lunes, 3 de agosto de 2015

Portomarín: la iglesia de San Nicolau o de San Xoan


Bien sabía de lo que hablaba Álvaro Cunqueiro –cronista por excelencia de la brumosa Galicia-, cuando, refiriéndose a ésta impresionante iglesia-fortaleza de San Xoan o de San Nicolau, que por ambos nombres se la conoce, decía aquélla certera frase de: las piedras labradas con ejemplar perfección por los maestros canteros del mil doscientos, quienes sabían, con la imaginación y el corazón, que construían una iglesia (1). Ahora bien, Portomarín, en la actualidad, no es sino un espejismo en el viejo Camino Francés hacia Santiago de Compostela; una villa reconvertida, aún más, si cabe, en mariñeira o en mariñana cuando se llevó a cabo la creación del embalse de Belesar, bajo cuyas aguas -que despiden lentejuelas de púrpura y plata al lavarse en ella la cara los primeros rayos del sol- y en un lecho de limo y eterno olvido, yacen para siempre muchas de las casas del pueblo original: aquél que conocieran bien los peregrinos de antaño, férreamente custodiado por los aguerridos monjes-guerreros hospitalarios, de hábito negro, rojo en ocasiones, y cruz blanca, de las denominadas de ocho beatitudes, en el pecho. Por eso hablamos de espejismos al referirnos a él, porque poco o nada es lo que parece, puesto que incluso su monumento histórico-artístico más destacado, ésta monumental iglesia de San Nicolau o de San Xoán, como es más conocida, tampoco está en su emplazamiento real, sino que fue trasladada piedra a piedra de su lugar original, en la ribera, junto a la orilla del río. Y aun así, no obstante, seamos sinceros, quien visita Portomarín, sube por su calle principal y se detiene a contemplar ésta insigne maravilla, que en tiempos formó, nada más y nada menos que una de las encomiendas más importantes de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén en la provincia de Lugo, miente o se engaña a sí mismo, si afirma que no le impresionó. Y es que, contemplando la soberbia estructura de templo-fortaleza que tiene tan emblemática joya arquitectónica, cuyos orígenes se remontan a los siglos XII y XIII, es difícil, cuando no imposible, no pensar en los modelos compostelanos y escuchar, siquiera sea en la imaginación, divino tesoro, el sonido maravilloso de las prodigiosas campanas de su catedral, reconquistadas a la morisma siglos más tarde de la terrible razzia del fatídico Almanzor, que alentaron con su dulce tañido las sublimes creaciones de Maestros, como Mateo. Porque aquí, en la belleza y en la perfecta factura de sus tres pórticos vemos, cuando menos, parte de esas sutilezas anímicas e imaginativas de uno de los más grandes Maestros, al que injustamente en tiempos modernos se llegó a calificar como de oscuro arquitecto de la corte del rey Fernando II de León, así como el paso de una Escuela que, a base de perfección y de equilibrio, fueron situando estratégicamente diferentes lecciones de simbólica e incluso se podría afirmar también que de gnóstica sabiduría, para maravilla y ejemplo de unas gentes, peregrinos principalmente, que acudían al remoto y añorado Campus Stellae sabiendo -o mejor dicho, esperando cuando no intuyendo (2)- que en su duro camino se encontrarían con los mensajes trascendentales de un colegio subliminal, especialmente preparado, cuya gramática y rima, pura y universal, se basaba, principalmente, en la fuerza que conlleva el rey supremo de los arquetipos que subyacen en lo más profundo del alma colectiva de los pueblos desde el alba de los tiempos: el Símbolo.

Alentado, quizás, por esa música celestial, que desafiando al tiempo, al espacio y a la imaginación, parecen interpretar los veinticuatro ancianos del Apocalipsis –he aquí, uno de los símbolos recurrentes y que con mucha se frecuencia se encuentra en el denominado románico del Camino, aparte de otro tipo de alusiones musicales más terrenas- en peremne sinfonía desde las arquivoltas celestes de su portada oeste o principal -recordemos que como en el caso de las iglesias del entorno de O Cebreiro el peregrino entraba, simbólicamente, de la muerte al renacimiento, del ocaso a la luz-, haciéndole el coro a una figura evangélica –posiblemente, el santo titular-, contenida, como Cristo, en una mandorla, el peregrino sabe que su próxima etapa queda tan sólo al tiro de piedra que suponen los 9 kilómetros que lo separan de Paradela y los veintitrés de Sarriá. Pero no los recorrerá, Dios mediante, sin antes echar un vistazo al resto de elementos –principalmente, las otras dos portadas-, que han de ser clave y quién sabe si llave, para abrir no sólo las puertas de su percepción, a flor de piel después de las etapas recorridas, sino también, y no menos importante, las de su imaginación. De las dos, posiblemente la más trascendente, por su rareza, sea la curiosa Anunciación que destaca en el tímpano de la portada norte. Una Anunciación, en la que las figuras del mensajero Gabriel y de María, se encuentran separadas por un elemento atípico –tal vez fuera sustituido con posterioridad, por la jarra florida que se encuentra en casi todas las representaciones alusivas y es, así mismo, emblema de los monasterios cistercienses- como es un arbor vitae de cinco ramas, como los lados del pentágono, figura que, aparte de otros aspectos simbólicos, se asocia, generalmente, a la figura de Nuestra Señora. Recordemos, como curioso al menos, el detalle de que éste árbol, en otros lugares cercanos, como la iglesia de San Salvador de Sarria e incluso la homónima de Vilar de Donas, está representado con seis ramas o con seis hojas, hasta el punto de que, precisamente en éste último lugar, y a instancias parroquiales, por dicho detalle, se denomina el árbol del demonio. El tímpano de la portada sur, está ocupado por tres figuras, una de ellas portando una davidiense arpa, siendo, probablemente la del centro, alusiva a la figura del otro santo titular: San Nicolás, aunque aquí, probablemente por una cuestión de espacio, se obvie el elemento dágdico que siempre le acompaña, que no es otro que el cubo o caldero, en cuyo interior se representan, generalmente, las figuras de tres niños, símbolo de renacimiento, regeneración o, en definitiva, inmortalidad. 

Es, precisamente, en este lado sur, donde tanto el peregrino, como el curioso, como el viajero, encontrarán una gran y variada profusión de marcas de cantería y donde también son, quizás más abundantes las representaciones de monstruos antropófagos, oficialmente devoradores de pecadores, pero que, simbólicamente, están relacionados con las penurias y peligros que conlleva siempre toda búsqueda del Conocimiento. San Xoan de Portomarín: después de todo, todo un hito en el camino del peregrino.


(1) Álvaro Cunqueiro: 'Por el camino de las peregrinaciones', Alba Editorial, S.L.U., primera edición, Barcelona, febrero de 2004, página 82.
(2) Uno de los casos más conocidos, aunque en algunas fuentes también es cierto que se califica como de imaginario o simbólico, es el que pretendidamente realizó el famoso alquimista francés Nicolás Flamel.

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