lunes, 10 de octubre de 2011

San Martín de Teverga: Colegiata de San Pedro

Uno de los concejos asturianos más espectacular e interesante, es éste de Teverga. Vecino de otros concejos no menos espectaculares, como Quirós, Proaza o Santo Adriano, no guarda sólo una naturaleza indómita y espléndida, recorrida por la denominada Senda del Oso, que parte de las inmediaciones de Tuñón y cada verano atrae a más excursionistas, sino que también custodia una larga, antigua historia no del todo conocida, entre la que destacan algunas joyas artísticas de primera magnitud, que bien merecen la pena de una larga, y si es posible, profunda visita. De ellas merecen especial atención, por encima de cualquier consideración, la iglesia de Santa María, en Villanueva de Teverga, y éste auténtico rompecabezas cultural que es la Colegiata de San Pedro, localizada en la población de San Martín, situada, aproximadamente, a dos o tres kilómetros escasos de distancia de la anterior.

No es una cuestión baladí hablar de puzzles o rompecabezas culturales, a la hora de definir los elementos, en su mayor parte foráneos, que definen el entramado arquitectónico del lugar, otorgándole, de paso, caracteres legendarios mucho más antiguos de lo que cabría imaginar en un principio.



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De época prerrománica (1), sin duda, son los formidables capiteles que, cual hercúleos colosos soportan una auténtica montaña de piedra, labrada y colocada en diferentes épocas. Por su longitud, sugieren cierto parecido con aquellos otros que se pueden contemplar en la cripta del monasterio navarro de Leire. No obstante, y a diferencia de éste, los motivos de cuya labra están basados, esencialmente, en universos foliáceos o vegetales, los elementos labrados en los capiteles de ésta Colegiata de San Pedro, conforman un auténtico muestrario, filosófico y antropológico, que ofrecen un variado y a la vez detallado mosaico cultural y cultual -no lo olvidemos- acerca de un pueblo, el astur, siempre reticente a abandonar muchas de sus antiguas costumbres precristianas.


Si bien en el exterior los canecillos nos ofrecen una detallada idea de la fauna autóctona de la región -las cabezas de lobo, zorro, oso y buey, por ejemplo, conviviendo con una amplia gama de cérvidos, algunas de cuyas especies posiblemente estén extinguidas en la actualidad- los capiteles del interior complementan una visión cosmogónica propia, donde conviven ritos y mitos, usos y creencias, cuyo eje centrípeto se localiza en la facultad expresiva y descriptiva del artista. De tal forma, que llama la atención, por ejemplo, observar la figura de un prócer y un siervo junto a sus bueyes, y entre medias de ambos la presencia, significativa, de una espada corta o falcata, perfectamente definida. El poder eclesial y el terrenal; el sacerdote y el siervo que, en otro momento descriptivo se convierte en caballero villano; o lo que es lo mismo, dispone de armas y cabalgadura con las que acudir a la llamada de su rey para combatir al enemigo, presumiblemente musulmán.


Pero no sólo encontramos fijación por la Naturaleza y sus humores como modelo a imitar, sino también, detalle a tener en cuenta, la convivencia -al menos sobre la piedra- de dos formas de espiritualidad antagónicas: la cristiana y la animista y pagana. Lo podemos percibir en otro de los capiteles, que no tiene desperdicio alguno, en cuyo centro se observa la figura de Cristo con la burra de Balaam y un sol. Recordemos el simbolismo añadido a este noble animal que, junto a la figura del caballo, cumple funciones ctónicas siendo, a la vez, vehículo de Conocimiento. No obstante, lo interesante reside a ambos lados de la figura Crística, en esas dos representaciones humanas que definen las concepciones espirituales mencionadas, en las figuras de un sacerdote cristiano y un probable oficiante pagano revestido con una piel de oso. El santo, con las características hojas de palma y la serpiente están también presentes; como presente está, a ambos lados de la nave, el escudo familiar de los Miranda, que reproduce, con sus doncellas, la leyenda, común a muchos ámbitos cristianos peninsulares, del tributo de las doncellas (2).





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Más misterios aguardan, no cabe duda, en ésta arca pétrea cargada de retazos de Historia. Uno de los más atractivos, se localiza detrás del altar, en el enigmático Cristo. Un Cristo, probablemente del siglo XIV, llamado del Relicario, porque durante una restauración se descubrió en su nuca un cajoncito que contenía arena; arena que, al ser analizada, se determinó que procedía de Jerusalén. En su mano derecha, le falta un dedo, por lo que cabe suponer que fue burlado en algún momento como recuerdo o reliquia.


Aún en lamentables condiciones de conservación, el claustro ofrece también algunos elementos dispersos, pero interesantes, pertenecientes a diferentes épocas y estilos. Prerrománicos podrían ser, por ejemplo, esa flor de lis -recordemos que, según el Libro de los Reyes, Salomón mandó colocar precisamente una flor de lis en el medio de las columnas Jakim y Boaz, en el modelo de los modelos de los Templos, que lleva su nombre- y un caballero, que quizás denoten un origen franco. Destacable, así mismo, es la presencia de los llamados hombres verdes, oscuros, esotéricos, y a la vez guardianes de una arcaica tradición.


