterio de San Lorenzo de Carboeiro. Aun parcialmente rehabilitado en la actualidad –dejando a un lado la rivalidad entre César y Dios, por los diezmos que les corresponda a cada uno-, difícil resulta no acercarse hasta éstas inconmensurables y umbrías soledades que baña el río Deza y no sentirse irremediablemente atrapado por la fastuosidad de un entramado natural que alberga un conjunto  histórico-artístico, que debió de ser, en sus momentos de mayor gloria y esplendor, uno de los conjuntos más impresionantes, no ya sólo del románico gallego –a Chamoso Lamas, por afirmar tal cosa, habrá, pues, que disculparle su microcósmica humildad-, sino de todo el territorio peninsular. De raíces benedictinas, su génesis nos acerca a ese temprano y nebuloso siglo X, apenas superadas las terribles razzias de Almanzor y enfrentando, a la vez, las no menos incendiarias incursiones de normandos y vikingos, de cuyo recuerdo quedan, como vestigio romántico e incluso románico, las Torres de Oeste situadas en el término de Catoira, a escasa distancia de la frontera con la provincia de A Coruña. Hablaba Marcel Marnat, refiriéndose al Arte en general, de la desnudez de lo eterno. Aplicada dicha apreciación, a ésta inapreciable joya, aún desnudo y parcialmente recompuesto el monasterio de San Lorenzo, goza no sólo de la desnudez de lo eterno, sino también de esa otra singular magnitud o quintaesencia, metafóricamente hablando, que se percibe en todo aquello que conjuga, a partes proporcionales, el misterio con la soledad. Es cierto que sabemos, que su fundación, como solía ocurrir generalmente con este tipo de establecimientos, se debió a un generoso patronazgo nobiliario, promovido por unos condes, Gonzalo y Teresa, ostentadores del mismo patronímico que el río anteriormente mencionado: de Deza. Y sabemos, también, que la condesa de Deza, Teresa, era tía de uno de esos legendarios anacoretas que emigraron a otros lares cuando el paraíso tebaico berciano comenzó a convertirse en un mundo dentro de otro mundo, fundadores de cenobios y receptores de milagros en olor de santidad: San Rosendo. Así mismo, sabemos que entre la singularidad de su construcción –y este es un detalle que le hace poco menos que único en su género-, y aprovechando el soberbio desnivel en el que se levanta –simplemente, contemplando desde el suelo la altura del ábside principal, se siente vértigo-se hizo necesario la construcción de una cripta –visitable, como se puede comprobar en el vídeo que acompaña la presente entrada-, que, realmente soberbia, también, anticipa una cabecera realmente impresionante que, como ya se vio en otros monasterios como el de Santa María de Melón, reproduce ese modelo tan especial de construcción, cuyo espectacular deambulatorio podría decirse que sigue los patrones del denominado Sepulchrum Domini Hierosolimitano, recurso arquitectónico que, unas veces con acierto y otras no tanto, suele enfrentar a los investigadores a la hora de considerarlo como modelo de arquitectura utilizado con cierta generalidad, por una no menos interesante y carismática orden religioso-militar: la de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón. Es decir, los caballeros templarios. No es ésta, desde luego, una cuestión a debatir aquí, pero sí podría serlo, reseñar, cuando menos, la curiosa advocación del monasterio: de San Lorenzo, personaje relacionado directamente con uno de los mitos más grandes y populares de la Edad Media, como es el del Santo Grial. Reseñables, además, son ciertos detalles dejados como recuerdo por los canteros. Entre ellos, cabe destacar, la presencia de un simbolismo ancestral, bastante más que interesante, donde se detecta la presencia de antiquísimos arquetipos, como el laberinto, el triple recinto celta, la denominada flor de la vida –se recomienda la lectura del interesante y completo trabajo de C.G. Jung y Richard Wilhem-, o la estrella de ocho puntas, también denominada en algunos círculos –Fulcanelli, por ejemplo, así lo menciona- como estrella de los filósofos o estrella de los Magos, cuya presencia, valga la redundancia, puede advertirse en numerosos tímpanos románicos, acompañando, generalmente, la escena de la Adoración, tema éste, que suele ser particularmente abundante en el románico de la vecina provincia de A Coruña.

Parcialmente conservados, la imaginería desarrollada en las dos portadas principales, situadas al sur y a poniente, respectivamente, dejan entrever, en su estilo, aquello que los expertos consideran como influencia compostelana. En la portada de poniente, se expone otro de los elementos más concurridos de este estilo compostelano -o mateano-, como es, ocupando las arquivoltas superiores, la figuración de los 24 Ancianos del Apocalipsis, con la salvedad o particularidad -¿error del cantero?-, de que en este pórtico de Carboeiro, las figuras suman solamente 23. Tanto en una como en otra portada, el tímpano está mutilado, y en su diseño, parecen seguir similares patrones a otros tímpanos situados tanto dentro como fuera del territorio gallego, siendo, quizás, un ejemplo relevante, la denominada Porta Speciosa del monasterio navarro de Leire. En esta portada, sobrevive la presencia de un símbolo muy peculiar: el Agnus Deis. Por otra parte, las arquivoltas superiores de la portada sur, muestran, como motivo principal, ángeles y alusiones foliáceas en forma de cruz. De manera similar, los motivos de los grandes capiteles del interior, aunque a priori puedan ofrecer un aspecto austero, no dejan de ser interesantes y ocultar ciertos detalles de relevante interés. Quedan restos de pintura en el ábside central, que muestran, así mismo, motivos foliáceos y geométricos. Entre estos últimos, cabe destacar los ajedrezados en blanco y negro, muy similares a los que todavía se pueden observar, no obstante, lastimosamente conservados, en el monasterio cisterciense de Santa María de Valdedios, en la antigua región asturiana de Maliayo, Villaviciosa. Abundantes son, igualmente, las marcas de cantería, así como las inscripciones relativas a su fundación y consagración, situadas tanto en el interior como en la parte absidal exterior.

En resumen, un lugar que merece la pena descubrir, y que todavía, al cabo de los siglos y las enormes agresiones sufridas a lo largo de su historia, tiene aún muchos secretos que contar, entre ellos, quizás, la presencia entre los canteros de ese anónimo y peculiar maestro -de cuya presencia, da cumplido testimonio la iglesia de Santiago de Taboada, situada también en este concejo de Silleda- que se caracteriza por la realización de tímpanos lobulados en cuyo centro un personaje, que no hay que identificar siempre con Sansón, parece cabalgar más que desquijar a un león, motivo éste sustituído en Carboeiro, en la puerta de acceso a la torre, por una cruz asturiana de la Victoria, y en cuyos vanos dos rostros de aspecto terrorífico y amenazador parecen sugerirnos el antiguo temor que se tenía hacia el Norte, lugar donde se suponía que había elegido su morada el Enemigo -entiéndase, Satán, Lucifer, el Anticristo...- y de donde provenían todos los males que azotaban a la Humanidad.


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