miércoles, 7 de enero de 2015

San Xulián de Moraime


A una distancia de poco más de tres kilómetros de Muxía, a cuyo municipio, de hecho, pertenece, se encuentra un magnífico templo, que conoce bien todo peregrino que, habiendo decidido continuar su andadura hacia el Finis Terrae, deja atrás la magnificencia del antiguo Campus Stellae: San Xulián de Moraime. Si bien, los efectos de la erosión parece que se hacen mucho más acusados por su situación de cercanía al mar que en otros de similar época y características levantados en el interior, las peculiaridades y el simbolismo asociado, hacen de este templo de San Xulián, uno de los más enigmáticos de un conjunto que bien podría denominarse como el románico gallego del Camino de Santiago. Dejando para mejor lugar y ocasión, su probable conexión con la Orden del Temple, como apuntan diversas fuentes, merece la pena, y mucho, pasear la mirada por el lugar, y comprobar, no sin cierta admiración, las semejanzas con otras construcciones afines, situadas no sólo en la provincia de La Coruña y en los diferentes tramos del Camino que la atraviesan, sino también, en otros tramos y caminos situados en provincias vecinas, como podría ser el caso de Pontevedra y cuando menos, algunos detalles de la portada principal de la magnífica catedral de Tui, en gran medida influenciadas por las brillantes aportaciones realizadas en la catedral compostelana.

De orígenes benedictinos y dependiente, como tantos otros, del monasterio de San Payo de Antealtares, San Xulián –o San Xián, como también se le conoce-, tuvo, entre los altibajos de su longeva historia, el apoyo y el beneficio de reyes como Alfonso VII. No obstante pasando por alto el detalle de las numerosas modificaciones realizadas a lo largo de los siglos, que han ido afectando a su forma original de manera desigual, el conjunto sigue conservando buena parte de esa magnética influencia geométrica que no sólo juega con la magia de las proporciones, sino que también llama la atención hacia el fascinante mundo simbólico de los números, que tanta importancia tenía para los constructores medievales. De tal manera, que tanto en su portada oeste o principal, como en su portada secundaria o sur, la implicación numerológica parece determinar un papel fundamental y subliminal dentro del mensaje general. Si tenemos esto en cuenta, veremos que las tres arquivoltas de la portada principal contienen, respectivamente, 26, 15 y 14 personajes. Cantidades que, sumadas, nos ofrecen un número interesante: 55. Número que, sumado a su vez, nos da como resultado la Unidad; es decir, los orígenes del Todo: Dios. Como base de apoyo, cuentan, a la vez, con seis estatuas-columna o atlantes, distribuidas en número de tres a cada lado, detalle que, como se ha dicho, sigue los patrones compostelanos y entre cuyos sacros personajes, parece observarse, también, una referencia a los denominados santos gemelos –Protasio-Gervasio, Justo-Pastor, etc-, incluyendo detalles como el personaje que se apoya en un báculo con forma de tau o ese curioso personajillo que se atusa con gesto irónico su doble barba. Relevante, así mismo, es la composición de los personajes de las arquivoltas superiores, porque si bien aquellos que se localizan en la segunda y la tercera arquivolta dan la impresión de estar sentados en una mesa, la parte inferior de la primera arquivolta representa un motivo acuático, quizás las aguas primordiales o, con más concreción en el tema, una alusión al pecado original y su remisión por las aguas del bautismo. Aparte de las referencias vegetales o foliáceas que abundan tanto en los capiteles exteriores como en los capiteles del interior, también es reseñable la presencia de esas pequeñas cabecitas que surgen de la floresta, en más o menos clara alusión a los dioses de la naturaleza de la antigua religión del mundo celta.


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Más encaminada a la polémica resulta, probablemente, la singular portada situada en el lado sur, cuyo tímpano muestra lo que parece ser una representación de la Santa Cena, bajo una perspectiva muy particular del artista, hasta tal punto, que muestra una mesa en la que están sentados un significativo número de comensales: ocho. El personaje central, evidentemente, es Cristo; a su izquierda, según nos situamos de frente –teóricamente, estaría situado a la derecha-, un personaje más pequeño que el resto hace alusión, sin duda, al discípulo amado. Un discípulo al que señalan los demás, evidenciando la importancia que éste tenía para el Maestro. Ahora bien, y aquí se podría meter el dedo en la llaga, el discípulo amado ¿era en realidad el joven Juan, o por el contrario, como señalan los evangelios apócrifos, se trataba de la Magdalena?. Si tal fuera el caso, e hipotéticamente hablando, por supuesto, se podría considerar que el artista podría haber querido aludir no a la Santa o Última Cena, sino a la propia boda de Caná -¿la boda de Cristo?-, una de cuyas supuestas hidrias del milagro de la conversión del agua en vino, como se vio en su momento, se localiza en el interior de la iglesia de SantaMaría de Cambre.

Posiblemente, donde más resulten esas alteraciones realizadas en el edificio original, sea en su ábside o cabecera. Da la impresión de que el tramo central y cuadrado que se aprecia en la actualidad, sustituye al ábside principal, semicircular, al que acompañaban dos pequeños absidiolos -las respectivas capillas de la Epístola y del Evangelio-, que todavía se conservan. Hay un pequeño cementerio adosado al lado norte, y en la pequeña pradera, no muy lejos de un crucero y un altarcillo de piedra, se observan algunos sepulcros de piedra, así como sus respectivas losas desparramadas por el suelo que, en mejor o en peor estado de conservación, muestran, en algunas de ellas, un detalle significativo: la espada que solía representar a los caballeros cuya sepultura cubrían.

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