Por último, añadir que en una sala anexa al claustro, un pequeño museo, maravilla con la visión de algún capitel románico, de origen desconocido -destaca una Virgen con Niño esculpidos con gran calidad en la piedra-, parte de las joyas donadas por Doña Urraca, o espanta, con la visión de los cadáveres incorruptos de Pedro Analso de Miranda, abad de la Colegiata, obispo de Teruel, inquisidor y consejero del rey Felipe V, y de su padre, el segundo marqués de Valdecarzana.


(1) Los capiteles no son originarios del lugar, sino que pertenecían a la iglesia de un pueblo cercano, despoblado, cuya referencia el guarda no supo o no quiso darnos durante la visita.


(2) Otro de los lugares donde más arraigo tiene ésta temática, es en Carrión de los Condes, en pleno Camino Jacobeo. En Villalcázar de Sirga, en el antiguo hospital de los templarios, hoy en día reconvertido en restaurante, hay un cuadro de época que representa la mencionada leyenda. El nexo de unión, por su culto en el antiguo reino astur y su protagonismo en la historia, serían los bóvidos.

4 comentarios:

KALMA dijo...

Hola Juancar! Ando por aquí deleitándome con Asturias y el tiempo te acompañó, veo un día azul y soleado y la Colegiata de San Pedro ¡Qué maravilla! Los capiteles, los canecillos es impresionante y creo que voy a tener que volver a la tierra astur para descubrir el tesoro que muestras. Un beso.

juancar347 dijo...

Hola,bruja. Esa visita la hice en julio, antes de emprender la aventura del ascenso al Monsacro. La verdad es que esta colegiata me impresionó; guarda muchos misterios y mucha Historia. Tú sabes bien,bruja, que las piedras hablan, cuentan historias, enseñan y a la vez ocultan secretos. Asturias siempre es recomendable. Lo tiene todo: historia, misterio, naturaleza, tradición, arte...Pero todo eso ya lo sabes. Un abrazo

Alkaest dijo...

La humanidad románica, cada cual en su nivel de conocimiento, capta la relación entre el "ritmo del alma del universo" y el "ritmo de su alma", o dicho de otro modo, entre la Naturaleza y los humanos. La importancia de esto, radica en que según Hugo de Saint Victor: "el pensamiento de Dios se descubre en el orden natural", lo que Adam Escoto expresó de otra manera: "No sólo son los libros los que describen la presencia de Dios, sino que todo el universo lo revela". El propio San Bernardo de Clairvaux, decía que aprendió más en los bosques que en los libros "porque las rocas y los árboles enseñan todas las cosas".
En realidad, este "redescubrimiento" medieval de la Naturaleza "a través de Dios", no es más que la continuidad de la devoción que el mundo antiguo sentía por la misteriosa, terrible y bondadosa Madre Naturaleza. El pensador medieval, es consciente de este sincretismo, así, Abelardo, en su "Ética", evoca a los "demonios" conocedores de los secretos medicinales de las hierbas, simientes, árboles y piedras. Demonios, que no son otra cosa que los "suplentes" de aquellos genios rústicos de la antigüedad.
Por ello, no es extraño que en los templos románicos aparezcan tantos y tantos símbolos referidos al mundo natural: animales, vegetales, etc.
Cuando veamos, pues, esos símbolos de la Naturaleza en los templos románicos, recordemos con Adam Escoto que, para la humanidad medieval: "La primera visión de Dios consiste en el conocimiento de su obra", así la contemplación del mundo natural se convierte en la puerta de la revelación interior.

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

No deja de ser una gran verdad, que el hombre, a través de las diferentes culturas y civilizaciones, siempre ha buscado en la Naturaleza un modelo a imitar. Dependiendo de su grado de 'conocimiento' o de percepción, ha definido con carácteres benignos o malignos los fenómenos que en ella se desarrollan con una auténtica mitología a su alrededor. 'Mitología' que fue haciéndose cada vez más críptica, a medida que la mente y el pensamiento (en este caso medieval) evolucionaba. Creo que podemos comprobarlo, observando la presunta inocencia de las primeras manifestaciones artísticas prerrománicas, como la que tenemos presente aquí, en los capiteles de Teverga, con las representaciones románicas de siglos posteriores, hasta desembocar, por ejemplo, en el gótico, donde la imitación de lo Natural y sus formas, alcanzó un auténtico zénit arquitectónico no del todo comprendido en la actualidad. En todas las épocas hubo, para nuestro beneficio, mentes despiertas o privilegiadas que llegaron a comprender y asimilar este modelo de perfección que, basado en lo Infinito o Dios, se manifiesta en la mente del hombre bajo múltiples aspectos: llámese Gaia, Venus o María. Creo que uno de los ejemplos más relevantes lo tenemos precisamente al alcance de la mano, en Antoni Gaudí y su obra. Aún no he leído a los autores que mencionas en tu comentario, a excepción de San Bernardo, pero sin duda constituyen una estupenda recomendación para ahondar en unas cuestiones que todavía, al cabo de los milenios, tienen mucho, pero mucho que enseñar. Un abrazo